
Sinopsis
Málaga 82. Sara Rojas es una adolescente que no tiene amigos. La novela relata la historia de Sara y Margarita, alumnas de BUP en la “insignificante” ciudad de Málaga hace cuatro décadas. Margarita es extrovertida, popular y ha estado con innumerables chicos, pero encuentra su vida exasperantemente aburrida. Sara, por el contrario, es tímida y no ha conseguido tener ninguna relación desde que se mudó con su familia a Málaga hace un año.
Capítulo 44
Me largo de la playa a toda velocidad, con una ira que me bulle dentro como lava roja. No puedo ni respirar porque una niebla naranja y violenta me ciega la mente.
No veo nada a mi alrededor. Estoy empotrada en la tormenta perfecta que se desencadena, bestial, en mi cabeza y absorbe toda mi atención.
Soy imbécil. Soy gilipollas. ¿Qué me había creído? ¿Cómo te has hecho esos pajarracos en la cabeza, Sara? Romeo y Julieta. Margarita se enamora de mí y nos vamos a vivir a lo alto de un acantilado lejos de todo, lejos de todos, mientras yo escribo mis novelas y ella pinta, cultiva la huerta y cocina porque le flipa cocinar. Ella dice que es lo único que hace bien y por lo único que recibe algunas migajas de reconocimiento de su familia. Me da mucha pena cuando dice eso.
Sí, pues espera al sol con las patas colgando, nena. Porque en esta vida ni en la próxima reencarnación va a pasar.
Vamos a ver, ¿cómo te has montado semejante película? Es que yo soy así de romántica.
No lo puedo evitar,
Subnormal. Te odio Sara. Te odio.
Un momento. Me podría matar y ella lloraría mogollón en mi funeral en Parcemasa y se sentiría muy culpable por todo el daño que me había hecho y aullaría, desesperada, de amor. ¿No sería mejor que me enterraran en el cementerio inglés? Es mucho más bonito que el cementerio municipal, con su estilo del XIX y sus glicinias, con las tumbas de escritores famosos, Gerald Brenan, un chute póstumo de Lord Byron, Shelley, Mary Shelley, y toda esa movida del romanticismo de cuadro de Friedrich que me chifla y hace que me tiemblen las piernas como gelatinas. ¿Pero no tienes que ser anglicano para que te entierren en ese cementerio?
Coño, pues es verdad. No lo había pensado.
Qué putada, acabo en una triste sala de Parcemasa. Mejor que le doy una vuelta, cuñá.
-Perdona, por fa. Anda, niña, que siento mucho lo que ha pasado-dice Margarita persiguiéndome, más apurada de lo que la he visto nunca. Ella que es icewoman.
-Déjame.
Me parezco a Maripi, la chica que se queda embarazada a los quince años, que se emborracha en la fiesta del León XIII y llora y grita: «nadie me quiere», en los brazos de Don Luis, el profe de Dibujo Técnico que está frustradísimo porque no le dejan dar inglés. Sí, el que nos da una chapa que te mueres con su infancia con su infancia en las minas de Río Tinto. «Y entonces, yo muy crío, fijaros no viviendo a la sopa boba como vosotros, se cerró la jaula del ascensor y empezamos a bajar en una oscuridad total, y yo acojonado total».
A la hora, yo desconectaba y me ponía a fantasear con que le daba Besos temblorosos de ternura a mi Margarita, a la que hacía dulces e inexpertos ejercicios digitales en la intimidad de mi amiga de origen canario porque los peñazos de Don Luis me emborrachaban la cabeza y me inflamaban de aburrimiento y hastío porque se repetía más que el ajo. Ya se que está mal decirlo porque está muerto y de los muertos no se habla mal pero cuando decía : En Rio Tinto me llamaban «Papafrita», yo pensaba: traducido quiere decir: «Coñazo».
En la fiesta del colegio convulsa por los sollozos, Maripi se humilló abrazando a Don Luis, que adoptó el papel del padre que ella nunca no había tenido, y buscó consuelo como un pájaro herido al que nadie ha dado cariño en el nido.
-Orvidame, harfavor, fite-Don Luis hizo, días después, una canción de opereta bufa que cantaba a la hora en la que imparte Dibujo Técnico y luego hozaba en la basura clasista de la clase, y soltaba perlas tipo que Virginaa, la súperstar, guapa y lista, acabará trabajando de ingeniera, y Bernal, el gordo tarugo oficial, en el camión de la basura, cargando contenedores y oliendo a lo que olía de normal porque nunca se cambiaba su camiseta y me envenenaba con su aroma a Armani.
Maripi era carne de cañón desde la línea de salida.
Una tarde, años más tarde, me encontré a Maripi empujando un carrito de un bebé con cara mortificada y avergonzada. Me miró. La miré. Fingimos no conocernos. Sentí compasión por ella pero supe que cualquier cosa que dijera sería humillante para Maripi.
Aquella noche de la Moraga, yo estaba indignada y herida. Había heredado de mi madre una mácula en mi carácter pacífico: un oscuro orgullo que me hacía preferir la soledad a ser toreada y ninguneada por quienes quería.
Un hora antes, me había cortado la parte interior de los muslos para escapar del dolor psíquico.
-Sara.
Empecé a sangrar.
Seguí andando.
-Sara.
El cielo de un violento rosa brillaba sobre la playa. Me sentía como Hamlet en versión adolescente, al borde del suicidio.
Corrí. Me refugié tras un espigón.. Saqué un pañuelo que siempre llevaba para la sangre, y me limpie el corte del brazo. Ignoré a Margarita, superada por mis sentimientos de pena, desgracia, y rabia.
Yo tenía quince años y quince millones de ilusiones.
¿Cómo había podido acabar así?
Joder, joder, joder.
-Sara.
No le hago ningún caso.
Pero, de repente, un muro de cera se derrumba sobre el fuego que hay en mi, y me siento abrumada por una sensación de rendición, cansada como una perra apaleada
-Hola.
-Ey.
-Lo siento mucho. No quería hacer lo que hice…No era mi intención.
Una vibración de emoción en el pecho. Una sensación de caída, de vértigo, de perder el contacto con la arena caliente bajo mis pies, que me abrasaba, ¿me estaría viendo la sangre? Ay Dios, por favor, que ella no se de cuenta de que me he cortado por la desesperación.
-Soy una gilipollas- susurró, compungido, Margarita.
Desde lo alto del espigón como en una escena de Julieta y Julieta me puse a llorar desconsoladamente mientras ella me miraba desde la más oscura arena arrollada por la respiración del mar. Respiré la noche.

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