• El caso más espeluznante de Atapuerca

    Sinopsis

    A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El caso más espeluznante de Atapuerca.

    La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

    Capítulo 60

    Luisa no supo quién dejó pasar a Carla, la madre de Miriam, a la sala de reuniones, pero sí supo que quiso estrangularlo con sus propias manos. ¿Había sido el agente Negre, que estaba en la recepción? Si era así, le iba a caer una buena bronca.

    Carla entró sin que ninguno de ellos se diera cuenta de que estaba allí, mientras discutían frente a una pizarra donde había pegadas fotos de Miriam en la escena del crimen, imágenes de la autopsia de Miriam, más fotos de la herida de la chica en la cabeza, la imagen ampliada de la mordedura en el pecho derecho de la víctima.

    De repente, Luisa se dio la vuelta y vio a Carla. Su corazón latió muy deprisa, como si quisiera salirse de su pecho.

    Carla contempló las imágenes del cadáver de su hija en posición fetal, tendida sobre los tablones que protegían el sedimento en la sima: la cara violácea, negra de sangre, abotargada y muy hinchada, un rostro que había perdido de golpe toda su belleza juvenil, las manos azules, las uñas negras, los dedos amoratados, los números tatuados en su pecho con un cúter, la cabeza pegajosa de sangre coagulada, la latente desesperación de la víctima, que era demasiado joven para morir.

    El caso más espeluznante de Atapuerca

    La cara de la madre, muda de horror, tembló.

     Luisa Baeza la vio, saltó de la mesa donde estaba sentada frente a Sanchís, Aduriz y Roberto. Fue hacia ella.

    —Déjeme acompañarla, por favor.

    —Mi niña —musitó Carla.

    Luisa no supo qué decir.

    —Usted me dijo que no sufrió.

    Luisa Baeza cabeceó sin poder mirar a esa madre a los ojos. ¿Cómo se vive la vida después de que te maten a una hija? Se sobrevive, ya no se vive. Se vive con el agua al cuello, agotándose por mantener la cabeza por encima del agua para no ahogarse, con esa tensión desdichada que nada tiene que ver con la espontaneidad de la verdadera vida.

    Aduriz fijó su mirada en Luisa. La miró como si la viera por primera vez. Sintió un estallido de respeto por ella. Luisa se encargaba de los marrones. No se escaqueaba.

    Sin saber muy bien por qué, en un impulso culpable y compasivo, Luisa abrazó a Carla. Se interpuso entre ella y las fotografías de su hija. Quería aliviar su dolor, pero no lo consiguió. No logró disfrazar su incomodidad absoluta. No pudo ocultar la tensión que le picaba en la piel.

    El caso más espeluznante de Atapuerca

    —¿Me permite acompañarla a tomar un café? —preguntó la inspectora Baeza.

    Carla, como un corderito, permitió que la inspectora Baeza la cogiera del brazo y la sacara de la sala de trabajo y la condujera por pasillos marrones, donde los fluorescentes colgantes del techo zumbaban y vibraban y titilaban. Pasillos que olían a pizza rancia, a sudor, a tristeza, a derrota.

    —Lo del café es un decir. Es más bien un petróleo maléfico que le hará un agujero en el estómago.

    Carla temblaba tanto que el temblor se contagió a Luisa, que contaba los segundos para dejar de coger a Carla del brazo sin ofender la buena educación.

    —Gracias.

    —Usted me dijo que no sufrió.

    —Y no sufrió —mintió Luisa—. El golpe la dejó inconsciente y sufrió una parada cardiaca.

    Carla lloró desconsolada.

    —No, no sufrió —repitió Luisa ocultando su angustia.

    Ahora la impotencia se apodera de ella.

    Le tiende el café muy caliente, que irradia química y azúcar y burbujea en el vaso blanco de poliestireno.

    Luisa baja la cabeza y, cuando mira a Carla, le resulta difícil reconocer a la mujer que es ahora, una oscuridad delgada, aterida y destruida. La madre de Miriam ha adelgazado veinte kilos y ha dejado de ser la jacona alta e imponente que recordaba a Joanne Holloway, la secretaria pelirroja, sexy y con carácter de la serie Mad Men. Ahora es un pajarillo frágil y desconsolado al que, si abrazas, notas todos los huesos bajo su temblor vulnerable y deprimido.

    Se toman el café en silencio. Luisa muy enfadada por la cagada de dejar pasar a Carla a la sala de reuniones de la investigación, enfadada también con el arquitecto que diseñó la comisaría con paredes de cristal que hacen que la intimidad sea imposible, enfadada con el tedio funcionarial de los agentes que ese viernes están ya pensando en la película que van a ir a ver en el cine, en el restaurante en el que van a cenar o en el bar en el que se van a tomar la primera copa. Tal vez ella piensa así porque es una resentida que no tiene a nadie que la espere en casa, una demente que se toma demasiado en serio su trabajo, una obsesa con encontrar al que hizo sufrir, sí, sufrir, a Miriam.

    La comisaría es un lugar deprimente. Va a la nevera para coger una botella de agua mineral para Carla, pero al ver su cartel admonitorio de limpiar y no dejar que los alimentos se pudran, se retrae.

    —¿Por qué no salimos fuera? Así podremos estar más a gusto —dice.

    Carla la mira con ojos acorralados. Ella no va a estar nunca a gusto en la vida. Luisa lo sabe. Se muerde los labios lamentando su torpeza. Tiene el corazón encogido. ¿Cómo ha podido pasar?, ¿cómo ha visto Carla esas fotos de su hija muerta, golpeada, con la cabeza abierta en canal?

    España, qué país de chapuzas. Y todavía no tiene los análisis completos de toxicología del cuerpo de la víctima. Después tendrá que llamar al laboratorio. Ir detrás de los técnicos, presionarlos, amenazarlos. Luisa tendrá que sacar su cara más fea y le duele más sacarla de lo que la gente se cree. Mientras, su jefe, quien jamás la respalda, está en Londres en un banal e inútil congreso de la Interpol.

    —Tome.

    Carla le alarga un móvil a Luisa.

    —¿Qué es?

    —El móvil de Miriam. Lo escondía debajo del colchón. Se lo había regalado ese cabrón.

    Luisa sabe que la madre de Miriam se refiere a Marco, el novio de la adolescente.

    —El móvil que llevaba cuando la mataron era mi viejo Samsung. Si mira el WhatsApp, verá que Marco le escribió para que quedaran en Atapuerca. ¿Va a hacer algo?

    Nuria Verde. El caso más espeluznante de Atapuerca

    El caso más espeluznante de Atapuerca.

    Si te ha gustado el post, compártelo. Te lo agradezco porque me ayudas mucho.

    Si quieres saber más de mí, curiosea mi Twitter.

  • El suspense más estremecedor en Atapuerca

    Sinopsis

    A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El suspense más estremecedor en Atapuerca.

    La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

    Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

    Capítulo 54

    Aduriz sabía que no tenía que haber participado en ese interrogatorio a Max porque estaba fuera de sí y no había dormido durante las últimas noches discutiendo, feroz, en su cabeza con su sospechoso. «Txakurra, ¿quién es ahora el txakurra, eh, asesino? Has matado como un perro a una niña. Tú no eres humano, cretino de mierda».

    Ángela le había notado muy estresado. No la tocaba ni le hacía ningún caso, consumido como una pavesa con el caso de Miriam Sinaloa, obsesionado como un demente. No lo conocía. Él era un hombre tranquilo. Pero cuando le entraba la angustia, se pasaba dos días sin hablar, royéndose la cabeza. Era mejor dejarlo. Ángela cada vez se sentía más sola y más desamparada con la criatura creciendo en su interior, inquieta por la perspectiva del parto, imaginándose pariendo a solas porque Miguel Ángel no estaría con ella, estaría abismado en su caso, en la calle, en la unidad, en cualquier parte excepto con ella.

    Él había perdido la perspectiva. Estaba cegado por la ira y la frustración. El desprecio de Max le escocía. Le daba vueltas una y otra vez a lo que le había dicho. Era mejor dejar a Max a Baeza. Pero no. Le tenía ganas. Unas ganas furiosas que le picaban por todo el cuerpo como un ejército de hormigas rojas mordiéndole bajo la piel.

    El suspense más estremecedor en Atapuerca

    El día en el que Aduriz perdió los nervios con el detenido fue un día normal. Amaneció despejado, se levantó a las seis, se preparó el desayuno en la cocina a oscuras, muesli Alpen y té verde, se duchó, se vistió pulcro y sencillo, pantalones chinos y camisa blanca. La rutina se impuso monótona y acompasada.

    Pero todo cambió a las doce de la mañana. Supo que algo pasaba porque Luisa Baeza se quedó muy seria, como si se hubiera tragado un fantasma. El corazón le brincó en el pecho. Sufrió como un adolescente desengañado al darse cuenta de que ella sabía algo que no quería compartir con él. Pero su mente se equivocó.

    Luisa se levantó y atravesó la unidad en dirección a su mesa. Le alargó un puñado de folios aún calientes de la impresora. El informe forense de Jiménez. Notó una espesa inquietud en el estómago.

    Aduriz sintió una tensión embriagadora en su cerebro previa al estallido de cólera, el desahogo gozoso de toneladas de tensión y cabreo que tenía acumuladas contra Max. Él era un hombre tranquilo hasta que dejaba de serlo. Entonces una subpersonalidad de dolor emergía de su zona oscura.

    El suspense más estremecedor en Atapuerca

    En la sala de interrogatorios, Max estaba sentado y esposado frente a la mesa vacía.

    —¿Qué hace usted aquí?

    —Me parece que yo le podría preguntar lo mismo.

    —No quiero hablar contigo.

    —No está en condiciones de exigir nada, señor Rey.

    —¿Me va a enterrar en cal, señor Aduriz?

    —No sea absurdo.

    Un silencio tensó el ambiente. Luisa apretó los puños. Si Aduriz acorralaba a Max, no iba a conseguir nada.

    —¿Por qué no deja de mentir?

    —Me temo que no le entiendo.

    —Deja tu chulería…

    —Miguel Ángel, calma.

    —Para tu público.

    —Vaya, tiene corazón, subinspector. Ya lo dudaba.

    —Te hemos pillado.

    —¿Disculpe?

    —Fuiste tú quien mató a Miriam. Fuiste tú quien le machacó el cráneo. Y la mordiste.

    —Eso supone una gran imaginación.

    —¡Cállate, cállate, el informe forense lo acredita!

    —No. No es así.

    —Tus dientes coinciden con la mordedura que tenía Miriam.

    Una satisfacción oscura se agitó inquieta en sus tripas.

    —Hijo de puta. Venga, continúa con tu numerito de salón para la platea.

    La sonrisa socarrona estampada en la cara de Max se esfumó.

    —Eso es imposible.

    —Es ciencia. Su religión.

    —No es ciencia. Su basura.

    —El odontólogo forense dice que coinciden.

    —Es así, Max. Me parece que no hay salida. Es mejor que confieses. Te puede ayudar de cara al juicio.

    —¿Estáis de puta coña? Eso lo que os enseñan en la academia, a putear mentes de inocentes.

    —¡Culpable! —gritó Aduriz fuera de sí, los ojos desorbitados, las cuencas hundidas, ojeras terribles, cara de desquiciado insomne. Tiró sobre la mesa una copia del informe de Jiménez a Max, quien la cogió y, con cara de pavor helado, leyó como si se le derrumbara el cielo sobre su cabeza.

    Luisa negó con la cabeza. Tenía ganas de llorar. La decepción y el horror se mezclaron hasta formar una pasta tensa en su pecho. No. Max. No, no.

    —¿Quién es ahora el txakurra?, ¡¿quién?! —Miguel Ángel cogió a Max de las solapas de la chaqueta y lo empujó hacia atrás con un desprecio infinito. Max trastabilló. Cayó al suelo como un peso muerto. La sangre le manó empapándole la sien derecha.

    —Me avergüenzo de ti.

    —Aduriz, por Dios. ¡Ya está bien!

    Aduriz bajó la cabeza, avergonzado.

    —Sal de aquí. ¡Ya!

    Luisa ayudó a Max a incorporarse del suelo. Le temblaba todo el cuerpo. Un terror pegajoso se apoderó de él. Se vino abajo y lloró como un niño recién nacido. Luisa apartó la mirada, pudorosa, incapaz de presenciar la escena.

    —Espera, que te llevo a la enfermería.

    —¡No le trates como si fuera tu padre! —gritó Aduriz desde el desolado pasillo.

    —¡Contrólate!

    Esa noche Aduriz durmió mal, atormentado por su mala conciencia. Se despertó a las tres de la mañana empapado en sudor, invadido por una náusea inmensa. Creyó que se iba a morir. Se levantó de la cama y fue al baño para vomitar. Se arrodilló frente al váter como si estuviera frente a un confesionario. Fuertes arcadas le subieron por la garganta. Pero solo echó bilis. Se sentó, envuelto por el desamparo de su soledad, sobre las frías baldosas azul turquesa del baño.

    Si te ha gustado el capítulo, compártelo con alguien que creas que lo disfrutará. Te estoy muy agradecida. Me ayudas mucho.

    El suspense más estremecedor en Atapuerca.

    Si quieres saber más de mí, curiosea mi Twitter.

  • "Hive" el empoderamiento de una mujer que ha perdido todo

    Es de noche, domingo, la depresión silente de la noche previa a una semana de trabajo que se asemeja hace mucho calor pese a que tengo la ventana abierta. De repente, me pongo a ver «Hive», el empoderamiento de una mujer que ha perdido todo.

    Es la película más taquillera del Festival de Cine Americano de Sundance. Basada en una historia real ocurrida poco después de la guerra de Kosovo, «Hive» cuenta la vida de Fahrije Hoti, una madre soltera desde que su marido desapareció tras la guerra. Se ve obligada a lidiar con la sociedad patriarcal instaurada en su aldea y con unos vecinos que no apoyan su modo de vida.

    "Hive" el empoderamiento de una mujer que ha perdido todo

    La historia abre con una secuencia tremenda, que me pone los pelos de punta, y el alma en vilo, una cola de mujeres espera frente a tiendas de color blanco donde trabajan unos forenses, a reconocer los cadáveres de sus maridos.

    La trama está basada en la historia de la verdadera Fahrije, de quien la directora oyó hablar en un reportaje de televisión. Entonces decidió conocerla y hacer una película sobre su historia.

    "Hive" el empoderamiento de una mujer que ha perdido todo.

    «Ante todo no desesperar», decía Thomas Bruegenthal, juez del Tribunal de Justicia de La Haya.

    Y eso es lo que hace Fahrije, sin estridencias, con calma chicha en las venas surgida de la aceptación triste de la adversidad, de la pérdida de su marido, no sólo el padre de sus hijos y el amor de su vida, sino también el que traía el pan a la mesa y el sostén de la familia.

    "Hive" el empoderamiento de una mujer que ha perdido todo
    «Hive» el empoderamiento de una mujer que ha perdido todo.

    Fahrije elige la dignidad y la independencia de entre todas las opciones de su vida. Elige sobreponerse al ambiente hostil machista que la rodea.

    En Hive el empoderamiento de una mujer que ha perdido todo es clave. Sólo porque la protagonista decide sacarse el carnet de conducir y tener un coche.

    Lo más pequeño es un símbolo de lo más grande.

    Puedes ver «Hive» en Movistar +.

    "Hive" el empoderamiento de una mujer que ha perdido todo. Nuria Verde

    Si te ha gustado el post, compártelo. Te lo agradezco porque me ayudas mucho.

    «Hive» el empoderamiento de una mujer que ha perdido todo.

    Si quieres saber más de mí, curiosea mi Twitter.

  • el secreto más estremecedor de Atapuerca

    Sinopsis

    A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El secreto más estremecedor de Atapuerca.

    La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

    Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

    Capítulo 46

    En el hotel NH, Luisa Baeza, a las cuatro de la mañana, en absoluta soledad, revisa el vídeo de la científica del escenario del crimen, donde aparece el cadáver de Miriam sobre un gran charco de sangre, con masa encefálica sobre los tablones de madera que protegen el sedimento. De repente, Luisa se fija en algo. Hace zoom y amplía el detalle. Son tres pequeñas marcas en el suelo. Luisa se queda pensativa.

    Aduriz duerme junto a Ángela, con su vientre abultado de embarazada. De repente, su móvil suena. Ángela se sobresalta.

    el secreto más estremecedor de Atapuerca

    —¿Quién llama a estas horas? —pregunta, somnolienta y asustada.

    —Tengo que cogerlo —dice Aduriz mientras se incorpora y se sienta en la cama.

    —Buenas noches.

    —El asesino grabó el crimen. Esas marcas que están en varias partes del suelo de la escena del crimen son marcas de un trípode que sostiene una cámara.

    —¿Por qué iba a grabarlo?, ¿está loco? Eso le incriminaría.

    —Para disfrutar después viéndolo y excitarse con la emoción del poder que supone matar a una persona.

    —¿Crees que es un psicópata? —pregunta Aduriz.

    —No lo sé, lo único que creo es que el móvil es la venganza. Por eso grabó el crimen. Para vengarse aún más.

    —Hay que interrogar a los padres.

    —Mañana.

    —¿Quieres decir dentro de dos horas?

    —¿Te he despertado? —pregunta Luisa.

    el secreto más estremecedor de Atapuerca

    Si te ha gustado el capítulo, compártelo con alguien que creas que lo disfrutará. Te estoy muy agradecida. Me ayudas mucho.

    El secreto más estremecedor de Atapuerca.

    Si quieres curiosear más sobre mí, échale un vistazo a mi Twitter.

  • Ilustra la novela los crimenes de atapuerca

    Sinopsis

    A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

    La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

    Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

    Capítulo 45

    2 de junio de 2019. 14 días antes del asesinato. Atapuerca

    Tras acabar de cenar, estaba agotada, pero me puse a fregar. Era una forma de sentirme útil en casa, yo, que tan inútil me sentía en Atapuerca. Me dolían mucho las piernas, pero me alivió sentir el agua jabonosa caliente bajo mis manos. Fregué con el estropajo verde los platos blancos con delicadas estrías que Max había comprado en La Oca y los coloqué, uno por uno, en el escurridor. Llevaba los cascos y escuchaba en mi MP3 la canción Shallow de Lady Gaga y Bradley Cooper, que me parecía muy romántica y me recordaba a Andrea y a mí, solo que mi talento estaba aún por descubrir.

    —Tell me something, girl. Are you happy in this modern world? Or you need more…

    «Sí, necesito más», pensé.

    No oí a Andrea entrar en la cocina, tan concentrada estaba en fregar bajo la cúpula protectora de la música. Me dio un vuelco el corazón. Sentí cómo ella me abrazaba por detrás y me besaba la nuca. Me estremecí. Se me puso la carne de gallina.

    —Ya lo harás mañana.

    Sonreí. Y bajé la barbilla.

    —No.

    —Tell me something, girl —cantó muy bajito Andrea—. Aren‘t you tired trying to fill that void?

    Me estremecí. Yo luchaba por llenar ese vacío, pero era como echar agua al mar. Era imposible. Y aun así no dejaba de buscar cosas con la que tapar ese agujero negro, hueco, que llevaba dentro de mí. Sexo, alcohol, drogas, comida, amor. Pero el dolor no desaparecía.

    Ilustra la novela los crimenes de atapuerca

    —Or do you need more? Ain‘t hard trying to keep so hardcore?

    Andrea tenía una voz ronca, profunda, una voz que prometía altas cumbres de placer. Estuve a punto de desmayarme.

    Vale, ya me podía morir.

    —Qué guapa eres —dijo.

    Puso las manos en mi cintura de tal manera que me sedujo para volverme hacia ella. Me miró. Me sonrió. La miré. Le sonreí. Por momentos como ese yo seguía con ella. Me unía a Andrea un cordón umbilical de amor atávico, primitivo, que no se expresaba con palabras, pero que me daba emociones intensas y una ilusión por vivir que creía haber perdido.

    Me besó. Me mordió el labio inferior. Sentí una corriente de felicidad zumbando en mi espina dorsal. La besé. El corazón me latió muy deprisa.

    —¿Quieres que continuemos con las clases de Prehistoria?

    Jugábamos a eso.

    —No me quedan claras un montón de cosas, las técnicas de excavación…

    —Yo te las explicaré. Excavaremos juntas en tu sima.

    —Ja, ja, ja. Muy graciosa —dije.

    Andrea me cogió de la mano y tiró de mí hacia nuestra habitación. Yo temblaba de pies a cabeza. No me acostumbraba a ser tan feliz. Temía perder mi felicidad al instante siguiente. Momentos como ese me parecían un milagro.

    Recorrimos el pasillo oscuro, fresco, con las ventanas abiertas. A la izquierda estaba nuestra habitación, escritorio del siglo xix, chimenea barroca, muebles victorianos, techos altos, muros estucados, el póster enmarcado de la obra Anthony and Cleopatra, interpretada por Glenda Jackson en el teatro Old Vic, la cama cubierta por una colcha color limón pálido.

    Andrea me besó.

    —Ponte cómoda —dijo.

    —Tú también.

    Nos abrazamos desnudas en la cama. Yo temblaba tan fuerte por la vulnerabilidad que me daba amarla de esa manera tan entregada que tuve miedo de que ella se diera cuenta de mis nervios. El pecho se me llenó de emoción y alegría por estar allí con ella.

    —Te quiero con todo mi corazón y mi alma —me susurró en mi nuca. Yo la abracé tan fuerte que no quedó un milímetro de separación. Le besé los pechos, que eran duros como manzanas, y me entretuve en sus pezones, que se pusieron inhiestos bajo mi lengua ávida. Luego bajé hacia su intimidad. La lamí, rápida, como una gata. Ella arqueó el cuerpo y echó la cabeza hacia atrás.

    Era increíble esa sensación de estar fuera del mundo, entre sus piernas, protegida de toda la ignominia y maldad de la gente, solo ella y yo, juntas en una sola sensación de intimidad, un sentimiento que yo no alcanzaba a comprender, pero atesoraba cada vez que lo sentía.

    Nuria Verde, escritora

    Si te ha gustado el capítulo, compártelo con alguien que creas que lo disfrutará. Te estoy muy agradecida. Me ayudas mucho.

    Si quieres conseguir la novela “Los crímenes de Atapuerca” pincha aquí.

    Si quieres curiosear más sobre mí, échale un vistazo a mi Twitter.

  • Sinopsis

    A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

    La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

    Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

    Capítulo 44

    Hace seis meses. Madrid

    El destino nos unió a Andrea y a mí. En esa clase oscura y melancólica de la Facultad de Historia, Universidad Complutense, llena de estudiantes abatidos por el pesimismo propio de la juventud, que rumiaban su negro futuro laboral mientras envidiaban el presente espléndido de Andrea Rey, le pedí a Dios que me uniera a ella. Se lo pedí con toda mi alma. Si me volvía a encontrar con ella, sería una señal. Una señal. Esperé. Confié.

    Pensé en Andrea. La reviví una y otra vez en mi cabeza, hablábamos, hacíamos al amor, éramos una pareja alegre y feliz, justo al contrario de mi desastrosa experiencia amorosa en la vida real, yo inconsciente por la borrachera, Esteban penetrándome, haciéndome daño. Yo no quería. Pero estaba próxima a caer inconsciente.

    En los confines de mi cerebro, Andrea irradiaba una luz fascinante, un resplandor enigmático que borraba el dolor de mi vida.

    Después de la catástrofe con Esteban —que todavía me dolía como si me hubiera clavado una estaca en mi corazón porque la primera vez que había hecho el amor la había sentido como una violación—, yo solía pasarme los fines de semana viendo la tele en casa o yendo al cine, mi gran pasión, donde durante dos horas ponía en suspenso los problemas que asediaban mi vida.

    La noche del sábado en la que volví a encontrarme con Andrea, me sonó el móvil. Era Antón, mi mejor amigo. Dudé entre cogerlo o no. Cuando me angustiaba, solía encerrarme en mí misma. Cogí el móvil. La soledad empezaba a pesarme demasiado.

    —¿Qué haces? —me preguntó Antón.

    Se hizo un pequeño silencio. Me esforcé por encontrar algo interesante que contar, pero mi mente no halló nada. Llevaba una vida tediosa y vacía. Estaba viendo la tele en mi diminuto apartamento de once metros cuadrados de la calle Canarias.

    —No, mejor no me lo cuentes o me cortaré las venas —dijo—. Voy a adivinarlo: te has hecho palomitas del microondas de Mercadona y estás viendo en el Movistar Brokeback Mountain.

    Acababan de estrenar la película en abierto en Movistar+.

    —No. Las palomitas me las he hecho yo. Y sí. ¿No es la mejor película? —contesté yo mientras buscaba el mando para darle a la pausa.

    —Que digas eso de una película de dos vaqueros maricas me preocupa. Pero más me preocupa esa vida de topo que llevas, Lara. Sal conmigo. Voy a ir al No Se Lo Digas A Nadie. Habrá chicas guapas.

    —No. No me apetece. Ya me he puesto el pijama.

    —Son las siete de la tarde, Lara. ¿Cómo has podido ponerte ya el pijama de rayas? Eres lo peor.

    —Gracias. Yo también te quiero.

    Antón recurrió a la técnica del chantaje emocional que sabía que me hacía mella.

    —Venga, cari, ¿hace cuánto que no nos vemos, Lara? Te podrías haber puesto bótox y haber cambiado de cara como Nicole Kidman y yo verte y no reconocerte. Te podrías haber cambiado el estilismo y llevar un modelito de Alexander McQueen.

    —Sigo yendo con camisas de cuadros y vaqueros —le atajé.

    —Eres muy deprimente, cari. ¿Lo sabes?

    —Lo sé.

    —Vamos a cenar al japotalego. Y luego vamos al No Se Lo Digas A Nadie y nos emborrachamos y olvidamos las penas.

    —No sé.

    —Señorita Scarlatta, señorita Scarlatta —imitó Antón el acento negro sureño de la Mami de Lo que el viento se llevó—. No puede comer nada, ¿me oye?

    —Aprieta más, Mami —me reí.

    Había visto Lo que el viento se llevó mil millones de veces. Solía ver la película los domingos por la tarde con mi abuela y mi hermana. La parábamos cuando la hija de Rhett y Scarlatta se caía al saltar con su caballo. Mi hermana y yo nos partíamos de risa.

    —¿Qué penas tienes tú? —pregunté.

    —Pablo me ha dicho que soy demasiado viejo para él y que no nos ve juntos dentro de diez años. Tremendo. Vuelvo a estar en la carretera, cari.

    —Lo siento.

    —Yo no. Estoy mejor sin él. La pareja está sobrevalorada. ¿Entonces nos vemos en el japotalego a las nueve?

    El japotalego era el Mushashi, un restaurante japonés que estaba en la calle Las Conchas, cerca de Callao, cuyo agedashi tofu y tofu frito nos volvía locos a Antón y a mí. Una vez pedimos los dos platos y la camarera china —nadie era japonés en el japotalego— nos dijo:

    —Bueno tofu, ¿eh?

    Antón y yo nos quedamos cortados y luego nos reímos un montón imitando a la camarera china.

    —Bueno tofu, ¿eh?

    —Después pensaba ver Veredicto final, la acaban de poner en abierto —dije mientras echaba una mirada desolada por el patio de los vecinos donde reverberaba la lluvia, el aburrimiento, las discusiones familiares y las voces de teles encendidas como la mía.

    —¿Cuántas veces la has visto?

    —Dieciséis.

    —Te puedes ahorrar la Diecisiete. Yo te cuento el final. Paul Newman no le coge el teléfono a Charlotte Rampling.

    —¿Viene María José?

    María José era un amigo trans de Antón muy gracioso que había pasado de chica a chico.

    —No lo llames así o te fusilará al amanecer. Es Raúl.

    —Pero no tiene rabo.

    —Sí, pero él no lo sabe. No le quites la ilusión. Y mucho mejor que no lo tenga. Hay demasiados rabos en este mundo, créeme, y están sobrevalorados, como las estrellas Michelín y las opiniones de Amazon. Lo sé porque me he comido unos cuantos sobrevaloradísimos.

    —No me des envidia con tu vida sexual. Yo hace mucho tiempo que no me como una rosca.

    —Porque no quieres, cari.

    —Es verdad.

    —Te pides un cabifull y nos vemos en el japotalego a las nueve.

    Iba a decirle que no, pero Antón colgó antes de que pudiera articular palabra. Qué pereza me daba salir de casa. Pensé en mil excusas y en mi mente escribí decenas de wasap a Antón para no quedar. «Pero una vez que estés allí todo será mejor, Lara», me dijo una voz en la cabeza. Quizás tuviera razón.

    Si te ha gustado el capítulo, compártelo con alguien que creas que lo disfrutará. Te estoy muy agradecida. Me ayudas mucho.

    Si quieres saber más de mí, curiosea mi Twitter.

    Si quieres conseguir “Los crímenes de Atapuerca”, pincha aquí.

    Si quieres leer otro capítulo de “Los crímenes de Atapuerca”, pincha aquí.

  • Ve la película «Días de fútbol» gratis aquí en el blog. Jorge tiene 30 años y piensa que su vida no puede empeorar. Su trabajo le deprime y su novia le deja cuando él le pide matrimonio. Pero las cosas siempre pueden ir a peor, y como muestra solo hay que echar un vistazo a sus amigos: Ramón no sabe que le saca más de quicio, si las ocurrencias de su mujer, o su más que perdida lucha contra la alopecia; Gonzalo lleva tanto tiempo estudiando derecho como buscando novia; Carlos aspira a ser un gran actor pero no ha pasado de ser secundario en la teletienda; Miguel es policía y padre de familia pero su sueño es ser cantautor, lo que saca de quicio a su mujer. El único que parece llevar controladas las riendas de su vida es Antonio, pero eso no quiere decir mucho teniendo en cuenta que acaba de salir de la cárcel. Creen que ha llegado el momento de cambiar sus vidas y la brillante solución que encuentran es volver a montar el equipo de fútbol que tenían de jóvenes, y por fin ganar algo en su vida, aunque sea un trofeo de fútbol 7.

    «DÍAS DE FÚTBOL». PARTE 1.

    «DÍAS DE FÚTBOL». PARTE 2.

    «DÍAS DE FÚTBOL». PARTE 3.

    El sufrimiento es comedia

    Si analizamos las situaciones cómicas de las series de televisión, nos damos cuenta de que la comedia se basa en padecimiento, martirio, dolor de los personajes. El sufrimiento es comedia.

    Por ejemplo, Sam Malone en «Cheers», es un ex alcóholico que debe luchar todos los días contra su pasada adiccion en la barra de un bar.

    Por ejemplo, Michael Palin, en «Un pez llamado Wanda», es un ladrón y amante de los animales que se quiere cargar a una ancianita para conseguir un sabroso botín pero en lugar de matar a la vieja se carga a su adorable perrito para gran sufrimiento de Michael.

    O por ejemplo, Ross en la serie «Friends», tan pulcro y ordenado, que se enamora de una chica que es desordenada y desastrosa hasta la exageración más extrema.

    Una delas claves del humor es la exageración como muy bien veis en la película de «Días de fútbol». Todos los personajes están exagerados, incluso los gags están hiperboliz

    Si quieres saber más de mí, curiosea mi Twitter.

    Si te ha gustado el post, compártelo. Te lo agradezco porque me ayudas mucho.

  • La doble vida de Verónica

    matiné de cine, 

    íntimo pecho de una chica que va a morir

    y no hace un drama de ello.

    Carrera a por el siguiente apunte para el viaje,

    volcánico paladar de tu cielo

    en la caníbal ansia de las horas.

    Después una historia colonial

    de americanos con buenas intenciones,

    mientras escribo una carta apasionada de cumpleaños

    para mi madre adoptiva

    en la que puntúa atreverse a decirle cuánto la quiero,

    sin la cruceta de la formal marioneta,

    sin los mensajes anónimos de un coche de caballos 

    que hice parar,

    los nombré los jinetes del entusiasmo

    y luego compré otra entrada de cine

    y entré a ver “Nueve semanas y media.” 

    Si quieres curiosear más sobre mí, échale un vistazo a mi Twitter.

    Si te ha gustado el capítulo, compártelo con alguien que creas que lo disfrutará. Te estoy muy agradecida. Me ayudas mucho.


  • El famoso Hospital Seattle Grace es el escenario en el que se desarrolla la vida de cinco jóvenes que, tras licenciarse en medicina, empiezan allí un duro periodo de pruebas. La serie ha sido definida como una mezcla entre «Urgencias» y «Sexo en Nueva York», por el interés tanto de las intrigas amorosas como de los casos médicos. La frenética actividad del equipo de cirujanos consigue transmitir el stress al que se ven sometidos los personajes.

    Si te ha gustado el post, compártelo. Te lo agradezco porque me ayudas mucho.

    Si quieres saber más de mí, curiosea mi twitter

  • «Life Unexpected» narra la vida de Lux (Britt Robertson) una joven que, tras 15 años pasando de centro en acogida en centro de acogida, decide independizarse y comenzar a viajar sola en la vida, algo que le llevará finalmente a conocer a su padre biológico, Nate “Baze” Bazile (Kristoffer Polaha) de poco más de treinta años, y que vive junto a dos chicas compartiendo piso…

    Tienes algunas de mis novelas en Wattpad de forma gratuita.




  • Aclamada serie -es la sitcom más premiada en los últimos años- que narra el día a día de una gran familias compuesta por Jay Pritchett (Ed O’Neill) y su joven mujer Gloria Delgado (Sofia Vergara), madre de Manny (Rico Rodriguez), y al mismo tiempo muestra la vida de las dos familias compuestas por sus hijos ya adultos: el abogado gay Mitchell (Jesse Tyler Ferguson), casado con Cameron Tucker (Eric Stonestreet) y padres adoptivos de la pequeña Lily, y su hija Claire (Julie Bowen), casada con Phil Dunphy (Ty Burrell) y que son padres de 3 hijos, la pija Haley (Sarah Hyland), la estudiosa Alex (Ariel Winter) y el simple Luke (Nolan Gould)

    Ve "Modern Family" gratis aquí en el blog

    Tienes algunas de mis novelas en Wattpad de forma gratuita.

  • Todo tiene su final, todo se acaba. Aquí tenéis, queridas amigas, «Los lunes al sol», podéis ver el final de la película gratis.

    A disfrutar.

    Si te ha gustado el post, compártelo con alguien que creas que lo disfrutará. Te estoy muy agradecida. Me ayudas mucho.

    Si quieres curiosear más sobre mí, échale un vistazo a mi Twitter.

    Tienes algunas de mis novelas en Wattpad de forma gratuita.

  • La ironía anárquica de Fernando León es su firma de autor en las películas que ha dirigido. Acabo de ver «El buen patrón», su última película, el reverso ácido de otra película que me gustó muchísimo: «Los lunes al sol».

    Puedes ver la película «Los lunes al sol» aquí, en este blog Falta el final de la película que pondré a disposición vuestra, mañana en un nuevo post. Tengo que pasar los fragmentos de «Los lunes al sol» a mp4 y eso me lleva un tiempo.

    Javier Bardem estaba jovencito, y ya desplegada esa forma de actuar natural y naturalista, que tan bien le iba al estilo rebelde, irónico y anarquista del director de «Los lunes al sol» que puedes ver aquí.

    Sin duda, es la mejor película de León y ha envejecido bien. «Los lunes al sol» nos sigue emocionando y nos sigue haciendo reir. No os perdáis la antológica secuencia en la que Javier Bardem lee el cuento de «La cigarra y la hormiga» a un niño reinterpretando en clave anarquista su significado .

    Sí, «Los lunes al sol» sigue haciendo llorar, sigue cabreando y sigue recomponiendo los pedazos que deja por el camino.

    Os recuerdo la historia de «Los lunes al sol»: en una ciudad costera del norte de España, a la que el desarrollo industrial ha hecho crecer desaforadamente, Santa (Bardem) y otros afectados por la reconversión recorren cada día las calles, buscando salidas a su situación precaria. Son funambulistas de fin de mes, sin red y sin público, sin aplausos al final; viven en la cuerda floja del trabajo precario y sobreviven gracias a sus pequeñas alegrías y rutinas. 

    PARTE 1. LOS LUNES AL SOL


    PARTE 2. LOS LUNES AL SOL

    PARTE 3 LOS LUNES AL SOL

    PARTE 4. LOS LUNES AL SOL

    PARTE 5. LOS LUNES AL SOL

    ¿Qué os aparecido, amigas? Ya me contaréis.

    Si te ha gustado el post, compártelo con alguien que creas que lo disfrutará. Te estoy muy agradecida. Me ayudas mucho.

    Si quieres curiosear más sobre mí, échale un vistazo a mi Twitter.

    Tienes algunas de mis novelas en Wattpad de forma gratuita.

  • Sinopsis

    A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita el yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

    La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

    Hay secretos que no puedes enterrar para siempre como en las mejores novelas negras los crímenes.

    Capítulo 38

    Luisa se reunió a las seis de la tarde en el despacho del juez de instrucción del caso, Luis Gaicano, para contarle los últimos avances en la investigación. El juez se reclinó en su asiento y escrutó a Luisa. Suspiró. La estancia se cargó con una melancolía ligera, diáfana, que envolvió a Luisa como una manta. El silencio se remansó y los acercó. Gaicano se inclinó hacia delante y abrió un cajón marrón claro de su escritorio de abeto Périgord. Con gestos lentos y cansados, sacó una botella de coñac Napoleón.

    —Son las seis de la tarde. La hora de un aperitivo. ¿Quieres? —preguntó Gaicano.

    —Si insistes, te hago el favor —respondió Luisa.

    Ella se levantó de su gran butacón de cuero situado frente a la inmensa e impoluta mesa del juez, se dio la vuelta preguntándose si se habría manchado los pantalones —le había venido la regla y el segundo y tercer día del periodo siempre tenía miedo a dejar huellas allí donde se sentaba, aunque se pusiera una compresa extra indicada para las noches y un tampón seguía traspasando el pantalón y las bragas porque últimamente tenía un flujo fortísimo— y le avergonzó la visión del butacón barroco del juez manchado con su sangre, sintió un retortijón menstrual y decidió anudarse la rebeca azul marino alrededor de la cintura aunque no quedase elegante. La limpiaría al sentarse. Menos mal que esta mañana había elegido la rebeca azul marino y no la amarillo pálido. Los hombres nunca pasaban por estas angustias determinadas por la biología. Nunca se preocupaban por manchar el sillón al juez de instrucción, por tener dolores premenstruales, no sentían el sufrimiento del parto ni tenían pechos con dolores punzantes, ni pezones agrietados, ni episiotomías ni desgarros vaginales. Luisa no veía la hora de que le llegara la menopausia para dejar de preocuparse de si manchaba con su sangre los asientos de los coches de la Unidad de Homicidios, la silla frente a su ordenador, el sofá de la sala del café. Tenía más miomas uterinos que bolas un árbol de Navidad. Tenía que ir al ginecólogo, pero le daba un perezón espantoso. Aplazaba la cita una y otra vez. Se resistía como gato panza arriba. Muy en el fondo tenía un pánico atroz a que el médico le diera una mala noticia. Así que hacía lo único que podía hacer: meter sus problemas en una caja, cerrarla, arrinconarla en el rincón más oscuro y recóndito de su cerebro. No pensar en ello.

    No debería beber porque el alcohol aumentará su flujo de sangre ya copioso. Pero no pudo resistir la tentación de suavizar el estrés que la cargaba. Se dirigió hacia el mueble licorera vintage tallboy. Abrió una de sus dos puertas de madera decoradas con apliques de bronce dorados y cogió dos vasos chatos, de buen cristal, no como los vasos toscos y verdes Duralex que tuvo en la casa de sus padres. Le fascinaban el lujo y el estatus. No podía evitarlo. Era una forma como otra cualquiera de vengarse de su infancia difícil.

    Mientras Gaicano servía el coñac, ella dijo que tenía que ir al baño un momento.

    El juez sabía que se estaba haciendo viejo porque cada vez pensaba más en su infancia. Nació en Nogales, Cantabria, en el caserío de su abuela paterna. Pesó casi seis kilos y a punto estuvo de matar a su madre al nacer. Sus padres vivían en Madrid, donde se habían ido huyendo de la pobreza del campo. Su padre era tendero de un ultramarinos de la calle La Bola, muy guapo, rasgos delicados, nariz respingona, pelo rizado y ojos azules, se parecía a un astro de cine. Siempre compraba un décimo de lotería, embargado por la ilusión de que el premio los sacara de la penuria. Pero su padre no tuvo suerte, enfermó de tuberculosis a los veinticinco años y, adivinando la muerte, le dijo a su mujer que lo llevara al caserío. No quería morir y ser enterrado en una ciudad donde no conocía nadie. Su madre cumplió su voluntad, y al poco de llegar a Nogales papá murió. Él tenía tres años.

    —Vamos a ver los corderos —le dijo su tío Miguel una tarde mientras le cogía de la mano y lo llevaba al prado al otro lado de la loma verde. Las mujeres lloraban dentro de la casa de piedra.

    Su hermano tenía seis meses, un bebé rubio y dulce al que todos quisieron desde el principio. Él era más salvaje, más solitario, más esquinado. Pero su abuela Manuela era muy queredora y le dio el cariño que necesitaba y más. Una mujer que había tenido diez hijos y al final se había quedado sola con el huerfanito. A su hermano José María se lo llevaron a Arguedas, Navarra, y su tía Angelita lo cuidó.

    Su madre, con una mano delante y otra detrás, buscó trabajo como auxiliar de enfermería en un hospital de tuberculosos en Navacerrada. Cuando él se salió del noviciado con los padres Dominicos en Caleruega tras sufrir una crisis nerviosa, aunque entonces no se decía así, se decía solo que no tenía vocación —sin embargo, su hermano José María continuó y se ordenó sacerdote—, se reunió con su madre en Madrid y ambos se dieron cuenta de que eran unos desconocidos. Sus vidas eran dos caminos bifurcados. Fue imposible recuperar el tiempo perdido. Se peleaban mucho.

    Cuando tenía cuatro años, un día escondió las lentes de la abuela en las oquedades de la baranda de piedra del porche del caserío. Su abuela las buscaba a tientas, con la vista oscurecida y nublada, mientras él se reía a su lado atravesado por una alegría sin motivo.

    Su infancia era el caserío con su abuela Manuela. La verde colina, el mar de fondo, el cielo muy azul, las vacas, la miel, el requesón, el cariño de su abuela era donde volvía él ahora una y otra vez después de trabajar toda su vida el olvido.

    —¿Dónde están mis lentes? Chitín, ¿tú las has visto? —dijo la abuela con inquietud.

    Cuando ella tentaba el hueco donde se encontraban sus lentes, su manita juguetona las cambiaba a otra oquedad del muro.

    Nunca fue tan feliz como con la abuela. El juez Gaicano tenía que ir andando a la escuela de Nogales, que estaba a diez kilómetros del caserío. Cuando nevaba, la abuela le untaba mantequilla en gruesas rebanadas de pan que ella misma hacía en su horno y se las daba de desayuno junto con el tazón de leche. De forma instintiva, ella sabía que su nieto tenía que comer mucha mantequilla para que pudiera ver bien en la nieve camino a la escuela, para que el sol no le cegase al refractarse en el hielo. «Vitamina A para los ojos», pensó él cuando ya era un adulto.

    En la escuela él se hizo amigo de Amparito, que era una niña linda y buena de un caserío vecino. Un día le enseñó su catecismo, él se lo cogió y lo llenó de garabatos y burdos dibujos. Cuando la maestra lo vio, le repudió como si él fuera un perro sarnoso.

    Él era el juguete de la abuela y la abuela era su juguete. Tenían todo el día para jugar. Nunca fue tan libre en la vida como a los cuatro años, sin una autoridad paterna que lo coartase. Su padre estaba enterrado en el cementerio del altozano de la colina que estaba a un kilómetro del caserío. Él era libre.

    A la hora de la siesta, Gaicano se escapaba al prado de los cerezos. Se subía a uno de los árboles más altos, trepaba de rama en rama hasta que se encajaba con ambos pies en una horquilla e impulsándose con la cadera se cimbreaba y balanceaba embargado por una sensación de frenesí, embargado por una excitación efervescente que le recorría todo el cuerpo. Se sentía liviano y alegre como si el universo cupiera en la palma de su mano. Se sentía el amo y señor de la vida.

    Dos horas después, come con la inspectora Baeza en La Favorita, uno de los mejores restaurantes de Burgos que no te puedes perder si visitas la ciudad según las webs de recomendaciones gastronómicas. Se encuentra en pleno casco histórico, en la calle Avellanos.

    Comparten un chuletón troceado al punto con patatas fritas y se beben un Finca Resalso. Luisa va mucho al baño, llevándose el bolso, y vuelve sonrojada.

    —Pero ¿cuál es la vinculación del asesino con la víctima? —pregunta el juez Gaicano.

    —No lo sabemos.

    —Sin eso es dar palos de ciego.

    —Ya lo sé.

    —Hay algo que no me cuadra.

    —¿Qué?

    —Muerde en el pecho a la víctima, pero no hay agresión sexual. Las mordeduras están asociadas a violaciones, crímenes muy violentos.

    —Tal vez por rabia descontrolada.

    —No sé.

    —La chica le conocía. No hay heridas defensivas en brazos y manos.

    —Y roció a la víctima con lejía para borrar restos de ADN.

    —Es un asesinato premeditado, muy bien planeado. Por eso no me cuadra lo de que la mordiera. Un acto descontrolado. Es un comportamiento animal.

    —Tienes razón.

     Luis Gaicano se había casado enamorado. Pero ahora Adela, su mujer, se había vuelto más celosa, crítica y posesiva. Prefería pasar el menor tiempo en casa y la mayor parte del día la consumía en los juzgados. Sin embargo, un divorcio a esas alturas le daba pereza. ¿A dónde iba él con sesenta y cuatro años? Su único escape era salir a cazar con Max Rey, al que había conocido en el internado de los Dominicos. Max era un alumno brillante y excéntrico que ya entonces destacaba en ciencias y ocultaba su ateísmo. Nació arqueólogo. Luis no había conocido a una persona más entregada a su vocación que Max.

    —¿Y las huellas dactilares?

    —Hay tantas huellas dactilares sobre los tablones y en las paredes como para que los técnicos trabajen durante un año.

     —¿Y qué más?

    —Hemos comprobado el registro de herramientas de Atapuerca.

    —Sí.

    —Falta una maza.

    —¿El arma homicida?

    —Lo más seguro.

    —¿Dónde se guardan las herramientas?

    —En una caseta que hay enfrente de la Dolina.

    —¿Quién tiene llaves?

    —Los directores de las excavaciones, Paz, Norberto, Antonio López y los tres directores de Atapuerca, Max, Jesús y Rafael.

    —¿Alguno vio algo sospechoso o echó en falta la maza?

    —Les hemos interrogado. Dicen que no.

    —¿Algo más?

    —He pedido la lista de los trabajadores de Atapuerca durante los últimos años, también la lista de los padres y alumnos de la clase de Miriam. He cruzado los datos y nada. Lo único la chica que murió en la Sima hace un año por hipoxia.

    —Sí, me acuerdo. Ana Cruz. Una tragedia. Tenía veinticinco años.

    —Sí. Era la novia de Andrea Rey. Fue al mismo instituto de la víctima.

    —¿Hubo investigación?

    —No. Muerte accidental. La chica excavó más tiempo del permitido dentro de la Sima de los Huesos.

    —¿Por qué?, ¿no sabía el riesgo que corría?

    —Sí. Por lo visto tenía mucha prisa por acabar su tesis. Estaba obsesionada con su carrera académica.

    —Mira de lo que le sirven su tesis y su ambición ahora bajo tierra.

    —Desde luego.

    —¿Y algo más?

    Luisa dejaba la bomba para el final. Quería pedirle una orden a Gaicano y sabía que tenía que jugar bien sus cartas.

    —Sí. He mirado en nuestra base de datos si algún trabajador tiene antecedentes penales, si lo tenemos fichado. Si hay alguna denuncia.

    —¿Y?

    —Sí. Hay dos. Rodrigo Martín, paleontólogo, investigador del CSIC en Madrid, condenado a diez años por abusos sexuales a menores cuando era profesor de instituto aquí en Burgos, sí, el mismo instituto en el que estudiaba Miriam, el Manuel Machado. Pero cuando Martín enseñaba allí, Miriam no era una alumna.

    —¿Estaba en Atapuerca ese día?

    —No. Tiene coartada. Y una buena. Martín estaba en Madrid. Hemos localizado su móvil allí. Y hay un resguardo de su tarjeta de crédito. Cenó con su mujer en una terraza al lado del viaducto, subió la foto a Facebook.

    —¿Y el segundo?

    —Max Rey. Condenado por agresión. No fue a la cárcel. No tenía antecedentes. Pagó una indemnización de cinco mil euros a la víctima.

    Luisa vio el conflicto moral reflejado en la cara del juez. Conocía su amistad con Max. Pero Gaicano era un hombre recto, moral.

    —¿Qué pasó? —preguntó el juez Gaicano con un suspiro de agotamiento.

    —Se peleó a puñetazos con Jesús Sinaloa en un bar.

    —¿Por? Max no es violento.

    —Esos dos se llevan a matar. Se pelean hasta por la ciencia. Sinaloa hasta le acusa de meter su ideología política en la ciencia. Max es comunista. Al parecer, Max estaba borracho. Jesús le gastó una broma. Le dijo que el antecessor no era una nueva especie, que Max se había equivocado. La discusión se calentó. Y Max le soltó un guantazo.

    —Comprendo.

    —¿Y hay algo más?

    Silencio tenso.

    —Jesús vio a Max hablando con la víctima a las tres de la tarde fuera de Cueva Mayor.

    —La última persona que vio a Miriam con vida.

    —Voy a interrogarlo, tenía la llave del Portalón, un odio declarado a Sinaloa, una coartada débil y un testigo lo vio hablar con la víctima cuando fue vista por última vez.

    Luisa esperó.

    —Necesito un orden para extraer una muestra de ADN y hacerle un escáner dental en 3D.

    —No. Necesitamos más pruebas.

    ¿Se tomaba Trankimazin o lorazepam el juez? Gaicano cabeceó de sueño.

    —¿Por qué esa prueba de ADN?

    —Creo que el semen que apareció en la vagina de la víctima es suyo.

    —¿Y en qué se basa?

    —Señor, hay una web de contactos en el Internet oculto. Aduriz la ha rastreado. Hombres pujan por la virginidad de chicas adolescentes. Miriam estaba en ella. Alguien pujó por la virginidad de Miriam dos días antes de que la mataran. El alias del postor lo vincula con Max Rey.

    —¿Max Rey?, ¿que no tiene ni móvil? —dijo el juez.

    Si te ha gustado el capítulo, compártelo con alguien que creas que lo disfrutará. Te estoy muy agradecida. Me ayudas mucho.

    Si quieres conseguir la novela “Los crímenes de Atapuerca” pincha aquí.

    Si quieres curiosear más sobre mí, échale un vistazo a mi Twitter.

  • Comparto un nuevo poema de mi Libro de poesía «Amor atávico»; «Siempre hicimos lo que quisimos»

    Siempre hicimos lo que quisimos

    Siempre hicimos lo que quisimos

    siempre hicimos la revista que quisimos, 

    escribimos mejor que vivimos

    sin ganas para los huecos roncos

    del triste rencor.

    Siempre hicimos lo que quisimos 

    pagando un precio. 

    Siempre jugamos a ganar

    sabiendo que íbamos a perder 

    Sólo quien ha sufrido

    conoce las líneas maestras

    de la feliz desproporción de la dicha. 

    nuria verde autora amor atávico


    Si te ha gustado la poesía, compártela con alguien que creas que lo disfrutará. Te estoy muy agradecida. Me ayudas mucho.

    Puedes leer «Amor atávico» aquí.

    Puedes leer otro poema de «Amor Atávico» aquí.

    Si quieres curiosear más sobre mí, échale un vistazo a mi Twitter.

  • Sinopsis

    A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

    La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

    Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

    Cpítulo 32

    Siempre supe el momento exacto en el que me enamoré de Andrea, igual que te acuerdas del día en que te bajó la regla, igual que te acuerdas de la primera vez que besas a un chico o a una chica, hecha un manojo de nervios, asustada por la intensidad del deseo e inseguridad que sientes, igual que te acuerdas de dónde estabas cuando sucedieron los atentados de las Torres Gemelas el once de septiembre de 2001.

    Yo me enamoré de Andrea el primer día de excavación en la Gran Dolina en mayo. Sentí un estallido de felicidad. Sentí una apertura de mi pecho. Sentí que se me caía un velo de los ojos. Sentí que concentraba mis cinco sentidos en otro ser humano, que en ese momento abrazaba a un hombre viejo y enfermo y le ayudaba a subir a la Dolina, tratándole con una amabilidad y un cariño que me deslumbraron.

    De repente, Andrea se volvió y me miró con ojos resplandecientes. Era increíble. Me había leído todos sus libros, había curioseado miles de noticias que le tenían a él como protagonista, me había sumergido en artículos y reportajes de revistas como quien se baña en un mar frío, pero aquella mañana de finales de mayo, de cielo azul y quieto que yo asociaba a la infancia y a la felicidad, no fui capaz de reconocer a Max Rey. Luego supe que acababa de superar un cáncer y había estado a punto de morir.

    Yo sabía quién era Max Rey. Era imposible no saber quién era: el descubridor de la mandíbula del niño de la Gran Dolina, el paleontólogo que halló una nueva especie: el Homo antecessor en 1994. Pero ese hombre no se parecía en nada a las fotos de Max Rey que había visto en los libros y en Internet. No le reconocí porque era una sombra de sí mismo. Un fantasma.

    Esa mañana empapada en quietud, poco después de amanecer, los trigales, los campos de avena y centeno, la tierra, la sierra, los bosques de encinas y quejigos, el robledal, las terrazas, las paredes de piedra caliza, las cuevas cortadas en dos por el Ferrocarril, la Dolina colmatada de sedimento se abrieron ante mí porque me había enamorado de Andrea, la mujer que me había llevado a Atapuerca. La mujer a la que estaba agradecida porque me había cambiado la vida. La mujer que me había hecho creer que mis sueños eran grandes y posibles. La mujer que derrochaba encanto.

    «¡Ah, sería genial si fuese mía!», pensé.

    Andrea camina por los tablones que protegen el sedimento de la superficie de la Dolina, donde cincuenta personas excavaban, tres por cuadrícula, dan martillazos a destornilladores clavados en el sedimento rojizo, limpian el polvo y la arcilla de las protuberancias de fósiles enterrados, hacen mediciones con una cinta métrica, echan el sedimento sobrante a grandes capachos negros de obra con un recogedor, luego vuelcan su contenido en un gran colector amarillo que baja desde lo alto de la Dolina hasta un contenedor en la base, donde se acumula el sedimento que luego otro equipo de Atapuerca lavará y cribará en las aguas del río Arlanzón, delimitan los contornos de las piedras y huesos con instrumental de dentista, haciendo emerger sus perfiles, apuntan coordenadas geoespaciales en sus iPhone, hacen fotos de los restos que encuentran con las cámaras de sus móviles, sitúan su posición dentro del yacimiento, meten fósiles en bolsas de plástico que datan y firman.

    —Aquí hay algo.

    —¿Qué es?

    —Un fémur de oso.

    Andrea empuña una jeringa e inyecta una solución consolidante en el fósil del fémur de oso. Así podrán extraer mañana el fósil sin que se rompa o, al menos, rompiéndose lo menos posible. Porque los fósiles no se desentierran ni enteros, ni limpios, ni lustrosos. No se extraen en piezas sólidas a las que luego hay que desempolvar. En la mayoría de los casos se sacan piezas pequeñas que luego hay que reconstruir, uniendo diminutos fragmentos en puzles por la tarde en los laboratorios.

    El horario de trabajo sigue una rutina fija de lunes a viernes en Atapuerca. A las ocho, toque de queda. Hay que levantarse haya pasado lo que haya pasado la noche anterior: alcohol, drogas, sexo, rock and roll. A las ocho y media, desayunamos en la cantina del albergue Gil de Siloé. A las nueve nos subimos al autocar que nos lleva a excavar a Atapuerca. A las nueve y media llegamos y excavamos hasta las once, cuando se hace una pausa para tomar un bocata y un botellín de cerveza. Se vuelve a excavar hasta las dos, cuando se para a comer bajo la carpa blanca de un comedor improvisado con capacidad para más de doscientas personas. A las cuatro nos volvemos a meter en el autocar y de vuelta al Gil de Siloé, donde hay una hora de descanso que la gente aprovecha para ducharse, cambiarse de ropa y echarse media hora de siesta. A las cinco vamos a los laboratorios que se encuentran en un edificio junto al Gil de Siloé. Allí examinamos, bajo los microscopios electrónicos, los fragmentos de fósiles de fauna, industria lítica, que están sellados en bolsas de plásticos muy parecidas a las bolsas de pruebas que utiliza la policía. Cada bolsa está etiquetada. A las siete hay tiempo libre. Y hasta la mañana siguiente.

    Fue increíble lo que pasó en el mes de julio de 1994, cuando Rafael Espejo, el responsable en analizar la dentición en Atapuerca, se encerró con Sebastián, con Max, en el laboratorio para estudiar la mandíbula del niño de la Gran Dolina que Andrea, con solo diez años, acababa de descubrir. Diez minutos después averiguaron que el hueso tenía marcas de dientes humanos. Eran caníbales. Ese miedo. Ese mareo, ese desmayo, ese vértigo. ¿Qué iba a decir la comunidad científica?, ¿qué iban a decir los periodistas? Caníbales. Se les iban a echar encima. Era muy polémico. Caníbales.

    —Max, mira tú.

    —Hay marcas.

    —¿Qué opinas?

    —Que son de dientes humanos. —¿Sabes lo que significa?

    Si te ha gustado el capítulo, compártelo con alguien que creas que lo disfrutará. Te estoy muy agradecida. Me ayudas mucho.

  • La serie israelí, «La tumba», arranca su historia con un terremoto que abre una grieta en una reserva natural donde aparecen tres esqueletos humanos. El enigma y la intriga crecen al descubrir la policía que el ADN de los tres esqueletos coincide con el ADN de tres personas vivas sin relación entre sí: Yoel, Avigail y Niko, algo que resulta científicamente imposible. Los agujeros de guion de La Tumba

    La intriga policial engancha, los tres primeros capítulos de la serie son magníficos, pero a medida de que nos vamos adentrando en la ciencia ficción: universos paralelos, líneas de tiempo dobles, donde se alteran los sucesos de la vida, la posibilidad de tener a un doble, el efecto Dopplegänger, la teoría de las realidades indescernibles que plantea Yoel Russo en uno de los episodios, mi interés cae en picado.

    Los agujeros de guion de La Tumba

    Agujeros de guion

    Tras ese arranque potente, la serie incurre en una serie de agujeros de guion impactantes, más propios de un queso gruyère que de un guion en condiciones. Insisto: en todo guion hay pequeños agujeros porque no hay un guion cerrado al cien por cien, quizás solo el de «Chinatown» como decía Syd Field, pero lo importante es que esos agujeros no canten al espectador. Los agujeros de guion de La Tumba

    Y aquí cantan la traviata. Por ejemplo, cuando Aron oye a los operarios hablar de que tienen que deshacerse de lo que hay dentro de unos contenedores que hay en el puerto, y lo dicen a voz en grito, y acto seguido los tíos se suben a sus coches y se largan. Por supuesto, no hay policía portuaria ni leches. Y yo que soy de Málaga y veo, muy a menudo, a la policía portuaria patrullar por el puerto, me pregunto cómo en Tel Aviv, con el problema de terrorismo que tienen, son tan laxos.

    Pero lo que viene a continuación, es flipante. Aron abre el contenedor (en la imagen inferior) que no tiene ni un triste candado en la puerta y encuentra con un quirófano perfectamente equipado donde se juega a ser Dios con el futuro. Ojo, sin seguridad ninguna. La discoteca de mi barrio tiene más seguridad.

    Ojo, que acaba de hablar con el jefe de la empresa que lleva a cabo los experimentos en una caseta de al lado, y éste a por uvas.

    Acojonante.

    Los agujeros de guion de La Tumba

    En conclusión: un piloto prometedor y original, que juega a descolocar nuestras espectativas, una progresión floja, y un vale todo gracias al truco de la ciencia ficción y vidas paralelas, que, por cierto, resulta un tanto manido ya en la ficción audiovisual.

    Los agujeros de guion de La Tumba

    «La tumba» no está a la altura de su poderoso arranque. Aunque merece la pena verla, si no te importan mucho los agujeros de guion y que te tomen el pelo.

    Como decía el torero El Gallo: «hay gente pa tó».

    Aquí va el trailer de aperitivo.

    Puedes ver «La tumba» een Sundance TV.

    Los agujeros de guion de La Tumba. Nuria Verde

    Si te ha gustado el post, compártelo. Te lo agradezco porque me ayudas mucho.

    Los agujeros de guion de La Tumba.

    Si quieres saber más de mí, curiosea mi Twitter.

  • «Hierro»: inmensa Candela Peña
    Candela Peña el éxito de Hierro

    Confieso que uno de mis peores defectos es que huyo de las series españolas, sí, es una manía, un prejuicio porque creo que las series españolas son malas y predecibles, y a sus actores y actrices los he visto en mil y una pelícuals, en ciento y un series, que me dejan un regusto amargo a dejà vu. Excepto con Candela Peña el éxito de Hierro.

    También he cogido manía a los guionistas españoles, es mi culpa, otro prejuicio de marras pero sus tramas se me antojan predecibles y retorcidas, sus guiones toscos, y sus personajes de cartón piedra, sus diálogos poco naturales, y forzados, revirados hacia el populismo chusco y la palabrotería.

    Mea culpa.

    Candela Peña el éxito de Hierro

    Pero «Hierro» es una serie española diferente y me ha gustado. No hay lugares comunes, ni siquiera con el personaje de Díaz, que con tanta maestría interpreta Darío Grandinetti, importa más -al igual de lo que pasa con «Rapa»-, el alma humana que los detalles del caso policiaco, que más bien es un pretexto para hablarnos de los clarooscuros de los corazones de Díaz y Candela. Importa más lo humano que el noir. Es un puntito que me chifla.

    Pero antes de entrar en materia, os recuerdo la historia que cuenta «Hierro»: La jueza Candela Montes (Candela Peña) es enviada a El Hierro, la isla más remota y menos poblada del archipiélago canario. Apenas deshechas las maletas, tendrá que enfrentarse a un complejo e inusitado caso: el asesinato de un joven llamado Fran. Las principales sospechas caen sobre Díaz (Darío Grandinetti), el futuro suegro de Fran, un hombre oscuro, sobre el que pesa un oscuro pasado, que no dudará en mover cielo y tierra para demostrar su inocencia.

    Candela Peña el éxito de Hierro

    La serie tiene muchos atractivos, pero el principal es que nos deja bucear en la humanidad y las contradicciones de sus personajes, su dolor y satisfacción, su fracaso y su esperanza.

    Los guionistas se centran en Candela, la jueza que aterriza en la isla del Hierro, una mujer de carácter y con las cosas muy claras, que no se deja intimidar, una mujer a la que enseguida odian los habitantes de la isla llamándole «La cabrona».

    Sólo una actriz del talento y la valentía de Candela Peña puede hincar el diente a ese personaje, la jueza Candela, y dotarlo de tanta complejidad y fuerza, consiguiendo que nos caiga bien, que empaticemos con ella, que veamos sus cicatrices y su pasado como una mochila triste e invisible a sus espaldas. Es el primer acierto de la serie. Mini punto positivo para «Hierro».

    El segundo acierto es la localización. Estamos ya más que hartas de ver series enclavadas en Madrid y Barcelona, qué hartura por Dios, como si solo hubiera vida en las dos grandes ciudades de España, como si sólo ocurrieran historias en Madrid y Barcelona. ¡Basta ya! El Hierro aparece como una isla llena de peculiaridades, costumbres, modismos propios que hacen mis delicias y placeres como espectadora. Más allá del paisaje seco, rocoso, esos troncos de árboles retorcidos sobre sí mismos, esos acantilados perturbadores, esas plantaciones de plátanos saturadas de calor, esa tierra negra volcánica, esa isla donde el aislamiento y la insularidad siempre están presentes, los límites finitos de la isla, que conecta con el mundo exterior a través del ferry que sale cada día del puerto.

    Claustrofobia, belleza y viento.

    Luego hay personajes secundarios auténticos: la abuela de Fran, la secretaria judicial, la pandilla de amigos de Pilar y Fran, los trabajadores del platanal, Mónica López con acento canario haciendo de guardia civil. Genial. Que los personajes secundarios de Madrid ya están más vistos que el tebeo. Otro mini punto positivo para «Hierro».

    Candela Peña el éxito de Hierro

    El cuarto acierto es el punto de vista. Nunca habíamos visto, en una serie española, a una jueza como Candela Peña involucrada tanto en la investigación policial del caso, dictando lo que hay que hacer, los pasos que hay que dar, comandando a la Guardia Civil judicial, mandando a los investigadores, y marcando el ritmo de la búsqueda de la verdad. En realidad es lo que pasa en un sistema legal como el de España pero los guionistas de otras series policiacas ponen el foco siempre en inspectores, agentes de policía, Guardia Civil.

    Además, en «Hierro», se añade otra particularidad en el punto de vista porque el otro investigador del asesinato de Fran es Díaz, un delicuente con más sombras que luces, al que sin embargo le duele que su hija Pilar, que se iba a casar con el asesinado, crea que él mató a su novio. Otro mini punto positivo para «Hierro».

    Sin duda, es fundamental el papel que juega Candela Peña, una actriz que está inmensa y levanta la serie. Venga, sumamos otro mini punto.

    Y un detalle exquisito de guion, uno de los puntitos que tanto me chiflan en una serie de televisión. Se trata del trazo maestro de escribir contra las expectativas del espectador, no es fácil, pero sí es sencillo. Sólo es un detalle en el piloto de «Hierro», una menudencia exquisita guionística que me sorprende. Cuando Candela llega a la isla de Hierro, habla con unos albañiles que le están arreglando el baño de su nueva casa, y les pide, taxativamente, que acaben la obra ya tal y como se habían comprometido. Enseguida nuestra mente proyecta una imagen de Candela como mujer rica y fuerte, que exige que se acabe una obra porque no puede vivir ni un día sin cuarto de baño. Una mujer de posibles, una mujer profesional de carácter que abronca a los obreros.

    Al final del capítulo, descubrimos que Candela tiene un hijo discapacitado, Nico, afectado por una enfermedad neurológica. La jueza necesita el cuarto de baño adaptado terminado para duchar a su hijo, al que ama con una ternura desgarradora.

    Eso es escribir contra las expectativas del espectador.

    La mente nos engaña casi siempre. Porque como le pasa a la mía con los guionistas españoles, está condicionada por prejuicios, gustos, aversiones, historia y legados.

    Sigo viendo «Hierro» con inusitado placer.

    Os dejo un aperitivo de la serie con el trailer. Puedes ver «Hierro» en Movistar.

    Por cierto, una vez le hice una entrevista a Candela Peña en RTVE. La podéis ver aquí. Es muy maja.

    Nuria Verde . Candela Peña el éxito de Hierro

    Si te ha gustado este post, compártelo, por favor. Te lo agradezco porque me ayudas mucho.

    Candela Peña el éxito de Hierro.

    Si quieres curiosear más sobre mí, échale un vistazo a mi Twitter.

  • Vale, me da alta pereza ver «Rapa», pero me obligo a mí misma a hacerlo porque quiero escribir un artículo sobre la serie en el blog. La historia se situa en Sierra de la Capelada, en Galicia. Una tierra antigua, de altos acantilados sobre el mar, donde los caballos viven libres. Salvo un día: el de la «rapa das bestas». Una tradición que sintetiza lo bello y lo salvaje de un territorio por lo general tranquilo, pero que resulta ser ahora el escenario de un crimen. Buscar al asesino de Amparo Seoane, la alcaldesa de la localidad, será el objetivo común de Tomás, un profesor frustrado, y de Maite, una sargento de la Guardia Civil.

    Antes una reflexión sobre la cabecera de las series españolas. Desde que se estrenó «True Detective», las series españolas empezaron a imitar la cabecera de la ficción de Nic Pizzolatto, rostros emergentes sobre fondos de pueblos, lagunas, cadáveres que se desintegran, una canción hipnótica, carteles de carretera. Pero viendo «Rapa» me doy cuenta de su cabecera imita la intro de «Atrapados», el thriller islandés. Qué grande. Paisajes y texturas, piel humana, en vez de cicatrices y espaldas, palma de una mano y sangre, y en sustitución de montañas y playas heladas, playas de arena gris y olas que se rizan de espuma, ojos humanos, ojos de caballo, niebla y acantilados, montes y farolas, bruma. Galicia e Islandia. Pues la verdad es que atrae.

    Rapa la serie de la que todos hablan

    Me sorprende la serie porque empieza con una secuencia atmósférica de niebla y monte, cielos cargados de nubes, planos desenfocados y enfocados, un clima claustrofóbico, no empieza con el típico plano general.

    Luego enseguida «Rapa» me engancha porque me encantan los actores, Javier Cámara demuestra que es camaleónico y hace creíble a ese profesor de Literatura friqui y frustrado, que suelta lo primero que se le pasa por la cabeza, y también me chifla Mónica López, actriz a la que descubrí en la película «En la ciudad» de Cesc Gay. Aquí interpreta a la sargento de la Guradia Civil, Maite, que mantiene una relación esporádica de amante con Jorge Bosch, actor que interpreta al inspector jefe que viene de Madrid, otro actor que me gusta mucho.

    «Rapa» me fascina. De repente, me doy cuenta de que estaba equivocada- Todo por mis malditos prejuicios hacia las series españolas.

    Hay muchas cosas que me consuelan en la serie. La primera es que no se trata de una ficción truculenta, ni violenta, ni desoladora ni posapocalíptica, en la que la gente es malvada por naturaleza, y se dedica a odiar y dañar a sus congéneres. Minipunto positivo a favor de «Rapa».

    La segunda razón es que los guionistas eluden jugar sobre la pregunta ¿quién lo hizo? Muy pronto ya sabemos quién lo hizo, de hecho, el punto de vista de la asesina, (una mujer normal), está muy presente en el desarrollo de las tramas de «Rapa». Entonces como espectadora te intriga conocer sus motivaciones, saber qué ha pasado, indagar en los porqués de semejante crimen, bucear en el pasado y encontrar las claves de asesinato de Amparo Seoane, la alcaldesa de Cedeira. Segundo mini punto positivo a favor.

    La tercera razón es que importa mucho más el contexto humano que la trama detectivesca. Tercer mini punto positivo para «Rapa».

    Rapa la serie de la que todos hablan

    Al evitar pivotar la trama de continuación en el quién lo hizo, nos ahorramos giros y más giros rocambolescos de muchos thrillers, muchos falsos culpables, otros tantos callejones sin salida, y un agotamiento al haber visto muchas series que siguen esta fórmula manida en la que o innovas mucho o la cagas. En «Rapa» no es el caso. Sabemos quien lo hizo desde el principio. Aunque no sabemos porqué lo hizo.

    Y luego están los paisajes de Galicia, acantilados y prados, sus montes y mares hermosísimos, sus cruces frente al mar, un pueblo que acumula tanta belleza como Cedeira, con sus bares y restaurantes, su marisco, sus percebes estelares y su caldeirada, sus costumbres populares como la «Rapa das bestas».

    Rapa la serie de la que todos hablan

    A continuación se encuentra Javier Cámara, que lo hace francamente bien como profesor de Literatura irónico y huérfano, que vive para leer, y que se frustra al escribir porque «se sufre mucho». El actor encarna a Tomás, que se implica en la investigación y traba amistad con Maite, para dar un sentido a su vida y escribir una novela que nunca escribe.

    La serie es maravillosa. Y nos habla de cómo se tronza la vida en un segundo, cómo la injusticia pervive y los ricos siguen siendo ricos y los pobres siguen siendo pobres, acumulando mala suerte. «Rapa» también nos habla del fracaso, de que los sueños no se cumplen y nadie consigue sus objetivos, sólo los de siempre.

    El capítulo final de «Rapa» te deja un regusto agridulce a melancolía y vulnerabilidad.

    En conclusión: «Rapa» es una serie súper recomendable, con un ritmo sólido y una intriga eficaz, sin estridencias. La pareja formada por Javier Cámara y Mónica López tiene química y funciona con complicidad bien hilada.

    La serie nos protege y nos ampara como un gran paraguas que nos salva de la lluvia y el frío, nos consuela y reconforta, con su niebla y modismos gallegos, dejándonos con ganas de más.

    ¡Ojalá haya segunda temporada de «Rapa»!

    Como aperitivo os dejo el trailer:

    Si os ha gustado el post, os animo a compartirlo. Os lo agradezco porque me ayudáis mucho.

    Por cierto, si quereís curiosear sobre mí, aquí tenéis mi Twitter

    nuria verde Rapa la serie de la que todos hablan

  • «Lakewood»: la pesadilla de cualquier madre

    En medio del bosque que rodea su hogar, a kilómetros de la ciudad y abrumada por el pánico, Amy Carr (Naomi Watts) recibe una llamada terrible: las autoridades están buscando al responsable de un tiroteo que ha tenido lugar en el instituto de su hijo adolescente, Noah. Amy se niega a sucumbir a la desesperación. Con la única ayuda de su móvil, buscará todos los recursos posibles para tratar de lograr la salvación de su hijo.

    Hay algo de artificioso en «Lakewood» por el uso continuo y excesivo del móvil y del fuera de campo, pero también reverera un eco realista y emocional al retratar el trauma de una generación de padres por culpa de los tiroteos que suceden en algunos institutos de Estados Unidos.

    Precisamente, mientras escribo esta entrada, me entero de que se ha producido un tiroteo en el que un estudiante ha matado a 19 niños y dos adultos en una escuela de Texas. El atacante ha sido abatido por la policía.

    Confieso que «Lakewood» no me gusta ni un pelo porque me da la sensación de que es una película falsa y tramposa, que juega con un tema muy sensible, al retratar la angustia de una madre con su hijo adolescente atrapado dentro de un instituto en el que un atacante tirotea a alumnos y profesores.

    No a la banalización de las tragedias.

    Es la falta de realismo lo que más me molesta de la película, que transcurre como un telefilm barato que busca los fuegos artificiales, ese abusivo uso de drones de los bosques por donde está corriendo Naomi Watts, esa ayuda desinteresada del empleado del garaje a esa madre que no conoce, con la que habla por teléfono, prácticamente el chico se pone a investigar todo lo que ella le pide y eso que el chaval está en medio de un tiroteo en un Instituto (vale, en el parking, pero ¿y se escapa una bala? Cero creíble. Y aún más increíbles y falsas son las conversaciones de Naomi Watts con la policía y la mujer amable del servicio de urgencias. Creo que no es así cómo sucedería en la realidad. Cero realismo. Esas conversaciones suelen ser nefastas y desagradables. Y aquí parecen sacadas de una película de Disney.

    Lo único creíble es que Uber le diga a Noami Watts que su coche está a quince minutos y luego resulta que son cuarenta y no la localiza.

    Disneyficación de la tragedia

    Hay un tendencia en cierto cine ‘mainstream’ americano a la «disneyficación de la tragedia», «la disneyficación del amor», «la disneyficación de la maternidad», «la disneyficación de la adolescencia y sus crueldades» que se plasman en esta película, «Lakewood», dirigida por un director que no es santo de mi devoción: Phillip Noyce.

    Aquí tiene lugar la «disneyficación de los tiroteos en institutos».

    Por favor. Vale ya con tanta chorrada y tomadura de pelo.

    Basta ya.

    El tema es jodidamente serio.

    Fuera Disney.

    Estoy harta de la banalización de la vida. No, un adolescente no está profundamente deprimido, dice que no se puede levantar de la cama, y luego se levanta sin más para ir al instituto, no, no pasa, la gente desconocida no es tan maja en un situacón de increíble tensión, ni te ayuda tan desinteresadamnente cuando la llamas por teléfono, y mucho menos, durante un tragedia como es un tiroteo indiscriminado y aterrorizador en un instituto, no, esos sucesos no tienen final feliz, no se salva tu hijo ni sus compañeros, el asesino no coge el teléfono a la madre de uno de sus rehenes y habla con ella como si tal cosa, acordaros de Columbine, acordaros de Newton, acordaros de Texas ¿realmente pasó así?

    Ni de coña.

    Protesto, señoría. Protesto contra los guiones que banalizan el dolor y la inapelable dureza de la vida. En los tiroteos a estudiantes de un instituto, no hay finales felices, ni adolescentes que se salvan y salen incólumes y graban vídeos buenistas para su Instagram en plan «esto tiene que acabar». Todo eso es la píldora roja fake que le ofrecía Morfeo a Neo. ¿O era la azul?

    Lo que cuenta «Lakewood» es Matrix, no la vida real.

    Y a mí, salvo cuando voy con mi hijo de 11 años al cine, sólo me interesa la verdad.

    La verdad es la película «Utoya» sobre la masacre que perpetró Breivik en la isla noruega donde se habían reunido las juventudes socialistas el 22 de julio de 2011, mientras gritaba: ¡Tenéis que morir!

    Murieron 77 personas.

    El mal no habla con mamás desesperadas a través de su iphone, ni deja adolescentes a salvo, ni tiene finales encantadores y majos. Lo siento pero no es lo que sucede.

    No a la disneyficación de la vida, de tragedias tan graves como la que cuenta «Lakewood».

    No se habla sobre la legislación de la posesión de armas (no es comercial) ni de que Estados Unidos es el único lugar donde matan a tiros a niños en el cole (todavía menos comercial)

    Y sí, Phillipp Noyce es muy habilidoso utilizando recursos narrativos como el fuera de campo que nos hace imaginarnos con mayor angustia el horror que está pasando en el insti sin verlo, y empleando planos cenitales con drones, buscando nuestra complicidad con guiños al enganche que tenemos a los móviles y a la cantidad de cosas que se pueden hacer con un iphone en la mano.

    Por cierto ¿ha puesto iphone pasta en la peli? Porque menuda publi hace «Lakewood» de iphone.

    Si te ha gustado el post, compártelo con alguien que creas que lo disfrutará. Te estoy muy agradecida. Me ayudas mucho.