
He vuelto del puente desde Málaga. La llegada ayer a las doce de la noche apoteósica, aterradora, a las doce de la noche, llegando con mi hijo G. a Atocha bajo la lluvia, cargados hasta las cencerretas, ¿por qué no una maletita de ruedas? preguntó mi madre con rintíntín antes de salir de su piso en El Paseo Marítimo. Cuatro horas después, una cola kilométrica esperando taxi, con los nervios de punta, feliz, con ganas de llorar. ¡Mi cama!, una ET improvisada.
Por cierto, atenta si está leyendo este artículo porque oculta un sorteo de un libro alucinante como las falsas pepitas de oro que cribaba en el río en el Tivoli World de Málaga de mi pubertad. Concursa para ganar «Experimentos con la verdad» de Paul Auster. Es un sorteo nacional.
Playa, Chirbes y Merendero de Antonio Martín
Mañanas de puente en La Malagueta. Resumen del acueducto: visita a la mamerta, 23 grados en Malaguita Corazón y Boquerón, todos las mañanas a la playa, y mucho audiolibro: «Ensayo general» de Milena Busquets, «No hagas una montaña de un grano de arena» de Rafael Santandreu, «Los diarios» y «Crematorio» de Rafael Chirbes. A mí me va la droga dura. Comida con mamá, G., Charo (amigo de mamá) y Paz (hermana de Charo) en El Merendero de Antonio Martín. Hablamos de esto y de lo otro. De la tele, de la infertilidad, del mundo de ayer y de los institutos segregados por sexo de antaño, de cine, de la tele, de Días de cine, Charo recomienda El mal no existe, la peli japonesa, de la muerte de Paul Auster. Qué ojos, dice Paz. «Me da la sensación de que se ha muerto alguien conocido porque he vivido tanto con sus libros», digo yo. Mamá: «Me encantó La trilogía de Nueva York«. Y Charo: escribía a máquina o a mano, un ayudante se lo digitalizaba. G. no dice nada porque no conoce a Paul Auster.

Experimentos con la verdad, libro que sorteo de Paul Auster.
En Cámara Abierta, un programa de RTVE en el que trabajé, tuve la oportunidad de hacer una entrevista a Paul Auster pero me acojoné. Me imponía demasiado. Me daba verguenza hacer preguntas ridículas en mi inglés con acento ridículo a un escritor que significaba todo de mí. Inventé una mentira. Ni siquiera se lo dije a D. , mi jefe.
Comemos alcachofas con salsa de rquefort, pescaíto frito y ensaladilla rusa. De postre, helado de vainilla y café con leche. Chirbes dice que los escritores españoles no escribimos de lo que comemos y me propongo remediarlo.
El ego de Jabois
También hablamos del ego de Jabois, de que no hemos leido ningun libro suyo, de mis invitros fallidos, de TVE, ¿Cómo no?
-Nosotras nos quedábamos embarazadas durante el viaje de novios.
-El mundo ha cambiado mamá.
-Ya sé que ha cambiado.
-Me llegan muchas pacientes de 40 que están fatal con el tema de los no embarazos-dice Paz.
Luego cambio de tercio, y cuento cuando estuve en Moscú durante los ultimos atentados de Daguestan y creí que iba a morir. Me prometí que nunca volvería a Rusia. Tenía 12 años y trabajaba en la revista Planeta HUMANO, de la que Paz y Charo eran suscriptoras.
-Tuve un ataque de pánico.
-Normal-dice Paz.
-¿Y pudiste hacer el reportaje?-pregunta Charo.
-Sí-digo recordando la fiebre y el infinito malestar.
Conversaciones de mañanas de puente en La Malagueta
Me he convertido en una escuchante, en una voyeuse de las conversaciones locales en La Malagueta mientras me pongo roja como una gamba a la plancha tras leer el primer tomo de los Diarios de Rafael Chirbes.
Pasa una pareja que frisa son sesentaytantos. Hablan de la hermana del santo, que a la mujer le cae como una patada en el estómago.
-Estando yo delante, (la cuñada) te preguntó que me había pasado. Es verdad: lo que dicen: que te ignoren es lo peor.
-Tú has hablado a lo crudo-dice él.
-Y ella por lo bajini-responde ella.
El marido no se pone de parte de su mujer sino de su hermana. Un clasico como Loca Academia de Policía como dice un familiar. Esa deslealtad le duele a ella. Esa traición le jode.
-Yo digo que sí a todo-dice ella.
Y añade: «Ya no voy a decir más para no tener problemas».
Junto a las rocas, dormía un marroquí o un malagueño envuelto en una tela negra como un sudario de resaca. Me da la sensación de que es inofensivo. Pero quizás sólo sea el antidepresivo. Se despierta. Evito mirarlo y me concentro en Chirbes y en su alegría de vivir.
Durante otra mañana, hay un cónclave de una anciana viuda que dice que la han atracado allí y da de comer a los gatos, con un malaguita jubilado, un estado de spa y relax al que aspiro y me da una envidia cochina. Se quejan de que un guiri ha dejado una botella de vino y una lata de sardinas abierta junto al roquedal blanco bajo el murete, por donde pasan los cruceritas y un colegio relegioso de adolescentes elles, que G. ha visto una hora antes en el Museo del Videojuego en el centro.
La vieja despotrica contra los turistas, el deporte malagueño al que yo también juego.
-La playa no es de ellos, es de todos-dice, apartando a las gaviotas del gourmet gatuno.
-No hay educación.
-Vamos, dos latas abiertas de sardinas y romper la botella de vino contra las rocas.
-Fité, hija.
-Los turistas que vienen hacen lo que quieren.
-¿Ves como no todos somos iguales? No, somos diferentes-dije el viejuno.

En mañanas de puente en La Malagueta, me centro cual rayo láser madrileño en Chirbes y sus cuitas:
«Lucho con todos los medios contra una depresión, un pesar oscuro que tiene una falta de perspectiva, y que agrava una relación ambigua, de la que recibo un trato contradictorio, arbitrario, cuya propia ambigüedad forma parte de la trampa».
El entusiasmo del próximo baño frío que estimula mi nervio vago me impide leer más al alegría de la huerta de Rafa Chirbes.
Lo verdaderamente valioso no se compra, se da. El mar, la playa, la naturaleza. Mañanas de puente en La Malagueta.
De vuelta a Madrid, a Turraespaña, me cito con entusiamo postvacacional con mis compis de «Desayunos rarunos», Santi, Sara, Rocío.
Rocío, una amiga de la tele, me cuenta cómo ha pasado su día de la madre desayunando en Kawaii Cafe con sus dos maravillosos niños: Daya y Darío. Sus hijos le escribieron un relato llamado «Madre». Me recordó a Sara Mesa con «La familia», Madre, Padre. En fin, historias de desayunos en Mordor.

Nuria recomienda a David Lodge, uno de sus autores favoritos.
Mañanas de puente en La Malagueta.
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