• Vale, me da alta pereza ver «Rapa», pero me obligo a mí misma a hacerlo porque quiero escribir un artículo sobre la serie en el blog. La historia se situa en Sierra de la Capelada, en Galicia. Una tierra antigua, de altos acantilados sobre el mar, donde los caballos viven libres. Salvo un día: el de la «rapa das bestas». Una tradición que sintetiza lo bello y lo salvaje de un territorio por lo general tranquilo, pero que resulta ser ahora el escenario de un crimen. Buscar al asesino de Amparo Seoane, la alcaldesa de la localidad, será el objetivo común de Tomás, un profesor frustrado, y de Maite, una sargento de la Guardia Civil.

    Antes una reflexión sobre la cabecera de las series españolas. Desde que se estrenó «True Detective», las series españolas empezaron a imitar la cabecera de la ficción de Nic Pizzolatto, rostros emergentes sobre fondos de pueblos, lagunas, cadáveres que se desintegran, una canción hipnótica, carteles de carretera. Pero viendo «Rapa» me doy cuenta de su cabecera imita la intro de «Atrapados», el thriller islandés. Qué grande. Paisajes y texturas, piel humana, en vez de cicatrices y espaldas, palma de una mano y sangre, y en sustitución de montañas y playas heladas, playas de arena gris y olas que se rizan de espuma, ojos humanos, ojos de caballo, niebla y acantilados, montes y farolas, bruma. Galicia e Islandia. Pues la verdad es que atrae.

    Rapa la serie de la que todos hablan

    Me sorprende la serie porque empieza con una secuencia atmósférica de niebla y monte, cielos cargados de nubes, planos desenfocados y enfocados, un clima claustrofóbico, no empieza con el típico plano general.

    Luego enseguida «Rapa» me engancha porque me encantan los actores, Javier Cámara demuestra que es camaleónico y hace creíble a ese profesor de Literatura friqui y frustrado, que suelta lo primero que se le pasa por la cabeza, y también me chifla Mónica López, actriz a la que descubrí en la película «En la ciudad» de Cesc Gay. Aquí interpreta a la sargento de la Guradia Civil, Maite, que mantiene una relación esporádica de amante con Jorge Bosch, actor que interpreta al inspector jefe que viene de Madrid, otro actor que me gusta mucho.

    «Rapa» me fascina. De repente, me doy cuenta de que estaba equivocada- Todo por mis malditos prejuicios hacia las series españolas.

    Hay muchas cosas que me consuelan en la serie. La primera es que no se trata de una ficción truculenta, ni violenta, ni desoladora ni posapocalíptica, en la que la gente es malvada por naturaleza, y se dedica a odiar y dañar a sus congéneres. Minipunto positivo a favor de «Rapa».

    La segunda razón es que los guionistas eluden jugar sobre la pregunta ¿quién lo hizo? Muy pronto ya sabemos quién lo hizo, de hecho, el punto de vista de la asesina, (una mujer normal), está muy presente en el desarrollo de las tramas de «Rapa». Entonces como espectadora te intriga conocer sus motivaciones, saber qué ha pasado, indagar en los porqués de semejante crimen, bucear en el pasado y encontrar las claves de asesinato de Amparo Seoane, la alcaldesa de Cedeira. Segundo mini punto positivo a favor.

    La tercera razón es que importa mucho más el contexto humano que la trama detectivesca. Tercer mini punto positivo para «Rapa».

    Rapa la serie de la que todos hablan

    Al evitar pivotar la trama de continuación en el quién lo hizo, nos ahorramos giros y más giros rocambolescos de muchos thrillers, muchos falsos culpables, otros tantos callejones sin salida, y un agotamiento al haber visto muchas series que siguen esta fórmula manida en la que o innovas mucho o la cagas. En «Rapa» no es el caso. Sabemos quien lo hizo desde el principio. Aunque no sabemos porqué lo hizo.

    Y luego están los paisajes de Galicia, acantilados y prados, sus montes y mares hermosísimos, sus cruces frente al mar, un pueblo que acumula tanta belleza como Cedeira, con sus bares y restaurantes, su marisco, sus percebes estelares y su caldeirada, sus costumbres populares como la «Rapa das bestas».

    Rapa la serie de la que todos hablan

    A continuación se encuentra Javier Cámara, que lo hace francamente bien como profesor de Literatura irónico y huérfano, que vive para leer, y que se frustra al escribir porque «se sufre mucho». El actor encarna a Tomás, que se implica en la investigación y traba amistad con Maite, para dar un sentido a su vida y escribir una novela que nunca escribe.

    La serie es maravillosa. Y nos habla de cómo se tronza la vida en un segundo, cómo la injusticia pervive y los ricos siguen siendo ricos y los pobres siguen siendo pobres, acumulando mala suerte. «Rapa» también nos habla del fracaso, de que los sueños no se cumplen y nadie consigue sus objetivos, sólo los de siempre.

    El capítulo final de «Rapa» te deja un regusto agridulce a melancolía y vulnerabilidad.

    En conclusión: «Rapa» es una serie súper recomendable, con un ritmo sólido y una intriga eficaz, sin estridencias. La pareja formada por Javier Cámara y Mónica López tiene química y funciona con complicidad bien hilada.

    La serie nos protege y nos ampara como un gran paraguas que nos salva de la lluvia y el frío, nos consuela y reconforta, con su niebla y modismos gallegos, dejándonos con ganas de más.

    ¡Ojalá haya segunda temporada de «Rapa»!

    Como aperitivo os dejo el trailer:

    Si os ha gustado el post, os animo a compartirlo. Os lo agradezco porque me ayudáis mucho.

    Por cierto, si quereís curiosear sobre mí, aquí tenéis mi Twitter

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  • «Lakewood»: la pesadilla de cualquier madre

    En medio del bosque que rodea su hogar, a kilómetros de la ciudad y abrumada por el pánico, Amy Carr (Naomi Watts) recibe una llamada terrible: las autoridades están buscando al responsable de un tiroteo que ha tenido lugar en el instituto de su hijo adolescente, Noah. Amy se niega a sucumbir a la desesperación. Con la única ayuda de su móvil, buscará todos los recursos posibles para tratar de lograr la salvación de su hijo.

    Hay algo de artificioso en «Lakewood» por el uso continuo y excesivo del móvil y del fuera de campo, pero también reverera un eco realista y emocional al retratar el trauma de una generación de padres por culpa de los tiroteos que suceden en algunos institutos de Estados Unidos.

    Precisamente, mientras escribo esta entrada, me entero de que se ha producido un tiroteo en el que un estudiante ha matado a 19 niños y dos adultos en una escuela de Texas. El atacante ha sido abatido por la policía.

    Confieso que «Lakewood» no me gusta ni un pelo porque me da la sensación de que es una película falsa y tramposa, que juega con un tema muy sensible, al retratar la angustia de una madre con su hijo adolescente atrapado dentro de un instituto en el que un atacante tirotea a alumnos y profesores.

    No a la banalización de las tragedias.

    Es la falta de realismo lo que más me molesta de la película, que transcurre como un telefilm barato que busca los fuegos artificiales, ese abusivo uso de drones de los bosques por donde está corriendo Naomi Watts, esa ayuda desinteresada del empleado del garaje a esa madre que no conoce, con la que habla por teléfono, prácticamente el chico se pone a investigar todo lo que ella le pide y eso que el chaval está en medio de un tiroteo en un Instituto (vale, en el parking, pero ¿y se escapa una bala? Cero creíble. Y aún más increíbles y falsas son las conversaciones de Naomi Watts con la policía y la mujer amable del servicio de urgencias. Creo que no es así cómo sucedería en la realidad. Cero realismo. Esas conversaciones suelen ser nefastas y desagradables. Y aquí parecen sacadas de una película de Disney.

    Lo único creíble es que Uber le diga a Noami Watts que su coche está a quince minutos y luego resulta que son cuarenta y no la localiza.

    Disneyficación de la tragedia

    Hay un tendencia en cierto cine ‘mainstream’ americano a la «disneyficación de la tragedia», «la disneyficación del amor», «la disneyficación de la maternidad», «la disneyficación de la adolescencia y sus crueldades» que se plasman en esta película, «Lakewood», dirigida por un director que no es santo de mi devoción: Phillip Noyce.

    Aquí tiene lugar la «disneyficación de los tiroteos en institutos».

    Por favor. Vale ya con tanta chorrada y tomadura de pelo.

    Basta ya.

    El tema es jodidamente serio.

    Fuera Disney.

    Estoy harta de la banalización de la vida. No, un adolescente no está profundamente deprimido, dice que no se puede levantar de la cama, y luego se levanta sin más para ir al instituto, no, no pasa, la gente desconocida no es tan maja en un situacón de increíble tensión, ni te ayuda tan desinteresadamnente cuando la llamas por teléfono, y mucho menos, durante un tragedia como es un tiroteo indiscriminado y aterrorizador en un instituto, no, esos sucesos no tienen final feliz, no se salva tu hijo ni sus compañeros, el asesino no coge el teléfono a la madre de uno de sus rehenes y habla con ella como si tal cosa, acordaros de Columbine, acordaros de Newton, acordaros de Texas ¿realmente pasó así?

    Ni de coña.

    Protesto, señoría. Protesto contra los guiones que banalizan el dolor y la inapelable dureza de la vida. En los tiroteos a estudiantes de un instituto, no hay finales felices, ni adolescentes que se salvan y salen incólumes y graban vídeos buenistas para su Instagram en plan «esto tiene que acabar». Todo eso es la píldora roja fake que le ofrecía Morfeo a Neo. ¿O era la azul?

    Lo que cuenta «Lakewood» es Matrix, no la vida real.

    Y a mí, salvo cuando voy con mi hijo de 11 años al cine, sólo me interesa la verdad.

    La verdad es la película «Utoya» sobre la masacre que perpetró Breivik en la isla noruega donde se habían reunido las juventudes socialistas el 22 de julio de 2011, mientras gritaba: ¡Tenéis que morir!

    Murieron 77 personas.

    El mal no habla con mamás desesperadas a través de su iphone, ni deja adolescentes a salvo, ni tiene finales encantadores y majos. Lo siento pero no es lo que sucede.

    No a la disneyficación de la vida, de tragedias tan graves como la que cuenta «Lakewood».

    No se habla sobre la legislación de la posesión de armas (no es comercial) ni de que Estados Unidos es el único lugar donde matan a tiros a niños en el cole (todavía menos comercial)

    Y sí, Phillipp Noyce es muy habilidoso utilizando recursos narrativos como el fuera de campo que nos hace imaginarnos con mayor angustia el horror que está pasando en el insti sin verlo, y empleando planos cenitales con drones, buscando nuestra complicidad con guiños al enganche que tenemos a los móviles y a la cantidad de cosas que se pueden hacer con un iphone en la mano.

    Por cierto ¿ha puesto iphone pasta en la peli? Porque menuda publi hace «Lakewood» de iphone.

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  • Sinopsis

    A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

    La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

    Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

    Capítulo 30

    Una chaise longue color salmón, un cuadro de Juan Gris, un grabado con un hombre sentado sobre una viga, con las piernas colgando. La pared forrada de madera de roble, la gran mesa de teca con un billar por debajo, la lámpara de araña que colgaba del techo. El perfecto salón de una familia burguesa. Aire a respetabilidad y dinero. Las fotos de Miriam y Lucas sobre la amplia mesa de teca. Miriam, con cuatro años, con pantalones de cuadros y peto jugando en un arenero, con un cubo rojo volcado sobre la tierra. Lucas superrubio sorteando las olas en la playa de Rota.

    Jesús y Carla hablan sentados al lado de la terraza. Al fondo se ve la sierra de Atapuerca.

    —La última cosa que hice fue meterme con ella, regañarla por ese novio cabrón que se había echado. Le dije que era una irresponsable, una tonta por tomar drogas y echar su vida a la basura. Tuvimos una bronca horrible. Ahora me arrepiento tanto —susurra Carla, mortificada.

    Jesús reacciona como si fuera una gigantesca neurona espejo. Se estremece. El dolor de Carla es su propio dolor.

    —Ella sabía que la querías —dice mientras le acaricia su mano.

    —¿Estás seguro?

    Jesús se queda en silencio.

    —Sí.

    Quiere a esa mujer, aun ahora, destruida, hecha un bulto tembloroso que le mira con pupilas desesperadas. Sí, incluso ahora, cuando ya no queda nada de lo que ella fue. Pero es imposible. No pueden construir nada juntos. Después del asesinato de Miriam, imposible. Si tenían una posibilidad como pareja —por remota que fuera—, la han perdido con la muerte de la hija de Carla. Uno no sobrevive a una cosa así. Uno no ama igual después de una cosa así.

    Por cruel y mezquino que se sintiera, él era una mierda, ahora lo sabía, experimentaba celos de su hermano Quique. Ahora Quique estaba más cerca de Carla que antes de la muerte de Miriam. Hay parejas que se separan porque no pueden superar la muerte de un hijo y hay otras que se unen más. Quique y Carla eran de las últimas. «¿Se puede ser más miserable?», pensó Jesús.

    —Y yo tenía que haber estado allí —dice Jesús con voz ahogada.

    —En vez de conmigo en un hotel.

    Jesús se arrodilló ante Carla. La abrazó por la cintura mientras ella le miraba con ojos eviscerados por el dolor. Antes estaba abierta. Ahora está cerrada. Antes estaba viva. Ahora está muerta.

    —No pienses más, amor mío. O nos volveremos locos, cariño.

    —No puedo dejar de pensarlo, Jesús. No puedo dejar de darle vueltas.

    —¿Qué vamos a hacer?

    Quique abrió la puerta de su casa. Sorprendió a su hermano abrazando a su mujer como si fuera La Pietá de Miguel Ángel. Si hubiera tenido una pistola, le habría pegado un tiro en ese mismo momento.

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  • Cuando atravesaba una profunda crisis personal, leí un libro de Pema Chodron, «Cuando todo se derrumba». La autora, una monja budista, hablaba de ese momento en la vida en el que todo se viene abajo, el techo se cae nuestras cabeza y nos sepulta metiéndonos en la travesía de «la noche oscura del alma» de la que hablaba, en su poesía, San Juan de la Cruz.

    En la película, «En un lugar salvaje», Robin Wright se adentra en ese túnel de oscuridad y pérdida tras una tragedia familias en la que pierde a sus dos seres más queridos: su marido y su hijo.

    Luego Robin sólo puede soportar la soledad y el silencio, no aguanta el estar rodeada de gente, el ruido y la furia de la civilización, el rumor y rugido de otras personas que siguen ataréandose con la prisas y las cien mil cosas por hacer, cuando ella, como decía Pema Chodron, se ha quedado sin suelo bajo de sus pies.

    «Se me hace muy difícil estar con gente», dice Robin.

    «La gente quiere que yo sea mejor», añade.

    Robin decide ir a una cabaña apartada y aislada en el corazón de las Montañas Rocosas y quedarse ahí, quieta, sin hacer nada salvo estar en silencio y sobrevivir mientras procesa o no procesa el dolor más salvaje que puede sentir un ser humano. Se amputa a sí misma toda posibilidad de huir del lugar solitario que ha elegido para apartarse de la civilización cuando le pide a Colt, su casero, que se lleve su 4×4 al pueblo. Colt le avisa de que no es buena cosa quedarse sin coche en una naturaleza tan salvaje y alejada de la vida humana, pero ella insiste.

    Lo que hace Robin Wright es quedarse quieta, no huir, no escapar del dolor, que está encarnado en un lugar físico: su cabaña al lado del bosque, que también personifica la noche oscura del alma, donde según, Pema Chodron, lo más sabio es quedarse y aguantar la ansiedad, y el miedo, para luego también experimentar un crecimiento personal interior.

    Crecimiento personal

    Tras el calvario, Robin Wright crece interiormente, se desarrolla personalmente, es capaz de establecer nuevos lazos con la vida y con los demás, en especial, con su amigo Miguel, que tanto la ha ayudado, no sólo a sobrevivir en el bosque, sino a volver querer vivir, a abrirse de nuevo al mundo.

    Robin Wright no es la misma que al comienzo de la película «En un lugar salvaje». Ese hecho es precisamente una de las premisas fundamentales del guion de cine: el personaje tiene que completar su trasformación, por eso se llama dicho fenómeno narrativo: arco de transformación del personaje.

    Aquí la clave de la transformación de Robin es la aceptación paulatina de su pérdida como parte fundamental de su viaje sanador. Lo que es, es, dice Pema Chodron en «Cuando todo se derrumba», y no puede dejar de ser porque ya ha pasado. Pero aceptar lo que es, nos cuesta mucho a los seres humanos.

    En realidad, nuestra compulsión es resistirnos a lo que pasa, sin embargo la clave de la transformación personal es la aceptación. Robin cambia porque acepta la tragedia, sin dejar de amar a su hijo y a su marido, sin dejar de amarse a sí misma.

    La recompensa es la serenidad, no una vida feliz, pero sí una vida sosegada.

    El viaje es arduo y difícil, porque sólo se crece personalmente al afrontar lo arduo y difícil.

    La paz interior es una conquista o no es.

    «Estoy aquí porque yo lo elegí», dice Robin Wright.

    Quizás esa sea la única libertad que tenemos como seres humanos: cómo nos tomamos lo que nos pasa ya que no tenemos control sobre lo que nos pasa.

    Puedes ver «En un lugar salvaje» («Land» en inglés) en Movistar +.

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  • «En un lugar salvaje»: el duelo en la soledad de la naturaleza

    «Land» («En un lugar salvaje») es el debut en la dirección de Robin Wright, a quien las mujeres de mi generación identificamos como «La princesa prometida».

    Edee (Robin Wright) afronta una tragedia familiar, no sabemos muy bien qué le ha pasado, sólo intuimos que ha sido algo horrible, devastador, que le ha dejado sin fuerzas para vivir en la civilización. Edee habla con su hermana Emma a la que le pregunta:

    -¿Qué hago yo aquí?

    Edee se refiere al mundo porque se siente alienada de la vida, medio muerta, azotada por la depresión y la pérdida.

    El arranque de la película es un enigma. Los guionistas Jesse Chatham y Erin Digman renuncian a toda estrategia explicativa, y también nos ahorran el siguiente paso del guion, según el esquema del viaje del héroe: la invitación a la aventura. Edee compra una terreno y una casa en el corazón de los bosques de la Montañas Rocosas y se muda allí, porque dice que «es incapaz de estar rodeada de gente».

    -¿Por qué iba a querer compartir mi dolor con otros?-dice Edeee a su hermana, desde el fondo muy profundo, muy oscuro del pozo en el que está metida.

    Robin Wright tiene que afrontar su doloroso proceso de duelo.

    Con un trazo sereno y hermoso, Robin Wright se adentra en las penurias de la soledad, en las inclemencias de la naturaleza y el clima, en los miedos más profundos, en la tristeza infinita de Edee por la pérdida de su marido y su hijo pequeño Drew, una mujer inadaptada a un entorno natural tan salvaje, incapaz de cazar, de sembrar un huerto, de partir leña con un hacha, de serrar el tronco desmochado de un árbol.

    Edee tiene que elegir entre vivir o morir.

    Las secuencias que nos muestran dichas acciones son los intentos frustrados de la consecución del objetivo que tiene que haber en todo guión.

    En el segundo acto de la historia, después del primer giro de guion que clausura el primer acto, Edee también habita su dolor insondable y cotidiano, se enfrenta a su soledad, sus terrores, su vulnerabilidad más extrema mientras convive con sus muertos, los contempla, los sigue amando profundamente. La protagonista no acepta la pérdida de su hijo y su marido. Ese acto de resistencia la tiene bloqueada por dentro y también por fuera, inadaptada a una naturaleza tan extrema y agreste.

    Una Robinson Crusoe emocional

    Roben Wright es una Robinson Crusoe emocional que tiene que atravesar, con dificultades, dolor, soledad, valor, su personal proceso de duelo. «En un lugar salvaje» ahonda en el duelo, en el caso de Robin, aislándose del mundo, convirtiéndose en una ermitaña que «no quiere tener noticias del mundo exterior».

    En realidad, la película está muy relacionada con «Nomadland», la historia protagonizada por Frances McDormand, dirigida por Chloe Zhao en 2021. Y a la vez, es opuesta a ella. Si Frances, tras perder a su marido, decide embarcarse en un viaje en caravana por Estados Unidos, conectando con gente nómada como ella en el camino, sin querer arraigarse en ningún lugar, y formando parte de una comunidad de nómadas como ella, que se ayuda haciendo trueques, compartiendo lo que tiene, Robin Wright decide huir de la civilización para estar sola, elige aprender a estar quieta en un sitio lejos del mundanal ruido «y darse más cuenta de las cosas» como ella misma dice.

    «Nomadland» optaba por la estrategia de la cinética, del movimiento constante de Frances a bordo de su caravana pero, en el fondo, su protagonista quería lo mismo que Edee: una nueva vida que se distanciara de los años vividos con anterioridad. Edee se asienta mientras que Frances se mueve sin querer quedarse al resguardo de una buena casa incluso cuando su amigo le ofrece alojamiento gratuito.

    El punto medio del guion

    El punto medio de un guion no equivale a un giro que da comienzo a un nuevo acto en la historia que estamos contando, pero como lo definió el autor Syd Field «es un punto de cambio que se produce a la mitad del guion».

    En el ejemplo de «En un lugar salvaje», el hambre, la nieve y el frío, la incapacidad de sobrevivir de Edee unidos a su mal estado estado anímico nos llevan al punto medio del guión cuando se coloca la escopeta en la boca decidiendo, rota de dolor, si suicidarse o no. El acto de anclarse a la vida marca un antes y un después para Edee en su estancia en solitario en su refugio en las montañas.

    Sin historia de amor, gracias

    Edee roza la muerte por hambre y el frío pero es rescatada por Miguel, un hombre solitario y su hermana Alawa. Gracias a Dios no asistimos a una historia de amor entre Edee y Miguel. Décadas de lucha feminista han producido su efecto, han dado su fruto y la solución a la desesperación de una mujer no reside en un hombre ni en una relación sentimental.

    Menos mal. Muy buena decisión de los guionistas a la hora de dar una perspectiva profunda a la historia de supervivencia física y psicológica de Edee porque una historia de amor con Miguel, su salvador, hubiera banalizado la narración, y hubiera convertido la trama en un telefilm barato de sobremesa.

    No, la solución no está en un hombre ni en vivir nada externo. La solución no es externa, no viene de la mano de ningún demiurgo de fuera, la solución está en el interior de Edee y solo puede venir de dentro de su alma.

    Miguel le enseña a Edee a poner trampas para conejos y ardillas, a plantar un huerto protegido, a recoger bayas, a cazar y desmembrar el animal, enseña a Edee a no morirse, pero es ella la que decide vivir, y da un paso más allá cuando abre la caja de zapatos Vans que guarda en lo alto de una alacena y la abre y ve las fotografías de su marido y su hijo, sus dos amores perdidos, e incluso da un paso más cuando coloca las fotos con chinchetas en las paredes de su cabaña.

    Ese acto de valentía propulsa a Edee a permitirse el placer y el auto cuidado que se plasman cuando se da un baño en una bañera frente a las montañas, envuelta en un manto de paz.

    Tu aceptación es tu transformación.

    Puedes ver «En un lugar salvaje» en Movistar +. Te dejo el trailer de aperitivo para que vayas abriendo boca. La película merece mucho la pena, y nos da un baño de serenidad y aceptación.

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  • Sinopsis

    A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

    La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

    Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

    Capítulo 28

    Aduriz conduce su Toyota con Luisa a su lado. Atraviesan la sierra de la Demanda, palpitante de belleza. Hace mucho calor. Un edredón de nubes color madreperla pasa muy deprisa por el cielo azul. Hay una luz color melocotón. Los días se alargan a medida que avanza el verano.

    Atapuerca sobresale al fondo de la carretera de tierra que desemboca en una inmensa explanada. El yacimiento es un gigantesco queso gruyer. Un karst creado por rocas carbonatadas porosas. Hace diez millones de años el río Arlanzón agujeró su espalda kárstica y modeló galerías, cuevas y túneles naturales. Un tesoro arqueológico que fue refugio de humanos, a Luisa le costaba pensar en ellos como sus antepasados. ¿Habría vivido vidas pasadas y habría habitado ella en una de esas cuevas? No. No le gustaba pensar en el pasado. El pasado estaba arañado por las garras de la infelicidad.

     —Ruscalleda me ha llamado. Que quiere un arresto cuanto antes. Que le están presionando de Madrid, de la Junta —dice Luisa.

    —Putos políticos.

    —Son como buitres. Solo les preocupa la mala publicidad.

    —Ya. No quieren matar la gallina de los huevos de oro.

    —Lo único que les agobia es evitar la sangría económica en Atapuerca.

    —Lo de que hayan matado a una pobre chica es lo de menos. Que les den por culo.

    —No pensarían así si fuera su hija —dice Aduriz. Le viene a la cabeza su mujer Ángela, con su vientre abultado, donde crece su bebé. Pronto va a ser padre. Una vez más siente que no va a estar a la altura.

    —Pero nunca es su hija —dice Luisa.

    A Luisa le suena el móvil. Ruscalleda. Lo coge.

    —Sí, justo ahora estamos aquí. Vale. Sí, sí, sí. Bueno, nos vemos.

    Cuando cuelga Luisa, le dice a Aduriz que tienen que volver a Burgos. Videoconferencia con la ministra.

    Cuando entran en la ciudad, culebrean en las callejuelas del centro. Luisa mira por el retrovisor. Se estremece. Se cruza con la mirada azul desconsolada de Toni, que va en el asiento trasero.

    —¿Por qué no viniste a buscarme, Luisa?

    La videoconferencia con la ministra es breve. Les pregunta por los avances del caso de Miriam Sinaloa. No hay ninguno, pero Luisa dice que están en la fase inicial de la investigación. La ministra dice que manda a Burgos a José Jiménez, un odontólogo forense de probada experiencia y prestigio para ayudarlos en la investigación. Omite contar que es amigo suyo.

    Una hora después, Luisa Baeza se pelea con el comisario jefe Ruscalleda, que ya está más que harto de ella. Si no fuera una inspectora brillante y hubiera resuelto casos en Madrid, le daría una patada en el culo y la mandaría al infierno. Quizás lo haga, aunque Luisa sea el sursum corda.

    —Encima me cae el muerto de la becaria —dice Luisa.

    —No es una becaria —grita Ruscalleda—, es una agente de investigación en prácticas, se está preparando la oposición para subinspectora. Tenemos el deber de enseñar a los que tienen menos experiencia y menos conocimientos.

     ¿De quién fue la genial idea de construir su despacho con paredes de cristal? Ruscalleda siente que no tiene intimidad. Se siente expuesto a la vista de todos en la comisaría. Odia la sensación de estar bajo la luz pública. Todos sus agentes pueden ver los entresijos miserables que oculta su cargo, las peleas con esa mosca cojonera que es Luisa Baeza.

    —No quiero saber nada de ella —brama Luisa—. Esto es un caso de asesinato de una menor. No es un parque de atracciones para principiantes.

    —Oye, Luisa, ¿quién manda aquí?

    —Pero en mi caso no. Yo no hago caridad. Esa niña está fuera.

    —¿Te digo yo cómo tienes que llevar tu investigación? —Ruscalleda siente que un sudor frío baña su cara.

    Qué puta mosca cojonera, coño. El brazo derecho le duele. De repente, se apodera de él un pánico cerval: se le va a repetir el infarto que sufrió hace un año.

    —No. No lo hago. Pues no me toques lo cojones y no me digas cómo tengo que llevar lo mío. ¿O te quieres volver a Madrid? Porque ya me dijeron que nadie quiere trabajar contigo y que no es que seas difícil, no, lo siguiente —ruge Ruscalleda.

    Siente la mirada de todos centrarse en él en esa pecera que tiene de despacho.

    —¿Quién ha dicho eso? —dice Luisa, rígida.

    La pregunta queda sin respuesta.

    Fuera del despacho de Ruscalleda, Lucía Bernal, la becaria, escucha la bronca. Luisa sale sin mirarla. Pasa de largo por su mesa. Lucía se remueve como un gusano frente a su ordenador.

    Frente a su portátil Mac, Luisa revisa las fotos del cadáver de Miriam, visiona la grabación de la cámara de seguridad de la entrada de Atapuerca, que registra el tráfico de los coches que acceden y salen del yacimiento. Toma nota de las matrículas de los vehículos y las comprueba en la base de datos. Nada. La frustración absorbe la poca energía que le queda.

    Lucía finge trabajar frente a su ordenador mientras siente arder sus mejillas de pura vergüenza. Piensa que no va a poder con este trabajo, que se ha equivocado de profesión, que no está a la altura. Se levanta, se encierra en el baño, saca una cajita del bolsillo de su chaqueta, coge con su dedo meñique una pizca de polvo blanco y lo esnifa. La cocaína la hace sentirse mejor al instante. Su cabeza está despejada y fresca. Le invade una energía acelerada y ligera. Lucía quiere hacer cosas: correr, salir a interrogar a testigos, estudiarse el sumario, revisar las pruebas. Lucía hasta se atreve —gracias a la raya que se acaba de esnifar— a acercarse por detrás a la mesa de la inspectora Baeza, que visiona en su portátil la grabación de la cámara de seguridad de la entrada a Atapuerca durante el día del asesinato.

    De repente, Lucía, superconcentrada por la potencia mental que proporciona la cocaína, se da cuenta de algo. Sin poder controlarse, pone la mano sobre el ratón del portátil de la inspectora Baeza y para la imagen.

    —¿Qué coño haces? —pregunta Luisa.

    Lucía mueve hacia atrás el vídeo y congela el fotograma. Una furgoneta blanca de reparto de cerveza marca Ámbar aparece en la pantalla.

    —¿Qué hace una furgoneta de reparto de cerveza en Atapuerca?

    —¿Por qué? —pregunta Luisa.

    —Porque allí está prohibido beber alcohol. Lo prohibió Max Rey cuando se murió aquella chica en una fiesta —dice Lucía.

    —Vicky.

     Lucía mira a Luisa. Sonríe. Luisa mira a Lucía. Le sonríe por primera vez desde que se conocen.

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  • Ilustra la novela Los crimenes de atapuerca. El estremecedor misterio de Atapuerca

    Sinopsis

    A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El estremecedor misterio de Atapuerca.

    La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

    Hay secretos que no puedes enterrar para siempre. El estremecedor misterio de Atapuerca.

    Capítulo 43

    En comisaría, Max espera dentro del calabozo. Luisa entra y le tiende una bolsa.

    —Mete tu ropa y tus zapatos aquí.

    Max se empieza a desnudar en su celda. Luisa se da la vuelta.

    —¿Me vas a arrancar las uñas?

    —No seas ridículo.

    A primera hora de la tarde, después de comer un sándwich de jamón y queso y beber una botella de agua mineral, Luisa y Aduriz interrogan a Max.

    Aduriz coloca la cámara Sony HXR-NX5 en marcha dentro de la sala de interrogatorios. Enfoca y compone el plano que enmarca al detenido. Le da al botón de grabar. Un piloto rojo se enciende.

    —¿Tenías una relación con Miriam?

    —No.

    —Max, hemos encontrado tu semen en el cadáver de la víctima.

    —Yo no me acosté con ella.

    —¿No?

    —¿Y cómo ha acabado tu semen en la chica? —pregunta Luisa con tono calmado.

    —No lo sé —contesta Max, serio.

    —¿No lo sabes?

    —Deja de mentir —ataja Aduriz.

    —No miento.

    —Sí, sí mientes. Las pruebas biológicas dicen lo contrario de lo que estás diciendo.

    —Escucha, Max, una confesión te favorece de cara al juicio. Y las pruebas son abrumadoras. Está tu semen en el cadáver de la víctima, Jesús Sinaloa fue testigo de que tú fuiste la última persona en hablar con Miriam, has pujado por la virginidad de la chica en Internet.

    —¿Qué? —Max se sorprende—. ¡No sé de lo que me estás hablando!

    —Vamos, Max, hay pruebas. Tú eres un científico, sabes que delante de un jurado no hay salida, no con estas pruebas. Di la verdad.

    —Ni idea de lo de la puja en Internet. No sé de qué me estáis hablando. Es una trampa. Van a por mí, ¿no te das cuenta? —dice Max.

    —¿Quién?

    —Sinaloa.

    —¿Y también es una trampa que hubiera restos de tu semen en la víctima?

    —Estaba enamorado de ella, pero no me acosté con ella. ¡Tenía dieciséis años!

    —Eso nunca ha sido un impedimento para ti.

    Luisa y Max se miran. Saltan chispas entre ellos.

    —Ahora es el rencor que habla. No soy el monstruo que crees, inspectora Baeza.

    —Escucha. Fue un accidente. La chica se lo iba a contar a Jesús. A su madre. Y te pusiste nervioso.

    —Yo no lo hice, Luisa.

    —Las pruebas dicen lo contrario.

    Ilustra la novela Los crimenes de atapuerca. El fascinante y estremecedor misterio de Atapuerca

    —¿Qué pruebas?

    —Tu semen, tu sangre.

    —No es verdad. Soy inocente. Te han manipulado, Luisa.

    —¿Y la sangre que hay en tu baño y en las paredes?

    —Desde que pasé el cáncer y pasé la quimio sufro sangrados. Por la nariz, por el ano.

    —Di la verdad y todo será más fácil.

    Unos técnicos de la Policía Científica están analizando los restos de sangre que han encontrado en el baño de Max.

    —Te estoy diciendo la verdad.

    —¿Por qué no quieres colaborar con nosotros? —pregunta Aduriz.

    —Si él me pregunta, me acojo a mi derecho a no declarar, Luisa —dice Max Rey, señalando con el mentón a Aduriz con un tono de frío desdén, de sorprendido regocijo.

    El subinspector mira a Max con ojos de hielo. Luisa le lanza una mirada cómplice con la que le pide permiso para seguir ella con el interrogatorio. Aduriz hace un leve gesto de aceptación.

    —¿Qué pasó esa tarde?

    —Luisa…

    —Te acostaste con ella, Max. Era virgen.

    Max miró a Luisa. Ardió de vergüenza.

    Aduriz dio la vuelta al ordenador y le enseñó una web de contactos de chicas con la foto de Miriam.

    —¿Qué es eso? —preguntó Max.

    —No lo sé. Dímelo tú —dijo Luisa.

    Max guardó silencio.

    —Es una web de contactos. Se puja por la virginidad de las chicas. Todas menores.

    —Aquí está Miriam. Su foto. Tú pujaste por ella.

    —Te lo he dicho: estaba enamorado de ella.

    —Bonita manera de decirlo. Enamorado.

    —Yo no hice nada de eso. Es una conspiración contra mí.

    —¿Cómo supiste de esta web?

    Max guarda un silencio hosco como un niño torvo al que sus padres han castigado sin motivo.

    —¿Por qué pujaste, Max?

    —Yo no pujé.

    —¿Qué hiciste a partir de las dos de la tarde el martes 15 de junio?

    —¿Cuánto mide su cerebro, Miguel Ángel?

    —Aquí soy yo quien hace las preguntas.

    —¿Sabe que en Dmanisi hay una controversia científica acerca de si un homínido con un cerebro de seiscientos centímetros cúbicos puede considerarse humano?, ¿pueden caber los parámetros de la humanidad en ese tamaño cerebral?

    Luisa toca debajo de la mesa la muñeca de Aduriz, aprieta con suavidad, vuelve sus ojos hacia Max, que sonríe con un sarcasmo irritante y burlón.

    —Aunque seiscientos centímetros cúbicos es mucho para un txakurra como tú.

    —¿Por qué no te callas?

    —¿Nos autorizas a hacer un escáner de tu dentadura, Max? —pregunta Luisa.

    Ilustra a Nuria Verde, autora, El fascinante y estremecedor misterio de Atapuerca

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    El estremecedor misterio de Atapuerca.

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  • ilustra los crimenes de atapuerca. El alucinante secreto de Atapuerca

    Sinopsis

    A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El alucinante secreto de Atapuerca.

    La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

    Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

    Capítulo 42

    Luisa Baeza y Miguel Ángel Aduriz se dirigen en el BMW azul cobalto a Atapuerca. A Luisa no le resulta fácil lo que va a hacer y siente esa antigua presión en el pecho. Max Rey siempre ha sido un padre para ella, la acogió aquel verano terrible y la puso a trabajar en su equipo. Pero hay que hacer lo que hay que hacer.

    Mientras conduce flanqueada por trigales y campos de avena, Luisa vuelve al 8 de julio de 1994, un día mítico. Andrea, con diez años, descubrió al Homo antecessor. Ella estaba sentada en las tablas de la Dolina dibujando cráneos de un neandertal —Max le había dejado un libro de Historia de la evolución humana— junto a Sebastián, que martilleaba con la maza y el cincel en su cuadrícula bajo la canícula, llevaba un pañuelo rojo atado en la cabeza que aleteaba bajo el viento. Retumbaban los ecos metálicos de una decena de personas haciendo lo mismo.

    Cuadrícula H16. Diez metros de profundidad. Sondeo al TD6. Andrea, con diez años, le ha pedido a Max excavar dentro de la brecha. Max ha dicho que sí haciendo uno de sus saludos al sol de excéntrico impenitente. La niña tiene afición, le consume el mismo ardor que le consumía a él de niño cuando entraba, con su abuela, en las cuevas del Pirineo en busca de fósiles.

    Dentro del hueco de ascensor, Andrea da un golpe de destornillador a la pared, cae un terrón de sedimento del que emergen dos dientes. Cuando sube a la superficie, la niña se ahoga de emoción. Palpitaciones salvajes en el pecho como si tuviera dos corazones. La boca se le seca. Contiene la respiración. La gente se aproxima para ver los dientes, hay un griterío enloquecedor, toneladas de emoción crispan el ambiente. Alaridos roncos se propagan por el antiguo techo de la Gran Dolina.

    —¿Dónde está Max?

    —Abajo.

    —Max, Max, sube, sube, rápido, Max.

    Un premonición violenta y luminosa se levanta dentro de Max. Se acerca a los límites de la realidad de su deseo. El tiempo se acelera y lo empuja hacia el lugar en el que ha soñado estar durante dieciséis años de espera, dieciséis años de excavación estéril en la Dolina.

    Sube las escaleras en zigzag del gran andamio con la cabeza volada, alelado, intoxicado por la emoción. Se siente liviano y feliz, como si acabara de nacer. Atraviesa el umbral donde se acumulan los escombros con el corazón en la boca. Un pavor frío le atenaza el estómago. ¿Es posible?

    Andrea avanza con la mano abierta y los dientes rodeados de sedimento. El tiempo se para. La mañana zumba perezosa. El sol cae a plomo. Los mochuelos y las grajillas gorjean por encima de sus cabezas. Al fondo, cerros y majuelos quietos en atónita reverencia.

    Max siente que se ahoga mientras examina los dientes. En sus manitas, Andrea lleva un incisivo.

    «Es de oso», piensa con la cabeza agotada.

    Pero Andrea abre la mano izquierda. Un premolar.

    El corazón le bombea descontrolado, enloquecido.

    —¡Es humano, es humano! —grita Max con una alegría brutal.

    ilustra los crimenes de atapuerca. El alucinante secreto de Atapuerca

    Latidos violentos. Max mira febril, con orgullo y embeleso, a su hija como si estuviera actuando en la función de Navidad del colegio.

    Max coge la mano a Luisa, que también tiene diez años. Le tiembla todo el cuerpo mientras la mira con ojos afiebrados.

    —¿Y Rafael?, ¿dónde está Rafael?

    Niego con la cabeza.

    —Ve con él, anda —dice Sebastián a Luisa.

    Obedece, halagada por la proposición. Max y Luisa bajan como fantasmas enajenados, alobados, las escaleras metálicas y los tablones del andamio que forman una espiral triangular. El descenso hasta el suelo se hace eterno. Luisa tiene miedo de que Max se precipite al vacío. La niña está al borde del desmayo. Le entra un vértigo mortal mientras siente la mano callosa y grande de Max, con su muñequera verde de jugar al tenis, en su manita.

    Se visualiza cayendo al vacío y rompiéndose el cuello.

    Cuando Luisa pone los pies en el suelo, siente el alivio de una náufraga al pisar tierra firme. Su silenciosa desesperación se esfuma. De repente, ya sabe lo que quiere hacer el resto de su vida. Quiere estudiar lo que ha estudiado Max, quiere llevar la vida que lleva Max, quiere venir cada verano a excavar a Atapuerca como hace Max, quiere sentir lo que siente Max, quiere ilusionarse y ser tan libre como Max. Un escalofrío de emoción la sobrecoge. Satori.

    Max y Luisa corren por la Trinchera buscando a Rafael, que no está ni en la Galería ni en la Cueva de Los Zarpazos. Una figura desdibujada hace fotos frente a la Sima del Elefante. Es Rafa.

    Max, jadeante, lo abraza y se convulsiona entre sus brazos.

    —¿Qué pasa, Max?, ¿estás bien?

    —Nunca he estado mejor.

    —¿Qué?

    —Andrea ha encontrado unos dientes en el TD6 —dice con voz ahogada, afónica.

    La cara de Rafael Espejo se anima con una luz bestial, como si alguien le hubiera encendido una linterna en su interior. Sus ojos refulgen con una excitación juguetona. Toca a ciegas, con las yemas de los dedos, los contornos evanescentes del sueño.

    Los tres corren por el desfiladero de la Trinchera de vuelta a la Dolina, por donde se desliza una brisa fresca que les seca el sudor de la cara. Un silencio callado.

    Desde el suelo, Luisa oye una algarabía que proviene del techo de la Dolina. Una confusa y animada algazara.

    —¡Rafa, sube, sube! ¡Mira esto!

    La gente se asoma por el andamio y espera a Rafael Espejo, experto en dentición humana, como si fuera el Mesías. Rafael, Max y Luisa vuelven a ascender por los tablones, a subir la escalera de metal del gigantesco andamio clavado en la pared de la Dolina.

    Andrea ha metido el terrón de sedimento en una bolsa de plástico de pruebas. Se acerca ahora, tímida y temblorosa, como si le llevara una ofrenda a Jesucristo. No está acostumbrada a ser el foco de atención, pero le parece delicioso. Siente el calor de las miradas exultantes del equipo en su piel.

    Todo el mundo ha dejado las mazas, martillos, cinceles, destornilladores sobre las tablas polvorientas. Gravita un silencio de otro mundo.

    ilustra los crimenes de atapuerca. El alucinante secreto de Atapuerca

    —¡Es humano, humano! —grita Rafael Espejo al examinar la bolsa.

    Sus palabras roncas, que condensan las expectativas de toda una vida, reverberan en la Trinchera cretácica. Su eco de fondo permanece. Humano. Humano. Humano.

    Acaban de descubrir los homínidos más antiguos de Europa. 800 000 años de antigüedad. La hipótesis de Thijs van Kolfschoten, apoyada por muchos paleoantropólogos del norte de Europa, que afirmaba que los humanos poblaban Europa solo desde hacía 500 000 años, salta por los aires.

    Andrea y Luisa tienen la misma edad. Solo que a Luisa le ha tocado el lado malo de la vida y a Andrea el bueno. Ahora siente una envidia corrosiva y atroz mientras contempla cómo a Andrea la suben en hombros y la elevan en brazos Sebastián y Max.

    Los ganadores se conocen desde la línea de salida de una carrera.

    Cuando Luisa y Aduriz suben la loma hacia la Dolina, Max ya les está esperando. Tiene el labio reventado y sangra. Está sentado en una silla de plástico en la tarima del altozano. Andrea le aprieta la herida que tiene en la cara con una gasa.

    Max sabe que le van a detener. Aduriz se acerca a él, le coge el brazo y le pone las esposas.

    —Queda usted detenido. Se le acusa del asesinato de Miriam Sinaloa.

    Toda la gente de su equipo para de martillear en sus destornilladores, que levantan terrones de sedimento. En medio de un silencio violento todos miran la escena.

    —No creerás que yo lo he hecho, hija mía —susurra Max Rey a Luisa Baeza al oído. Baeza, emocionada, le coge del brazo y le conduce colina abajo hasta la explanada que desemboca en la Trinchera del Ferrocarril.

    Andrea cruza la mirada con su padre. Andrea le sigue sin dejar de sostenerle la mirada en ningún momento. Por fin corre hacia él y le abraza. Luisa Baeza intenta apartarla. Forcejean. Andrea empuja a Luisa, que cae al suelo. Aduriz agarra e inmoviliza a Andrea.

    Max le grita que suelte a su hija. Desde el suelo, mientras muerde el polvo con Aduriz bloqueándola encima, Andrea le dice a su padre: «Yo te creo».

    —Vete a casa. Estoy bien —susurra Max.

    Luisa mete a Max en su coche y arranca. Mientras conduce a Burgos, Luisa, desolada, y Max Rey, cubierto por un sudario de vergüenza, se retan en un duelo de miradas a través del espejo retrovisor.

    Ilustra a Nuria Verde, escritora

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  • «Los crímenes de Atapuerca». Capítulo 41
    Ilustra la novela Los crimenes de Atapuerca. El más fascinante misterio de Atapuerca

    Sinopsis

    A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El más fascinante misterio de Atapuerca.

    La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

    Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

    Capítulo 41

    Luisa, acostada en la cama de su habitación de hotel, llora desesperada. Aferrada a la almohada como una niña llama: «Toni, Toni, no quise hacerlo. Toni. Perdóname».

    Frente al andamio que se levanta en el altozano de la Dolina, Max Rey mira la sierra dando la espalda a un equipo que trabaja en el tablero de cuerdas blancas que cuadriculan el suelo de la excavación. Norberto le ha dejado acercarse al que fue su yacimiento, su vida.

    Max daría lo que le queda de vida por volver a ser joven durante un año, daría lo que fuera por que Miriam estuviera viva y tener una oportunidad con ella. Fantasías de un viejo acabado. La vida es más grande que cualquiera de nosotros. Pero Max teme a la vida porque le ha arrebatado a quien más quería.

    De repente, Jesús Sinaloa llega por detrás de la colina. Sus botas retumban sobre los tablones de madera que tapizan la Dolina.

    Cuando grita, su voz está llena de ansiedad y rabia.

    —¿Qué le hiciste a mi sobrina?, ¿la has matado, cabrón?

    Ilustra la novela Los crimenes de Atapuerca. El más fascinante misterio de Atapuerca

    Max agacha la cabeza avergonzado y dice que no. Jesús le empuja.

    —No.

    Max mira al suelo aún más avergonzado. Su silencio lo dice todo.

     —¡No me mientas, Max! Te vi riéndote con ella enfrente de Portalón el día que la mataron. Confiaba en ti.

    De pronto, Jesús rompe a llorar. La tensión le puede.

    —Eras mi amigo y ella era una niña, era mi sobrina —dice, roto.

    —Estaba enamorado de ella.

    Jesús se siente galvanizado por la rabia. Le pega un puñetazo a Max, que cae como una marioneta en la hondonada de la Dolina.

    —¿Cómo te atreves, hijo de puta?

    Los crímenes de Atapuerca Novela negra. El más fascinante misterio de Atapuerca

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    El más fascinante misterio de Atapuerca.

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  • Ilustra la novela Los crimenes de Atapuerca. Atapuerca como nunca la has visto

    Sinopsis

    A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. Atapuerca como nunca la has visto.

    La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

    Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

    Capítulo 40

    2 de junio de 2019. Catorce días antes del asesinato. Sierra de Atapuerca

    Un vaho se condensaba en las paredes de la ducha. Alguien había escrito con el dedo unos números en la pared de cristal: 5423567. Las cifras se desvanecieron a medida que el calor y la humedad desaparecieron. Cogí la alcachofa y abrí el grifo del agua caliente. Como estábamos en mitad del campo, el agua tardaba mucho en ponerse caliente. Durante unos minutos temblé desnuda en la ducha. Me sentí vulnerable. Por fin el agua se puso tibia y luego caliente, cogí el gel con olor a cítricos y me eché un buen chorreón color verde lima en la palma de la mano, me froté, con fuerza, la entrepierna, los pechos, el vientre, las piernas, la cara. Regueros de suciedad cayeron a la superficie blanca de la bañera, un agua negra se remansó antes de ser succionada por el desagüe.

    Me quedé un rato más bajo el agua caliente. Ráfagas de placer corrieron arriba y abajo por mis venas, pero me salí porque no quería acabar con el agua caliente. Después de mí los chicos también se iban a duchar. Así lo hacíamos después de venir de excavar, antes de cenar, ver series en Movistar+ y acostarnos. Dormíamos durante el día y salíamos a Atapuerca por la noche, como los vampiros, al revés que nuestros congéneres humanos, de quienes nos habíamos aislado por completo.

    Cogí una toalla y me sequé, recogí la ropa sucia y mojada del suelo, mis pantalones cortos de Primark, la camiseta de tirantes negra, salí del baño dejando una nube de vapor detrás. Fui a la cocina, abrí la puerta de la lavadora y eché mi ropa de excavar dentro del tambor, aproveché para ir a nuestra habitación y recoger más ropa sucia de Andrea y mía. Helena me vio y se acercó desde el pasillo. La luz débil del techo titiló, con un fulgor fantasmal, sobre ella.

    —¿Vas a poner lavadora? —preguntó.

    —Sí.

    —Espera.

    Helena me trajo un fardo de ropa: pantalones cortos con muchos bolsillos color caqui, bragas, un sujetador color escarlata, camisetas y los vaqueros de Sebastián, inconfundibles, marca Armani. ¿Qué hacían allí entre la ropa de Helena? Pero ninguno de nosotros hacía preguntas. Ninguno juzgaba. Eso era lo maravilloso de vivir juntos: el disfrutar de esa resplandeciente libertad.

    —Me muero de hambre —dije mientras metía la ropa dentro del bombo de la lavadora. Busqué el detergente.

    —Yo también.

    —Ahora hago la cena —añadí mientras echaba dos tapones de detergente azulado y blanco Ariel dentro del hueco del cajón que había sacado en la parte superior de la lavadora.

    —Yo te ayudo.

    —Gracias. —Cerré la puerta de la lavadora. Puse un programa largo. El murmullo de succión del agua de la lavadora, la noche estrellada fuera de la casa, el silencio absoluto, esa calidez preocupada que irradiaba Helena me pusieron de buen humor. Me sentí muy a gusto a su lado después de tantos sobresaltos. Era una chica tímida y callada, delicada, que se preocupaba más por los demás que por ella misma. Al menos aquel affair desgraciado con Germán había terminado. O al menos ella ya no hablaba de él después de la visita de hacía ya casi un mes a Atapuerca de la mujer y los dos hijos de Germán.

    —Qué bien cocinas.

    —Gracias, Helena. Me gusta hacerlo.

    Solo recibía cumplidos por mi cocina, lo cual tenía una parte alegre y otra triste.

    Yo hablaba de que quería escribir, pero no escribía ni una línea.

    —Si no fuera por ti, comeríamos a base de bolsas de patatas fritas.

    —Ja, ja.

    Oí a Andrea dar vueltas en nuestra habitación mientras hablaba por teléfono con alguien. Estaba enfadada. Supuse que estaría hablando con su padre, Max. Pero no quise saber nada. Estaba cansada de problemas.

    Helena se puso a fregar los platos del desayuno que estaban apilados en el fregadero mientras yo iba a la bodega. La temperatura bajaba dos grados a medida que descendía los escalones de piedra. Cuando llegué a la estancia, olí a mineral. Cogí la cuerda de la luz del techo y tiré de ella. La bodega se iluminó con una luz azulada, fantasmagórica. Al fondo, junto a la pared opuesta, donde estaban colocadas las botellas de vino, se amontonaba la pequeña montaña de sedimento que habíamos sacado de la Gran Dolina. Otra vez la sensación de hacer algo prohibido me sobrevino. Cuando Jesús Sinaloa se enterara de lo que habíamos hecho, nos iba a matar. ¿Pero qué importaba eso frente a la muerte? A veces dábamos demasiada importancia a las cosas porque nos olvidábamos de que íbamos a morir un día. Las cosas no eran tan importantes como nuestra mente nos hacía creer.

    Decidí que esta noche nos daríamos un homenaje. Fui a los estantes. Filos curvados donde reposaban las botellas, algunas muy antiguas, cubiertas de polvo. La pasión de Max Rey eran los vinos después de la investigación de la evolución humana. Muchas de las botellas que reposaban en la bodega se las habían regalado a Max políticos, empresarios, amigos, conocidos agradecidos porque había dejado a sus hijos excavar en el yacimiento, fans, famosos. Otras las había comprado él con su sueldo de catedrático de Prehistoria en la Universidad Rovira i Virgili.

    Helena y yo hicimos la cena con los restos que encontramos en la nevera y dentro de los armarios: espárragos trigueros, huevos, nata, maicena y un paquete familiar de pan Bimbo. Hice tostadas, saqué la sartén grande mientras Helena cascaba seis huevos en un plato hondo y a continuación los batía con un tenedor, hice los espárragos al vapor, Helena mezcló los huevos con la leche y la maicena, a continuación, yo eché los espárragos. Me dirigí a los fogones de gas, cogí la gran caja de cerillas que siempre estaba colocada junto a la placa grande y blanca levantada, la abrí, extraje una cerilla, la encendí, un olor a fósforo se extendió por la cocina. Helena torció hacia la derecha la manija del fuego más grande, silbó el gas, yo acerqué la cerilla y diminutas llamas azuladas se prendieron. Había que permanecer un minuto con la manija apretada por seguridad.

    Luego eché un chorreón de aceite a la sartén y la puse a calentar en el fuego.

    —Échale un ojo —dije a Helena.

    Dejé a Helena a la cocina para salir de casa y atravesar el porche. Bajé las escaleras hasta el jardín salpicado de naranjos, limoneros, nísperos, manzanos, perales, en la franja de tierra que flanqueaba la valla que nos protegía del exterior había arriates con fresales. Me dio un escalofrío. La noche estaba fría y desapacible. Fui a la huerta. Cogí tomates de la mata que aún estaban tibios por el calor del sol.

    Cuando entré, la cocina se me antojó cálida y agradable. Lavé los tomates, que estaban recubiertos de una fina capa de polvo, los corté y los puse en la ensaladera, los aliñé a la andaluza, con aceite, vinagre, ajo picado y un poco de perejil que también había conseguido en la huerta. Saltó la tostadora, saqué del armario una cesta de mimbre y coloqué el pan, puse más tostadas a tostar.

    Helena acabó de hacer la tortilla con espárragos trigueros. La dio la vuelta con un plato grande mientras yo abría las dos botellas de Alión. Cogí unas copas. Le pregunté a Helena si quería una copa y ella dijo que no, me serví una generosa ración, bebí mi vino, que me supo delicioso después de todo el miedo y la ansiedad que había pasado excavando, mientras Helena y yo terminábamos de cocinar la cena. Pero nada me había preparado para lo que Helena me iba a contar a continuación.

    —Lara, ¿te puedo decir algo? —le tembló la voz.

    Yo me puse a la defensiva. Una tensión en el estómago.

    —Claro.

    Helena dudó, se debatió en una lucha interna. Me dolió verla así.

    —¿Tan grave es? —pregunté.

    Creía que era algo malo sobre mí. Personalización, una de las múltiples distorsiones cognitivas de la depresión.

    Ella asintió. De repente, se puso a llorar, yo abrí el cajón primero del mueble y le alcancé un kleenex.

    —Estoy embarazada.

    La miré, atónita.

    A comienzos del nuevo milenio y una hembra de Homo sapiens se sigue complicando la vida de la misma manera que hace siglos.

    No supe qué decir.

    —No voy a tenerlo.

    —Comprendo —dije.

    —¿No me preguntas quién es el padre?

    —Eso no me importa, Helena.

    Su cara de dolor se volvió hacia mí.

    —Es Sebastián.

    —Creí que Sebastián era…

    «Homosexual», pensé, pero no me pareció delicado decirlo.

    —Sí, yo también lo creía. Pero no. Bueno, no sé qué pensar. Eso es lo que menos me importa ahora mismo. Todo es un lío espantoso. No sé cómo ha pasado. Tengo miedo.

    —¿Se lo has dicho a él?

    —No.

    —¿Por qué?

    —Porque querría tener al niño. Y es una locura. Con la vida que llevamos…

    De repente supe que Helena tenía razón. Sebastián era un hombre galante, caballeroso, decimonónico. Me gustaba mucho. Había algo antiguo y decente en él que no pertenecía a este siglo, que no casaba con el mundo en el que vivíamos. Sebastián era un monje.

    —Lo he pensado —dijo Helena atropelladamente, como si tuviera que hablar rápido para decir lo que quería decir—. Hay una clínica en Madrid. Una amiga me ha pasado el contacto. Y tengo el dinero. Son mis ahorros. Pero bueno…

    Gruesas lágrimas como manzanas cayeron por sus mejillas. Tras un silencio engorroso, durante el que no supimos qué decir ninguna de las dos, yo la abracé.

    —Pero no puedo ir sola. Te anestesian. Y tengo que ir acompañada. Tú tienes casa.

    Helena me miró con sus ojos color miel asustados.

    —Te acompañaré. No te preocupes.

    —Gracias, Lara. No tengo a nadie.

    —Todo va a salir bien.

    —Te parezco una persona horrible.

    —No, en absoluto.

    —Piensas que podría tener al niño…

    —No, no. Es decisión tuya.

    —Eres una sentimental.

    —Lo que tú hagas me parecerá bien, Helena. No soy quien…

    —¿Y qué haríamos? Lo podríamos criar aquí entre todos.

    Por un instante visualicé una imagen de nosotros cuidando del bebé. Yo tenía una tendencia increíble a la ensoñación. Pero sabía que la realidad era más brutal, más complicada. . Estaba cansada de problemas.

    —Por favor, no se lo cuentes a Andrea.

    —No, no.

    —Andrea me odia.

    —No te odia. La asustas.

    Me sorprendió que dijera eso de Andrea. Yo había notado que Andrea y Helena se llevaban mal, eran como el agua y el aceite, pero Andrea la había invitado a vivir con nosotros en la casa, ¿no?

    —Se le pasará. Andrea es cambiante —dije.

    Helena y yo nos separamos con una sensación de embarazo, sin mirarnos a los ojos.

     —Sí. Bueno, da igual.

    —Sí.

    —No se lo cuentes a nadie —me rogó Helena.

    Helena, esa chica despreocupada que parecía no haber tenido un problema en su vida, ahora dominada por esa mirada desesperada, por esa expresión acorralada en su cara infantil.

    —Tranquila, no se lo diré a nadie.

    —Solo puedo confiar en ti.

    —No te preocupes.

    —Si alguien se enterara, me moriría. Sobre todo, no quiero que se entere Sebastián.

    —Sería capaz de proponerte matrimonio.

    Helena y yo nos reímos más por quitar hierro al asunto que porque nos hiciera gracia la broma.

    —Es un Quijote. ¿Te imaginas?, ¿Sebastián y yo casados?

    —Cosas más raras se han visto. Mira yo y Andrea.

    —Ah, Andrea tiene suerte de tenerte. —Una pausa dubitativa—. Ana no me caía nada bien.

    Esa última frase que dijo Helena me complació tanto, me llenó de un placer tan culpable que me sonrojé. Bajé la cabeza para que ella no se diera cuenta de mi satisfacción. Había tenido unos celos tan inmensos de Ana, quien siempre se había interpuesto entre Andrea y yo, que no pude evitar sentir una sensación de triunfo. Podía amar más a Andrea que una mujer viva, pero no más que una mujer muerta. De alguna forma, la trágica muerte de Ana había magnificado su recuerdo.

    La luz amarilla de la cocina, la lámpara de tulipa de seda vainilla, tan incongruente en una cocina como un rinoceronte en un salón, pero así de excéntrico era Max, y él había sido el encargado de decorar su casa, cayó como un chorro de sol sobre nuestras cabezas. Helena se enjugó las lágrimas, apretó su Kleenex muy fuertemente entre los dedos y suspiró.

    —Eh, chicas, ¿de qué habláis?

    Helena y yo nos sobresaltamos.

    Sebastián asomó su cabeza por el quicio de la puerta.

    Ilustra a Nuria Verde, escritora. Atapuerca como nunca la has visto

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  • Ilustra la novela Los crimenes de atapuerca. El secreto más tremendo de Atapuerca

    Sinopsis

    A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos. El secreto más tremendo de Atapuerca.

    La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

    Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

    Capítulo 39

    Mientras Luisa y Aduriz registran la habitación de Max Rey en la residencia de estudiantes Gil de Siloé y cogen sus medicamentos, ordenador portátil, documentos y residuos de la papelera, los técnicos de la Científica pasan el luminol por paredes y techos. En el baño, la luz ultravioleta revela manchas de sangre en las paredes y en el lavabo.

    En la tele, Andrea y yo vemos en el telediario de Televisión Española la noticia sobre el llamado crimen de la Sima de los Huesos.

    —Una fuente de la policía apunta a que el semen que apareció en el cadáver de Miriam Sinaloa pertenece a Max Rey, uno de los directores del proyecto Atapuerca —dice Carlos Franganillo, el presentador.

    Andrea se queda en estado de shock. Mira con conmoción embotada la pantalla azul. Yo siento cómo los nervios atenazan mi tripa.

    Llaman a la puerta. Yo voy a abrir. Es la policía. Técnicos de la Científica enfundados en monos blancos, con gorros, patucos, con maletines de recolección de pruebas, entran en casa. Los lidera la inspectora Baeza, quien nos pide a Andrea y a mí que salgamos al porche. La obedecemos.

    Manu, Sebastián y Helena están trabajando en el laboratorio. Los de la Científica examinan cada rincón de la casa, espolvorean polvos fosforescentes que brillan en la oscuridad, cogen el ordenador de Max y lo cargan en su furgoneta blanca, sacan una caja con papeles y blocs, también se llevan los cuadernos de campaña del padre de Andrea. Cargan bolsas donde han metido ropa y zapatos de Max, incluso se llevan el mono rojo con el que Max solía bajar a la Sima de los Huesos. Aunque hace años que ya no lo hace.

    —¿Y sus herramientas? —pregunta la inspectora Baeza a Andrea. Esta la lleva al sótano, donde en un arcón están guardadas la maza, el martillo, el destornillador, un pequeño maletín de cuero marrón con instrumental de dentista, una bolsa de lona roja en la que hay guardadas jeringas y botes llenos de solución consolidante para endurecer los fósiles antes de extraerlos. Los técnicos de la Científica, con sus manos enfundadas en guantes de látex color azul, meten todo en una caja y se lo llevan.

    La inspectora Baeza nos hace preguntas y más preguntas a Andrea y a mí en la penumbra desolada del porche. ¿Vimos a Max esa noche en Atapuerca?, ¿había algún coche?, ¿oímos o vimos algo sospechoso?, ¿estamos seguras de que la puerta del Portalón estaba cerrada? Yo tirito en el relente destemplado de la tarde. Andrea da vueltas y vueltas a lo mismo. Niega todo. Pero me doy cuenta de que la inspectora Baeza no le cree. Piensa que está encubriendo a su padre y tiene la certeza de que yo soy su cómplice.

    —¿Sabéis los años que os pueden caer por encubrir un asesinato?, ¿y por ser cómplices de asesinato?, ¿os acordáis de Raquel Gago, la policía amiga de Montserrat y Triana en el crimen de León? Le cayeron catorce años.

    Ilustra la novela Los crimenes de atapuerca. El secreto más tremendo de Atapuerca

    La angustia me oprime el pecho. Las tarjetas de las cámaras GoPro. ¿Cuánto tardará la policía en averiguar que bajamos a la Sima de los Huesos con cámaras y grabamos todo? La ansiedad me cierra la garganta como una corbata de hierro que se ciñe a mi tráquea. Cuando la inspectora termina de interrogarnos, doy una vuelta por el jardín porque no puedo respirar. Necesito estar unos minutos a solas para tranquilizarme, lejos de las pupilas de hielo de Luisa Baeza. Boqueo en busca de aire. Me mareo y siento un vértigo enfermo. Me tengo que sentar en el césped de la pradera trasera, donde un topo ha hecho emerger un túnel de tierra, destripando el manto de hierba. La ansiedad, esa arena desagradable que araña mi corazón, se ceba en mí.

    Dos horas después, cuando ha acabado el registro, la toma de pruebas de la científica, dos agentes de la Policía Judicial de Burgos llegan con dos perros, dos pastores alemanes, y hacen una batida por la casa y el jardín.

    Son perros especializados en buscar sangre y otros restos biológicos, como huesos y dientes. Leí un artículo en El Mundo sobre dos de esos perros de la Guardia Civil cuando asesinaron a Laura Luelmo durante las Navidades pasadas. Marley y Athos, dos pastores belgas malinois, habían buscado y encontrado sangre de Laura en la casa de Montoya, su asesino. La sangre, una vez seca, puede ocultarse de muchas maneras, puede limpiarse, pero a ellos no se les escapa. Por lo visto, lo más difícil de su entrenamiento es enseñarles a que marquen la sangre sin tocarla. Para un perro la sangre humana es comida. Lo importante es que el perro encuentre los restos de sangre y se quedé inmóvil.

    Las nubes como grandes algodones de azúcar color rosa pasan a cámara rápida por la pantalla del cielo violeta y vainilla. Yo saco un cigarrillo de mi paquete Camel y lo enciendo. Exhalo el humo blanco, que se condensa en la tarde húmeda y fría. Fumo para calmar los nervios. Pero mi corazón late arrítmico y desquiciado. La nicotina me sabe fatal. Pero sigo fumando un cigarro tras otro hasta que me acabo el paquete.

    Una hora después, los dos agentes sacan a los perros al jardín. Hacen una batida de cada centímetro de su superficie. Los perros olfatean, ladran, sujetos por correas que dominan los dos policías. Pero no encuentran nada.

    Ilustra a la escritora Nuria Verde

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  • Ilustra la novela Los crimenes de Atapuerca.El crimen más mediático de Atapuerca

    Sinopsis

    El crimen más mediático de Atapuerca. A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

    La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

    Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

    Capítulo 37

    Los resultados de la investigación del asesinato de Miriam Sinaloa tenían tan frustrada a la inspectora Baeza que sentía ganas de pegarse un tiro. La autopsia reveló que había restos de actividad sexual reciente en Miriam. La forense hizo un frotis vaginal y descubrió semen en la vagina de la víctima. Pero no tenían con quién cotejarlo. Más allá de eso, nada. Ninguna pista. Ninguna evidencia. Ningún sospechoso.

    Ahora Luisa Baeza siente la angustia sedimentarse en su pecho mientras desciende por la escalera colgante que recorre la pared del tubo del calcetín de la Sima de los Huesos. Cuando llega a la base, se fija en el polvo gris que recubre las tablas de madera a medio palmo sobre el sedimento del suelo. Dentro dos técnicos de criminalística recogen con sus escobillas más huellas dactilares. Parecen astronautas dentro de un cráter lunar ataviados con sus monos, sus gorros, sus mascarillas quirúrgicas y sus patucos blancos. Solo pueden estar dentro durante una hora. Trascurrido ese tiempo, los técnicos y Luisa tienen que emerger a la superficie porque se acaba el oxígeno.

    Los preneandertales no llegaron aquí vivos. Murieron fuera. El grupo, en vez de abandonar los cadáveres a la intemperie y que fueran pasto de los carroñeros, se apiadó de ellos y los arrojaron a la Sima.

    El olor a cuerpos en descomposición atrajo el ansia de los carnívoros que se precipitaron al pozo.

    Luisa se concentra en un técnico que extrae una bolsa negra de su maletín y con las manos cubiertas de látex introduce una maza dentro de una bolsa negra. Luego le pone una etiqueta y escribe la identificación, lugar y fecha. El laboratorio analizará si hay restos humanos en la maza.

    De repente, Luisa siente tal ansiedad por estar allí encerrada que decide salir a la superficie de Cueva Mayor. A las doce ha quedado con Jesús Sinaloa para hacerle unas preguntas.

    Ilustra la novela Los crimenes de Atapuerca. El crimen más mediático de Atapuerca

    Rodeado de estalagmitas y estalactitas, Jesús la espera a la salida de la Sima. Entró en Cueva Mayor por Portalón, dónde hay pintados grafitis de la Edad Media. En el interior de la cavidad se estratifican diferentes niveles arqueológicos. Las tranchas de arriba son ocupaciones medievales y romanas. Los niveles del interior, que están dentro de una gran poza vacía, se remontan al Neolítico. Dentro está Antonio López, que trabaja con un buril y un destornillador en el sedimento. Ataviado con un mono color rojo Ferrari y el casco blanco parece un tosco astronauta de la Unión Soviética. Luisa descubre a Sebastián envuelto en la fresca y delicada penumbra que hay dentro de Cueva Mayor. Irradia encanto. La tensión que desgarra a Luisa se evapora. De repente, siente una vibración sostenida en su pecho. Amor. Qué bendita sensación es el enamoramiento. Aunque no lleve a nada o la relación fracase, solo sentirse así ya vale la pena.

    El ambiente está cuajado de una tensión frágil, a punto de quebrarse. Luisa tiene una sensación de expectativa como si la vida estuviera abierta y todo pudiera pasar. En un segundo, la atmósfera que gravita en Cueva Mayor ha perdido su neutralidad y su calma. A Luisa le asombra lo que ve: los grupos halógenos que emanan un resplandor violeta que perforan la oscuridad, el racimo de diez personas que investigan dentro de la poza: arqueólogos, biólogos, arqueobotánicos, paleontólogos, geólogos, restauradores, incluso un médico. Buriles, martillos, escobillas, rasquetas, carretillas, destornilladores, paletines, pinceles, instrumental de dentista, escáneres, estaciones totales, ordenadores, PDA. Picar, rascar, limpiar, registrar la ubicación exacta del fósil. A Luisa le asombra todo. Le interesa todo. Bebe con los ojos y los oídos. Siente un increíble alivio al olvidarse de sí misma, de su madre, fuente inagotable de problemas, que vuelve a estar deprimida, y Luisa teme abrir un día su piso y encontrársela muerta. Suicidio al tragarse mamá cien lorazepames. El aburrimiento de saber que su madre es una montaña emocional previsible, un bucle repetido de emociones extremas que Luisa se conoce desde niña. Solo quiere huir. Solo quiere dejar de sentirse culpable. La maldición de la repetición familiar. Y sin embargo no podía distanciarse del todo de mamá. Luisa había ido a una psicóloga que le había dicho: «Trate a su madre con empatía, pero con distancia». Pero, claro, eso lo podías hacer con una paciente. Pero no con una madre. A pesar de que odiaba a su madre, no podía cortar del todo con ella. Luisa se quita el casco con la luz frontal y le da la mano a Sinaloa cuando termina de subir por el pardo terraplén que desemboca en el suelo resbaladizo de Cueva Mayor.

    —¿Cuánto va a estar la sima cerrada? —pregunta Jesús.

    —No lo sé. El tiempo que haga falta.

    —No era eso lo que quería decir.

    —¿Me permite hacerle unas preguntas?

    —Claro.

    El aire estaba enrarecido y olía a moho. Hacía frío y humedad.

    —¿Cuándo termina el turno de trabajo en la sima?

    —A las dos.

    —¿Ha oído alguna vez algún rumor sobre la víctima?, ¿algo sospechoso?

    —No.

    —¿Y la víctima tenía relación con alguien del equipo de Atapuerca?

    —No lo sé. Me extrañaría. Era una niña.

    —Dieciséis años.

    —Bueno, ya me entiende.

    —¿Vio a alguien que le llamara la atención el día del asesinato de Miriam?

    —No.

    —¿Tiene usted enemigos?

    —Los enemigos típicos que se pueden tener en la universidad cuando se tiene mucho éxito. —Sinaloa sonríe mucho para imprimir una nota de ironía a su frase y no parecer arrogante. Pero no logra el efecto deseado.

    —¿Alguien sabía que su sobrina era alguien importante para usted?

    —Cualquiera que me conozca un poco —respondió Jesús, conmovido.

    Jesús Sinaloa da vueltas nerviosas dentro de Cueva Mayor. Luisa le sigue mirando la superficie irregular de pequeños terraplenes y hendiduras. No quiere romperse la crisma. Un gran foco proyectado hacia el techo ilumina la cueva. Un resplandor misterioso los baña a ambos con una luz violeta y fluvial.

    —¿Sabía si Miriam tenía algún enemigo?

    —No. Mi sobrina era un ángel. Era imposible llevarse mal con ella ni queriendo.

    —¿Vio a Miriam con alguien después de la comida?

    —Sí, y me extrañó, la verdad. Vi a mi sobrina con Max Rey hablando frente a la entrada de Portalón.

    Hijo de Nuria Verde escritora.El crimen más mediático de Atapuerca

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  • Sinopsis

    A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

    La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

    Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

    Capítulo 31

    2 de junio de 2019. 14 días antes del asesinato. Atapuerca

    Los guardias civiles nos guiaron a Andrea, Sebastián, Helena, Manu, Norberto y a mí con los haces de luz de sus linternas por una Trinchera del Ferrocarril silenciosa y extraña, como si perteneciese al planeta Venus. Me maravillé ante ese paisaje magnético que era Atapuerca. Una sensación de reverencia extática me inundó ante todos los tesoros y secretos que contenía en su interior. Sentí su aliento sobrenatural. Estaba en el escenario de un millón de años de evolución humana. No hay un lugar en el mundo como este. Max tiene razón. Es especial.

    Andrea, Sebastián, Helena, Manu y yo seguimos a los agentes arrastrando los pies como una procesión triste a lo largo del tubo horizontal de la Trinchera. Norberto cerraba la cuerda de presos, satisfecho en su papel custodio.

    En la explanada, ya fuera del yacimiento, Andrea cerró el gran portalón de hierro colado negro con su llave.

    Delante de los dos agentes de la Guardia Civil, Norberto alargó la mano y le pidió las llaves de Atapuerca a Andrea. Ella se las entregó con un gesto taciturno y orgulloso. Yo sabía que a Andrea le daba igual porque tenía más copias en casa. Todos lo sabíamos, incluido Norberto, pero participamos en esa charada porque queríamos irnos a casa.

    El guardia más alto miró a Norberto. Por un segundo pareció avergonzarse de él. Se dio la vuelta rápido y se dirigió a su coche, donde ya le esperaba su compañero sentado en el asiento del copiloto.

    En silencio, Andrea, Helena, Sebastián, Manu y yo, muy juntos, como niños silenciosos y cansados que regresan de un campamento agotador, nos subimos al Land Rover de Max, viejo y hecho polvo. Sebastián se sentó en el asiento del conductor, Manu a su lado, como solía tener costumbre, y Andrea, Helena y yo detrás, sentadas sobre el asiento de cuero granate rajado donde salía una espuma anaranjada como grasa subcutánea.

    Sebastián extrajo las llaves del bolsillo derecho de sus Levi’s, arrancó mientras hacía un gesto desvaído de despedida a los agentes. Nadie se despidió de Norberto, que se quedó como un fantasma junto a su coche, un Ford Fiesta rojo. Yo me avergoncé de mis pantalones empapados, me emparanoié por si olía a orina, pero si olía, a Andrea no le importó porque me pasó un brazo por los hombros y se juntó más a mí, cariñosa. Yo sostuve la respiración. Estaba decidiendo si la dejaba o no. «Escucha, Andrea, esto se ha acabado. Nuestra relación… No podemos seguir juntas. Yo tengo una vida en Madrid». Era por despecho, por desengaño, las razones por las que mantenía ese diálogo interior del que Andrea nada sabía. German me besaba y me tumbaba en la cama. Ya era demasiado tarde. Lo hecho hecho está. Aun así, el tormento de la mala conciencia trabajó, lento, en mi corazón.

    Andrea me acariciaba detrás de las orejas, en el cuello, sin importar que estuviera Helena, que Sebastián nos viera por el espejo retrovisor, me besó, su lengua de terciopelo chocó contra mis dientes, se mezcló con mi lengua, me penetró. Me excité. Nos seguimos besando buena parte del camino a casa. El corazón me dio un vuelco. La emoción se removió en mi bajo vientre.

    En cuanto llegara a casa me daría una ducha, pondría lavadora, qué hambre, mi estómago me daba tirones de hambre. Sin embargo, con cada vibración del Land Rover que devoraba metros de carretera, mi entrepierna se estremecía de deseo por Andrea, mi ansia crecía y crecía, y sentía una ansiedad como la de los heroinómanos por su dosis. Quería llegar a casa ya. Quería quedarme a solas con Andrea y hacerle el amor lenta, suavemente. Los propósitos de dejarla se desvanecieron. Yo cambié de humor. La amargura del desengaño que me había provocado el hecho de que Andrea se hubiera olvidado de mí cuando estaba dentro del túnel se esfumó.

    El Land Rover traqueteó por la recta que conducía a la Nacional. Luego Sebastián enfiló hacia el pueblo de Ibeas de Juarros, nos desviamos por el monte antes de llegar al pueblo, cogimos una carretera secundaria para aproximarnos al pueblo de Atapuerca, donde en lo alto de una colina estaba nuestra casa.

    Al subir la cuesta, las ruedas del Land Rover chirriaron bajo la gravilla del camino sin asfaltar. Los faros perforaron, con sus haces de luz, la oscuridad.

    Atisbé al fondo las casas apagadas de piedra y la espadaña del campanario de la iglesia del pueblo que hendía el cielo. Bajamos del coche, nos sumergimos en el aire algodonoso de la noche. Abrimos el portalón de la casa, aún pintado de minio, color naranja. Vi el caserón con balconadas, bañado en ese aire improvisado y caótico tan propio de Max Rey. Había prestado el chalet a su hija después de que la gente le hiciera la vida imposible en la residencia Gil de Siloé. Andrea nos había invitado a Sebastián, Manu, Helena y a mí a pasar lo que quedaba de verano, una experiencia fascinante, como vivir un verano sin padres a los quince años, una segunda adolescencia en una Arcadia soñada.

    Entramos en la cocina y dimos la luz, exhaustos y presos de un hambre voraz. Sebastián salió al porche para coger unas cuñas de leña, luego entró y se dirigió al salón, que estaba frío, destemplado. Una evanescente humedad gravitaba en el aire. Se acercó a la chimenea y con la escobilla y el recogedor limpió la capa de ceniza que cubría la superficie de piedra, rascó y frotó. Yo aproveché para meterme en el baño y quitarme mi ropa mojada, tiritando, presa de un tembleque imposible de contener. La fiebre me subía y a la vez tenía un frío escalofriante. Me metí en la bañera donde tantos baños me había dado ese verano con Andrea mientras nos acariciábamos y besábamos. Oh, ese verano de vino y rosas. Todos los seres humanos deberían vivir un verano como el nuestro una vez en la vida antes de hacerse mayores, tener trabajos, cargarse de niños, antes de olvidarse de cómo eran en su adolescencia, antes de dejar atrás sus sueños y morir.

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  • Sinopsis

    A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

    La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

    Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

    Capítulo 29

    2 de junio de 2019. 14 días antes del asesinato. Atapuerca

    Mis entrañas dieron un vuelco. La decepción tembló en mi pecho. No había sido Andrea quien se había dado cuenta de que su novia seguía dentro del túnel. Había sido Sebastián. Esa verdad me hizo sufrir más allá de todo límite. No me quiere. No puede estar sola. Por eso está conmigo.

    Alguien tiró de la cuerda que llevaba anudada a la cintura. Un dolor punzante me atravesó como una espada. Una fuerza me arrastró hacia atrás, solté la picoleta, mi cabeza rebotó contra el suelo, un alarido de sufrimiento rugió dentro de mí.

    —¡Ayyyy, para, ayyy, coño! ¡No tires!

    —¿Quién hay dentro? —gritó una voz.

    —Yo —dije con un débil hilo de voz.

    —Salga usted de ahí, por favor —dijo la voz desconocida, cargada de seriedad.

    Su sonido reverberó en las paredes del túnel, luego se extinguió. Respiré. Me sentí sucia, asquerosa. Una criatura salvaje. Extrañas cosas se hacen por amor. La mayoría equivocadas.

    —Ya voy.

    Me arrastré hacia atrás como un cangrejo ermitaño. Agonicé de deseo por salir de ese agujero, a cielo abierto, y respirar aire fresco. Sentí oleadas de alivio y euforia mientras gateaba hacia el foco de luz. Vi piernas desenfocadas, botas negras, pantalones verdosos, un capacho negro, mazas y martillos en el suelo, luz y vida al final de la abertura del túnel.

    Me sobrevino una sensación de esperanza como si hubiera naufragado y por fin pisara tierra firme. Con un último impulso desesperado salí al aire libre, empapada en mi propia orina y mi miedo.

    ¡Dios, qué gusto! Cielo y tierra. Respiré la noche de verano, deliciosa y dulce. Respiré la vida. Me arrastré sobre el suelo embarrado y me tumbé bocarriba, con la vista en el cielo negro punteado de estrellas amarillas resplandecientes. Una niebla algodonosa flotaba a un palmo del suelo.

    Dos guardias civiles ataviados con su uniforme verde, el escudo, con la espada y el hacha dorados cruzados, chalecos amarillos fosforescentes, me escrutaron con una mirada severa. Me fijé en sus pistolas macizas, que colgaban sujetas a su cinto, en sus botas negras de suela gruesa manchadas de barro.

    Tosí sin poder parar. Andrea vino hacia a mí con cara de preocupación mientras me ofrecía una botella de agua. Notó la frialdad con la que se la cogía.

    Una ira me cegó, una ira como nunca había sentido antes: enorme, dolorosa.

    —¿Estás bien? —preguntó Andrea, preocupada.

    Asentí sin mirarla.

    —A esta también la quieres matar —musitó Norberto. Con un gesto relámpago que yo ni siquiera vi porque me tumbé y volví a boquear bocarriba como una cucaracha inane sobre el suelo negro salpicado de hierba gris, esforzándome para no vomitar, Andrea le cruzó la cara de un bofetón.

    —Vale ya —dijo uno de los guardias civiles, interponiéndose entre Andrea y Norberto.

    —Te voy a denunciar. ¡Sal de aquí ahora mismo! —gritó Norberto con la mano sobre su mejilla roja como un ladrillo.

    —Pareces un minero, Lara —dijo Sebastián mientras me acariciaba la espalda.

    —Gracias, yo también me alegro de verte, Sebas.

    Mis bronquios expulsaron parte de la porquería que había respirado allí dentro. Tosí y escupí un esputo de flemas negras. La garganta me picaba muchísimo y, cuanto más tosía, como un minero con silicosis, más me picaba.

    —¡Ni siquiera es paleontóloga! ¡Lara es una estudiante! —gritó Norberto en un tono altivo, aunque me di cuenta de que estaba a punto de llorar con su cara marcada con la huella ardiente de la mano de Andrea. Me dio pena. Aunque por su tono de voz lo mismo podría haber dicho: «Lara es una mendiga».

    Norberto estaba de color escarlata y sudaba a chorros. Detecté un brillo de satisfacción en sus consternadas pupilas cuando conseguí dejar de toser y lo miré. Me dejó de dar pena. Bebí un trago de agua de la botella que Andrea me había dado. Estaba muerta de sed. Me sentí más viva que nunca.

    —El túnel se ha derrumbado por la parte de delante —dije.

    Andrea me miró como si me viera por primera vez. Me di cuenta de que en ese mismo instante fue consciente del peligro que yo había corrido ahí dentro. Su cara se quedó sin sangre. Buscó mi mirada, pero yo la volví a ignorar, dolida. Con espíritu masoquista, reconstruí muchas cosas que había hecho por ella: abandonar Madrid, alejarme de mi familia y de mis amigos, dejar mi mundo. La decepción me asfixió. El desengaño me absorbió.

    —Bueno, aquí hemos acabado. Recojan sus cosas. Y todos para fuera —dijo uno de los guardias.

    —¿No los va a detener? —preguntó Seseña.

    —No. Son miembros de su equipo. No han cometido ningún delito. Esto queda entre ustedes.

    —Pero están aquí sin permiso haciendo algo ilegal. Jesús Sinaloa…

    —No, mejor que nos encierren de por vida en la cárcel y tiren la llave —atajó Manu.

    —¡La habéis cagado! ¡No me lo puedo creer! De verdad. De verdad. No me entra en la cabeza.

    —¿Cómo te va a entrar con un cerebro de tu tamaño? —farfulló Sebastián mientras alargaba su mano grande, dedos largos y delgados, para cogerme de la mano y ayudar a levantarme. Tiró de mí hacia sí. Respiré la noche mágica. Mi corazón latió a una velocidad descontrolada y feliz. ¡Ah, qué bueno era vivir!

    —¿Llega tu cerebro a los 1300 centímetros cúbicos? —preguntó Andrea a Norberto.

    Me puse a reír de puros nervios. Sentí una alegría balsámica que se expandía en un ligero temblor por mi pecho, que se mezcló con mi decepción amorosa. La pesadilla había acabado. Ya no tenía miedo a morir enterrada. Todo había terminado. Solo quería irme a casa y dormir tres días seguidos sin saber nada de nadie. Solo quería olvidarme del mundo.

    Un gran cansancio invadió cada músculo de mi cuerpo. Ahora que todo había acabado, mi organismo se colapsaba. Me destensé. Me avergoncé de mis bragas y mis pantalones mojados por mi propia orina. Pero era de noche. A nadie le preocupaba el estado de mis bragas. Miré hacia arriba. El cielo estaba precioso como un océano negro que emanaba luz.

    ¡Ahhhhhh! ¡Era maravilloso! Una noche más en el planeta Tierra. Una noche más en Atapuerca. Una noche más de vida.

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  • Sinopsis

    A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

    La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

    Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

    Capítulo 27

    Serví una copa de vino Alión para Andrea y otra para mí. Ella se sentó en una silla blanca frente a la mesa blanca redonda donde desayunábamos. Le gustaba beberse una copa de vino mientras me miraba cocinar.

    Yo, siempre muy tímida, me escondía en la domesticidad de cocinar, trajinando entre cacerolas y fuegos, entre sartenes y tablas para cortar y cuencos donde hacer el aliño para la ensalada. Tenía miedo a no estar a la altura en Atapuerca. Sabía mucho menos que ellos. Era una principiante a la hora de excavar. Me sentía muy poco competente. Era una estudiante.

    Pero cocinar también era una forma de poner un muro entre yo y el mundo, un mundo tras el cual podía ocultarme. Entraron Manu, Sebastián y Helena, recién duchados.

    —¿Sospecháis de alguien? —preguntó Helena.

    —De esa rata de Seseña.

    —Ojalá, pero no tiene móvil —dijo Andrea.

    —Ni huevos.

    Andrea se angustió. Yo me di cuenta de que toda esa sangre, ese cadáver con la lengua morada y los ojos desorbitados de sorpresa pánica volvían a vivir en su mente.

    —Marco. Es el sospechoso evidente —dijo Manu.

    —¿Quién? —preguntó Sebastián.

    —El novio.

    —¿Por qué?

    —Trapicheaba en el Gil de Siloé con costo, éxtasis, coca. Tenía un buen mercado.

    —Tú misma le compraste un éxtasis —dijo Sebastián dirigiéndose a Andrea—. Con Ana —añadió.

    Andrea se sonrojó. Apuró su copa de golpe. Se sirvió más vino.

    —Una noche de amor.

    —O dos —bromeó Manu.

    Sentí unos celos negros, pero disimulé. Sonreí con amabilidad como si no me importara. Andrea se había tomado la droga del amor que te hacía querer tocar y que te tocasen y te llevaba al éxtasis, como su propio nombre indicaba.

    —Jesús Sinaloa.

    —Me encantaría. Pero no soportaría que la sangre le salpicase y le apartara de la gloria científica —dijo Sebastián.

    —¿Y el padre?

    —Quique.

    —¿Por qué iba a hacerlo?

    —Para vengarse de Carla. Sabe que su mujer le engaña con su propio hermano y…

    —Ningún padre haría algo así a su hija —dijo Sebastián y me miró, serio.

    —¿Cómo la encontrasteis?, ¿cómo estaba?

    Me pareció innoble e inmoral aprovecharme de la atención que recibía por haber descubierto el cadáver de Miriam, pero, a la vez, disfruté muchísimo. Yo pasaba inadvertida en Atapuerca. Había gente mucho más interesante que yo. Yo era la chica de Andrea, poco más, «la concubina» había oído llamarme a Paz, con esa malicia que era marca de la casa. Ahora me dio mucha satisfacción que todos me hicieran tanto caso, que me hicieran tantas preguntas y me escucharan de esa forma concentrada y absorta.

    El asesinato de Miriam era lo más emocionante, lo más espeluznante que había pasado en la historia de Atapuerca. Y Andrea y yo habíamos encontrado el cuerpo. Nos habían llamado periodistas de todas partes para hacernos todo tipo de preguntas, pero no habíamos dicho nada. Andrea había apagado su móvil. Yo había hecho lo mismo. Incluso había habido periodistas y cámaras apostados a la puerta de casa. Durante días, Andrea y yo no habíamos podido salir.

    —Bajamos a la Sima y estaba allí, muerta. Al principio parecía una película de terror. No era real.

    —En Atapuerca es la comidilla, hay un runrún tremendo. No te puedes ni imaginar —dijo Helena, abriendo mucho los ojos mientras ponía la mesa.

    —En Atapuerca y en toda España.

    —No hablemos más de esto. Me da mal rollo —dijo Andrea en un tono cortante de advertencia.

    —Entonces, ¿de qué hablamos?

    Yo odiaba el conflicto, odiaba las peleas y las desavenencias, reminiscencia de la exigencia, actitud crítica y severidad con la que me había tratado mi madre durante mi infancia. Me acordé de mi madre, con quien llevaba años enfadada, sin hablarme. Me callé.

    —Sí, hablemos de otra cosa —dije.

    —¿De qué?

    —¿Una copa de vino? —pregunté.

    —Sí, gracias.

    —Lara debería abrir un restaurante. Así tendríamos que pagar lo que ahora comemos de gañote —dijo Manu.

    —Gracias.

    Puse una gran olla metálica, también de La Oca, Max debía haber asaltado la tienda cuando fue a Madrid, con agua hasta la mitad, a calentar en el fuego. Las llamas azules bailaron hipnóticas bajo la superficie metálica y emitieron un zumbido tranquilizador, doméstico, que nos envolvió a todos. Tantas comidas juntos, tantas cenas como amigos, en contraste con mis tristes cenas solas calentadas en un cazo rojo desportillado sobre el hornillo que tenía en mi habitación de la calle Canarias en Madrid, donde vivía. Espaguetis carbonara preparados marca Maggi que se quedaron hechos un engrudo asqueroso.

    Piqué cebollas y ajos, puse en una sartén un chorro generoso de aceite de oliva, eché la cebolla y los ajos cortados que chisporrotearon sobre el aceite y liberaron agua, bajé el fuego para que no se me quemara el sofrito, acerqué la mano a mi copa de vino y bebí. Estaba delicioso. El Alión sabía a cereza, aroma fresco, potente, con ecos de madera, frutos rojos, confitura de ciruelas, un vino sabroso de taninos dulces, carnoso, que persistía sugerente y misterioso en el paladar. Papá habría estado orgulloso de mí.

    Me aflojé de las tensiones del día. Me encantaba cocinar. Cuando lo hacía, me olvidaba de mis problemas.

    —¿Quieres otra copa de vino? —le pregunté a Andrea, que tenía una mirada negra.

    —No me importaría —dijo Andrea mientras sacaba de su chaqueta vaquera su inhalador para el asma, se lo llevaba a la boca y aspiraba profundamente.

    Abrí otra botella de Alión. Su superficie estaba polvorienta y la etiqueta alabeada por la humedad. Tuve miedo de que el corcho estuviese picado, pero cuando la descorché, el vino no olía a vinagre. No estaba picado. Serví una copa de vino a Andrea y se la acerqué.

    —¿Te ayudo? —me preguntó Sebastián.

    Era maravilloso. El único que se ofrecía a ayudar, siempre tan bueno.

    —Sí, por favor, corta los tomates y unos ajos.

    Sebastián abrió un cajón de la cocina. Sacó la tabla grande de Max de profesional. Cogió un cuchillo afilado de la barra imantada donde estaban colocados diferentes cuchillos, todos buenos, todos afilados, relucientes sus hojas bajo la luz eléctrica que bañaba la cocina.

    Nadie habló. La regañina de Andrea, en plan aguafiestas, nos había cortado el rollo.

    —Sin ti, no la aguantaríamos. Tiene un carácter. Siempre lleva razón. Pero Andrea está mejor desde que estás tú —me había confesado Manu una semana antes.

    —Vaya, ha pasado un ángel —dijo Helena, que se levantó y se acercó a la encimera para cortar el pan.

    Manu seguía ensimismado con su móvil, concentrado en escribir un wasap.

    Extraje las lonchas de jamón serrano del paquete, las puse sobre una tabla pequeña. La tabla tenía estrías oscuras y estaba mellada en el borde de la derecha. Corté el jamón serrano en finas y estrechas tiras. Cuando la cebolla y los ajos estuvieron hechos, añadí el jamón a la sartén para que se hiciera y la mezcla cogiera sabor. Casqué los huevos en un plato hondo, los batí con un tenedor, un movimiento enérgico de la mano, un ruido del cristal del plato y el metal de tenedor entrechocándose rompió el silencio, saturó la cocina. Cocí la pasta. Luego eché la pasta, que tenía un poco del agua de la cocción, a la sartén. La receta de los espaguetis carbonara según mi padre. Huevos batidos en vez de nata, jamón serrano en vez de beicon, los ajos eran una aportación mía, ya que siempre me gustaba dar mi toque especial.

    —¿Qué serie estáis viendo? —preguntó Manu.

    —La pregunta es: ¿qué serie no estáis viendo?
    Me acerqué a la mesa de la cocina con la perola entre mis manos enfundadas en unos guantes de cocina rojos, con cráneos de antecessors dibujados. Viva el merchandising.

    Serví la pasta humeante en cada plato. Luego, con la cuchara de madera, rebañé el fondo de la olla, donde se acumulaba una capa de cebolla frita y jamón serrano que exudaba una capa de grasa reluciente. Cogí grandes cucharones y los eché en cada plato.

    —Gracias.

    —Tiene una pinta buenísima.

    —Empezad, que se enfría. A ver si os gusta.

    Los espaguetis carbonara estaban aún muy calientes, pero deliciosos. Comí con mucha hambre. Era una respuesta biológica de supervivencia. Miré a Andrea. La pillé mirándome. Nos sonreímos. Nos quedamos enganchadas a nuestra mirada.

    Andrea tenía unas pupilas ardientes, llenas de vida, y yo también me sentí muy viva. Supe que esa noche haríamos el amor al meternos en la cama como un gesto de confirmación de la vida. Esa anticipación de lo que me esperaba, alegrías y cosas buenas, esa noche que ya ardía dentro de mí, esa expectativa ligera me hizo más feliz que el hecho en sí de lo que iba a pasar dentro de dos horas. Me imaginé su vulnerabilidad y placer mientras ella se corría entre mis brazos.

    De inmediato, me sentí mucho mejor, reconfortada por la comida tan rica, el buen vino y la agradable compañía de mis amigos.

    —Está riquísimo.

    —Qué buena cocinera eres, Lara.

    —¿Cuánto nos habría costado esta cena en un restaurante? —preguntó Manu con una sonrisa inocente.

    —Con el vino, por lo menos, cincuenta euros por cabeza —respondió Sebastián.

    —Qué vinazo. Es espectacular.

    —Cuando se acabe la bodega de Max, vamos a tener que cortarnos las venas.

    —Y hay tiramisú casero de postre —dije yo, sonrojándome.
    —Ah, me encanta el tiramisú —dijo Andrea.

    —Lo hice ayer.

    —Está mejor de un día para otro.

    —Sí, la comida se reposa y está más sabrosa.

    —Me gusta más la pasta de un día para otro.

    —Pues lo siento, pero no ha quedado nada —dije mientras servía más vino en las copas.

    —Gracias a ti no me alimento de sándwiches y patatas fritas de la máquina. Cásate conmigo, Lara —dijo Manu con gesto teatral.

    —¡Ja, ja, ja!

    —Lara, haces una labor social con nosotros. Nos has salvado del raquitismo.

    Parecía impropio disfrutar tanto después del asesinato de Miriam. Su muerte violenta y espantosa estaba aún tan reciente. Pero esa noche todos teníamos miedo y el hablar de banalidades, cenar bien y reírnos era una forma de protegernos.

    —Ray Donovan, él está muy pasado de rosca, pero me gusta.

    —Orange Is The New Black —dije yo, tímida.

    —Ah, no, coño, esa serie empezó bien, pero se les ha ido la olla.

    —El motín de la quinta temporada era un coñazo.

    —Y los personajes. Se han cargado a Piper…

    —Cuando se volvía gilipollas perdida y se enrollaba con esa del perlo corto. ¿Quién se va a liar con otra tía teniendo a Alex?

    —¿Has visto a la Alex Vause real? —preguntó Manu.

    —No la veas —respondió Andrea, que había recuperado su buen humor.

    Nos reímos.

    —Me gusta ver a esos personajes de mujeres latinas, negras, asiáticas, pobres, dementes, que nunca salen en televisión —dije levantándome hacia la encimera para traer la ensalada y el pan.

    —¿Solo por eso te mola Orange Is The New Black? —preguntó Andrea, con tono irónico.

    No podía decir la verdad: que Andrea me recordaba a Alex Vause, con su melena negra y su inteligencia elegante y sarcástica.

    —Me gusta la historia de amor. —Enrojecí.

    —Espero que acaben juntas —dijo Helena.

    —No creo —dijo Andrea.

    Sentí una punzada de dolor.

    —Nunca la puedo terminar. Lo siento. Es demasiado para mí.

    —Y el sueño de Crazy Eyes de la sexta temporada. Es peor que los sueños de Tony Soprano. Nunca los pude soportar.
    —Cuando en Los Soprano salía un sueño de Tony, yo lo pasaba rápido. Menudo coñazo.

    —¿Y Mad Men?

    —Es muy lenta.

    —Pero Don Draper me pone —dijo Helena. Como nunca hablaba, nuestras miradas se centraron en ella.

    —Don Draper me recuerda a mi padre. Sus mujeres, su Old Fashioned, su guapura. Aunque papá bebía coñac —dijo Manu.

    —¿Sabéis cuando Betty dispara a las palomas?

    —Coño, sí. Qué capítulo.

    —Está basado en una experiencia real de una de las guionistas.

    —El creador, Matthew Weiner, les pedía a los guionistas que tirasen de recuerdos personales para escribir —expliqué.

    —También les pedía a las guionistas más guapas y jóvenes que se desnudaran delante de él.

    —Una le ha acusado de acoso sexual.

    —¿Antes o después de ganar el Globo de Oro? —preguntó Sebastián enarcando sus cejas negras.

    Nos partimos de risa. Nuestras carcajadas burbujearon y se elevaron hasta el techo.

    Andrea me miró y me sonrió. Yo la miré y le sonreí.
    La tensión, la adrenalina, el susto, la ansiedad de los últimos días se desvanecieron en el ambiente cálido de la cocina. Una cena entre amigos. Había pasado una tragedia, pero la vida continuaba. Y ya nos habíamos olvidado de los dolientes. Tenías que comer, beber, defecar, orinar, dormir, hablar. Hacer los miles de actos cotidianos que marcaban las horas de cada día. Dejar pasar el tiempo. A la vez me embargó el horror de saber que una chica había muerto en la Sima de los Huesos y, aun así, la vida continuaba como si tal cosa.

    El vino me sentó de maravilla. Se levantó dentro de mí una sensación de euforia llena de luz. Floté sobre los demás, hablé y participé en las conversaciones, cuando lo habitual era que me quedara callada de un modo huraño que a veces los amigos de Andrea interpretaban como hostilidad y rareza, pero para mí solo eran vergüenza y una sensación de no encajar allí. Pero no esa noche. Esa noche me sentí muy feliz.

    —Yo veo This is Us y lloro con cada capítulo. ¿Qué queréis? Soy así de ñoña —dijo Helena.

    —¿Y tú, Sebastián? —pregunté mientras servía la ensalada de tomate con las tranchas de burrata fresca. Sebastián siempre me intrigaba. Era el que se me salía del guion.

    —Yo estoy enganchado a Black Mirror.

    —¿Por qué?

    —Bueno, en realidad, la serie no me interesaba hasta que vi un capítulo, San Junípero.

    —Más vino. —Manu dio una palmada—. Esto se pone interesante.

    El Alión tenía un gusto a bosque y a felicidad que me calentó el estómago y me relajó el cuerpo como si saliera de una sauna y me sintiera muy sedada. El mundo se quedó fuera. La amistad y la complicidad se quedaron dentro.

    —¿Lo habéis visto?

    —No.

    —A mí me puedes hacer spoiler. No me importa —dije.

    —Una chica muy inocente, con una inocencia muy particular, entra en una discoteca de los años 80 —dijo Sebastián.

    —Hostia, lo he visto.

    —Calla.

    —No sabes muy bien de qué va la historia. Hay algo misterioso. ¿Qué está pasando? La chica, que se llama Yorkie, se fija en otra chica negra muy guapa que baila en la pista. Kelly. Se enamoran. Se nos propone la idea de que existe un sistema de realidad virtual que te permite llevar tu consciencia hasta un pueblo donde juegas con otras personas. Pero luego, en un giro tristísimo, descubres que Yorkie está tetrapléjica. Es una anciana moribunda en el mundo real —contó Sebastián.

    —¿Todo es una fantasía amorosa? —pregunté.

    —Sí, pero a la vez real. Tu conciencia cree que es real —respondió Sebastián.

    —¿Por qué se llama San Junípero?

    —Es como se llama el pueblo donde viven. Y hay algo curioso: si mueres, puedes vivir en San Junípero eternamente. Pero los vivos solo están durante cinco horas a la semana.

    —¿Como un periodo de prueba? —preguntó Manu.

    —Sí.

    —Y resulta de lo más melancólico, pero a la vez profundo y romántico. Te preguntas si tú harías lo mismo —dijo Sebastián mientras bebía un sorbo de su copa de vino.

    —Yo lo haría. Es maravilloso —dije.

    —Yo no. Es como una paranoia. No es real —dijo Andrea.
    —¿Qué dices? Es muy real —dije.

    —Al final, Kelly, que es una anciana que estaba casada, decide seguir jugando con su amada en su vida paralela cuando muera. Y continuar con su historia de amor. Vivir para siempre en San Junípero. En realidad, el capítulo trata de segundas oportunidades en la vida, de vidas paralelas —añadió Sebastián.

    —Qué romántico.

    —¿Y ese tiramisú?

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  • Sinopsis

    A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

    La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

    Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

    Capítulo 26

    Max Rey vibra de frustración mientras se bebe una copa de Talisker en su despacho. No ha tenido éxito con los libros que ha publicado. Sus tochos son demasiado difíciles, especializados, herméticos. En comparación con él, Jesús ha vendido muchos más ejemplares y ha triunfado en su papel de divulgador de la investigación en Atapuerca.

    Ahora, al repasar su carrera y hacer balance del pasado, a Max le asaltan los remordimientos, una profunda sensación de insatisfacción, un asedio de vida malgastada. Se da cuenta, con amargura, de que ha dedicado muy poca parte de su tiempo a investigar, solo un veinte por ciento del total, y demasiada energía a conseguir dinero haciendo la pelota a tipos que desprecia de fundaciones privadas como la Fundación Botín.

    Ahora tintinea el color ámbar oscuro del whisky Talisker bajo los hielos y se tortura mentalmente a sí mismo. Neverita de hotel Zanussi solo para hacer hielo y guardar botellas de agua mineral Solán de Cabras en su refugio del Gil de Siloé.

    No ha sido un buen padre, ni un buen marido, ni un buen arqueólogo. Una sensación de futilidad le ahoga. Una sensación de que no ha vivido la vida que ha querido. Todo es remordimiento y olvido.

    De repente, se apodera de él un sentimiento de finitud. La fiesta se ha acabado. Siempre ha sabido que va a morir, solo quiere trascender por el conocimiento que deje tras de sí. Ese será su legado. Max Rey no cree en Dios ni en el Más Allá.

    Pero le amarga ante las puertas de la muerte —es cuestión de tiempo el que el tumor se le reproduzca— tener la impresión de que ha dedicado demasiada atención y tiempo a gestionar un imperio arqueológico en el que solo durante un mes del año, julio, excavan más de doscientas personas de veintidós nacionalidades. Un imperio del que le acaban de echar.

    Max Rey se siente muy solo en Atapuerca. Ya nada es como antes. Todo se ha estropeado. Todo se ha ido a la mierda. La ilusión se ha trocado en desgarro y decepción. Su propia gente —que antes lo apoyaba— se ha vuelto en contra de él. Hace tres años vivió un conflicto que hasta le divirtió. Max sufrió un motín de su propio equipo cuando aplicó una praxis organizativa que él mismo había inventado: la pirámide invertida. Una idea de Max para sacudir a los equipos y revertir el orden jerárquico que rige el funcionamiento establecido en la universidad española y en cualquier yacimiento arqueológico. Se trataba de dar la vuelta a la pirámide poniendo en el mando a la base, los becarios de investigación, y en lo más bajo a los catedráticos y profesores titulares.

    En la teoría era una perspectiva llena de belleza y posibilidades. El placer de poner bocabajo a la jerarquía, pero en la práctica fue un caos brutal que enervó y desquició a gran parte de su equipo. Su decisión cayó como una bomba racimo en la Dolina. Su gente acumuló rencor contra él y alimentó planes para derrocarle. Su gente. La misma gente que le había ayudado en 1981 a levantar el techo de la Dolina con un martillo neumático, a construir una plataforma de listones de madera. La misma gente que sacó toneladas de sedimento estéril durante años sin lograr nada hasta llegar a los niveles de excavación.

    La pirámide invertida fue el principio del fin.

    No debería beber, aún está debilitado por la quimio. Pero si se va a morir, prefiere pasar sus últimos meses bebiendo whisky de malta y fumando su pipa. ¡Qué más da, coño! La muerte es larga. La vida es efímera y frágil.

    Max da vueltas obsesivas a la certeza de que, si se muriese ahora mismo, Jesús se alegraría. Quién lo iba a decir, con lo que se querían antes. Es increíble cómo se deterioran las relaciones y se corrompen los grupos de amigos. Sabe que Jesús, Norberto y Paz lideran un movimiento en la sombra para expulsarle de Atapuerca de forma definitiva. No quieren que vuelva por allí el verano que viene. Duda de Rafael, pero aún pone la mano en el fuego por él.

    Sin embargo, Max se resiste como gato panza arriba a irse de su yacimiento. Lo echarán de allí, pero antes sus enemigos, antes amigos, tendrán que pasar sobre su cadáver.

    —No sirvas a quien sirvió ni pidas a quien pidió —rumia Max mientras abre la neverita, coge hielos de la bolsa que guarda en el congelador, extrae unos cuantos y los echa en su vaso de boca ancha. Se sirve cuatro dedos más de Talisker. Bebe. La embriaguez le afloja los músculos y los recuerdos.

    Atapuerca es puro conflicto, reino del deseo y el sufrimiento, donde se consolidan los impulsos humanos de los que nos aconseja desapegarnos el budismo: ambición, reputación, deseo. Es maya, la ilusión de la que hablaban los hindúes, el matrix de una falsa realidad de lustrosa quincalla creada por el ego y sus ansias de posesión y reconocimiento.

    En la vida real, Atapuerca tiene éxito. Es más, Atapuerca muere de éxito. Ha ganado lo que ningún proyecto científico en España ha ganado. A Jesús y a él solo les queda ganar el Premio Nobel.

    Pero Max se quiebra en un desgarro de melancolía. Oh, Miriam, Miriam, pobrecita, su amor, su cariño. ¿Por qué ha tenido que morir Miriam, a la que ama sobre todas las cosas? Si creyera en Dios, le escupiría en la cara.

    No hay consuelo ni esperanza. Solo vengar a Miriam. Por una vez siente que es más lo que le une a Jesús Sinaloa que lo que le separa.

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  • Sinopsis

    A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

    La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

    Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

    Capítulo 25

    Jesús Sinaloa espera a la inspectora Baeza y al subinspector Aduriz a las faldas de la Dolina. La cueva tiene diecinueve metros de estratigrafía y once niveles geológicos. El nivel inferior está compuesto por sedimentos finos de la caverna cuando se encontraba cerrada. En el segundo nivel hay bloques desprendidos del techo y las paredes, guarnecidos por una capa de suelo estalagmítico.

    Desde el tercer nivel al sexto se despliegan siete metros de estratigrafía compuestos de grava, bloques de roca y arcilla. Humanos y carnívoros devoraban sus presas allí. Una pared de roca divide la parte baja del relleno.

    En el séptimo nivel se marca el cambio de la polaridad magnética. Establece la frontera entre el Pleistoceno inferior y el medio. Cuando se formó corría el agua por la Dolina. El nivel octavo data de hace 600 000 años. Mide tres metros. Está compuesto de grava y bloques con escasa arcilla. El nivel noveno es fino y está formado de arcilla y guano de murciélago. En el décimo la cueva se abre como una gran tarta. En el undécimo nivel, la Dolina queda rellena.

    Desde la explanada de la Trinchera, la excavación es invisible. Solo se ve una gran pared de roca y el borde del talud bajo el cielo azul. El equipo excava en el antiguo techo de la cueva.

    Cueva Mayor está cerrada y precintada como escenario de un crimen. En Atapuerca se ha decretado una semana de luto y se ha interrumpido el trabajo.

    —Hola.

    —Buenas tardes.

    —¿Qué tal está? —pregunta Aduriz.

    —Se puede imaginar —dice Jesús.

    —Sentimos mucho su pérdida. Le damos nuestro pésame —dice Aduriz con cortesía.

    —¿Le puedo hacer unas preguntas? —inquiere la inspectora Baeza.

    —Sí.

    —¿Dónde estuvo desde las dos de la tarde el martes 15 de junio? —pregunta Luisa.

    A las dos de la tarde fue la última vez que vieron a Miriam. La adolescente comía bajo la gran carpa blanca de Atapuerca, una cantina improvisada donde almuerza el equipo de paleontólogos, botánicos, biólogos, geólogos, paleoantropólogos. De repente, Miriam se levantó de la mesa y desapareció camino de su muerte, camino del mar de negrura, de dolor y violencia que la esperaba.

    —Comí en Atapuerca. Y luego fui al laboratorio. Estamos reconstruyendo un nuevo cráneo que hemos encontrado en la Sima. Es un verdadero puzle —contesta Jesús.

    —¿Alguien le vio en el laboratorio? —pregunta Aduriz.

    —Mi ayudante. Antonio López.

    Sinaloa ya había hablado con Antonio para que le diera una coartada. Él había dicho que sí. Siempre decía que sí a todo.

    —Como le he dicho, intentamos pegar varias piezas del puzle del cráneo del neandertal primitivo que encontramos la campaña pasada —contesta Sinaloa.

    Ah, Jesús ya no decía que era un Homo heidelberguensis, piensa Luisa.

    —¿Hasta qué hora estuvo allí?

    —Hasta las ocho.

    —¿Y luego qué hizo?

    —Un momento. ¿Soy sospechoso?

    —No se le acusa de nada, señor Sinaloa. Solo son unas preguntas.

    —Está bien. Disculpe. Estoy pasando muy mal momento —dice. Luisa se fija en que le tiembla el párpado izquierdo por la tensión nerviosa.

    —¿Qué relación tenía usted con su sobrina?

    Jesús Sinaloa se quiebra. Sus ojos se humedecen y su cara se contrae de dolor.

    —La quería mucho. Era la niña de mis ojos.

    —¿Y sabe si Miriam tenía algún problema en casa o en el instituto?

    —Un novio que no les gustaba a sus padres. Es lo único que sé.

    —¿Cómo se llama?

    —Marco.

    —¿Es alumno del instituto?

    —Sí, un compañero de clase.

    —¿Por qué no les gustaba a sus padres?

    —Trapicheaba con drogas, llevaba a Miriam por mal camino. Era un bala.

    —¿Marco estuvo en la visita a Atapuerca?

    —No le vi.

    —¿Quién tiene las llaves de Portalón? —pregunta Luisa.

    —Max, Rafael, Antonio López y yo. Y Andrea.

    —¿Es el único acceso a Cueva Mayor?

    —Sí.

    —¿Quién sabía que los chicos iban a visitar el yacimiento?

    —La profesora de Biología, sus padres, yo, el director del instituto, seguridad. Y otros profesores, me imagino. Los alumnos celebraban la semana de la ciencia.

    Se remansa un silencio incómodo.

    —¿Me puedo marchar ya? Mariano cerrará tras irse ustedes.

    —Una última pregunta.

    —¿Sí?

    —¿Quién tiene acceso a las herramientas que utilizáis en Atapuerca?

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  • Sinopsis

    A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

    La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

    Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

    Capítulo 21

    2 de junio de 2019. 14 días antes del asesinato. Atapuerca

    —Alto.

    —Para.

    —Guardia Civil, documentación, por favor.

    —¿Qué estáis haciendo ahí? —una voz chillona alzó el tono para darse importancia. Reconocí la voz de torpe soberbia de Norberto Seseña, director de la Gran Dolina.

    —Nada que a ti te importe, valiente —respondió Andrea.

    —Documentación.

    —Somos del equipo. Este señor está loco. Nos conoce perfectamente.

    —El señor Seseña asegura que unos intrusos han entrado de forma ilegal en Atapuerca —dijo otra voz masculina.

    —No es verdad, agente —dijo Sebastián. Reconocí su voz elegante como si él flotara a diez metros sobre el suelo—. Pertenecemos al equipo de excavación de la Gran Dolina.

    Me imaginé que Sebastián señalaba a Andrea.

    —Su padre es Max Rey —dijo.

    —Ah, Max, sí, claro —dijo el guardia civil.

    El agente quería acabar su turno ya para irse a su casa.

    —En todo caso, estas no son horas de excavar, señores —dijo la voz de otro guardia civil.

    —¿Quién lo dice? —dijo Andrea, testaruda.

    Cortó Sebastián.

    —En eso le concedo que tiene usted razón, agente. Ya nos íbamos a casa.

    Sentí un alivio inmenso al darme cuenta de que algo había pasado fuera, alguna catástrofe externa a mí, algún desastre del que yo no tenía ninguna responsabilidad que iba a parar la locura en la que estaba inmersa.

    Distinguí, entre la algarabía de voces, el tono chirriante, alto, indignado y falaz de Norberto Seseña. Me estremecí de placer. Nos habían descubierto. Por fin.

    —¿Qué estáis haciendo?, ¿quién os ha dado permiso para excavar aquí?, ¿qué? —Hizo una pausa teatral—. ¿Qué demonios estáis haciendo?

    Me di cuenta de que Seseña había querido decir: «¿Qué cojones estáis haciendo?», pero se había inhibido por su devota reverencia a la autoridad. Cobarde como una rata. Cagón. Le complacía rendir pleitesía a los que tenían algún poder, por mísero que fuera. Sin embargo, nunca me había alegrado más de oír su voz de cortesano hipócrita. Esta vez el muy idiota iba a salvarme la vida.

    —Ya verás cuando se entere Jesús —dijo Seseña.

    —Corre a chivarte a papá —farfulló Sebastián.

    —Una salvajada contra nuestro proyecto científico. ¡Un atentado! ¡Sin permiso!

    —Uy, qué miedo.

    Norberto añadió, compungido, pero en el fondo encantado, que nos había pillado haciendo un acto de terrorismo científico como si los guardias civiles fueran agentes de la NSA.

    —¡Fuera de aquí! —repitió Seseña. Me imaginé su figura enana, llevaba botas con alza, saltando sobre el suelo terroso salpicado de hierbajos y aulagas amarillas.

    —¿Quién lo dice? —intervino Manu, nervioso.

    Me di cuenta de que Manu aparentaba seguridad en su tono, pero la voz le temblaba.

    —Yo lo digo —terció Norberto.

    —¿Y quién eres tú?

    —El jefe.

    —Judas —atajó Andrea.

    —Un jefe ilegítimo. Yo no reconozco tu autoridad —dijo Manu.

    —Yo tampoco —se sumó Andrea.

    —Yo tampoco —dijo Sebastián—. Roma no paga a traidores —sentenció.

    —Yo tampoco —grité mientras gateaba hacia atrás con ansia pánica por salir de esa ratonera antes de que se me cayera encima. Me costaba mucho esfuerzo moverme. Era por la falta de oxígeno. Me mareé.

    —Largo de aquí. No volveréis a excavar en Atapuerca en la vida, ¡terroristas! —la voz empapada de triunfo disfrazado de indignación de Seseña resonó en la sierra de la Demanda.

    —Yo tampoco —grité otra vez, deseosa de apuntarme un tanto de cara a Andrea, sin mayor riesgo por mi parte. Solo quería salir de esa trampa mortal cuanto antes. Pero otro hilo de tierra del techo me cayó sobre el pelo. Noté un bicho que se movía en mi cabeza. Chillé y me revolví mientras me manoteaba la cabeza. Me toqué, histérica, el pelo con las manos. Algo vivo me picaba y recorría mi cuero cabelludo. Palmoteé mi cabeza hasta que el bicho cayó frente a la luz frontal de mi casco. Era una cucaracha gigante, negra, que revolvía sus patas bocarriba. ¡Qué asco, coño! Qué angustia estar metida ahí dentro.

    Pero tenía que tener un extremo cuidado, moverme muy despacio. Cualquier movimiento brusco, cualquier golpe tonto podía hacer que el túnel se cayera sobre mi cabeza. Consciente de que me estaba jugando la vida por algo que no me importaba —yo solo estaba enamorada de Andrea y lo hacía por ella—, me sentí al borde del desmayo. Hiperventilé. Se me secó la boca. El estómago me dio un vuelco.

    El oxígeno era cada vez más escaso. Podía caer en un estado de hipoxia y derrumbarme inconsciente en cualquier momento.

    —A mí nadie me echa de Atapuerca, y menos tú. No hay huevos, Seseña.

    —Me sacas de aquí con los pies por delante.

    —Oh, Brutus, ¿tú también, hijo mío? —dijo Sebastián.

    —Lo que habéis hecho es un delito, un crimen. ¡Menudos paleontólogos estáis hechos! —un desprecio viscoso como la tripa de una serpiente.

    Sus gritos subieron in crescendo y resonaron en la sierra plácida y negra. Sebastián cortó a Seseña:

    —Venga, que te estás corriendo de gusto, Norberto.

    —No te permito que me hables así.

    —Corre a contárselo a papá.

    Coño, muy bien, pero nadie se acordaba de mí, que seguía dentro del estrecho pozo horizontal que conectaba la Galería con la Gran Dolina. La luz frontal del casco de espeleología parpadeó, aleteó como una mariposa lumínica herida y, por fin, se apagó. Oscuridad total. Pavor absoluto. Olor mineral.

    Grité de miedo, un miedo físico, táctil como melaza negra en mi cerebro, un miedo que subía en forma de descargas eléctricas, en frías ráfagas desde mi estómago. «Voy a morir. No respiro».

    Los guardias civiles bufaron de hartura y cansancio. Se dieron cuenta de que esto era una pelea privada entre los miembros del equipo de Atapuerca. Ellos allí no pintaban nada.

    —Cállate —dijo Norberto.

    — Puto Judas —murmuró Andrea, quien, de pronto, estalló en carcajadas, que reverberaron en la Trinchera del Ferrocarril.

    Su risa nerviosa se contagió al resto del grupo. Los guardias civiles hicieron un esfuerzo para no reírse.

    —Por favor, que yo sigo aquí. Sacadme, cabrones —quise gritar.

    Pero la voz no me salió. Mi boca no me respondía. Era una criatura que respiraba aire contaminado, aterrorizada, en medio de la oscuridad mortuoria que me rodeaba.

    —¡Joder, que Lara está ahí dentro! —gritó Sebastián.

    —¡Ya ha pasado más de media hora! —dijo Helena.

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  • Sinopsis

    A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

    La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

    Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

    Capítulo 24

    Cuando la inspectora Luisa Baeza llega a las faldas de la Gran Dolina, se estremece de nostalgia. El pasado le sale al encuentro. Aquel verano.

    Luisa gira la cabeza y descubre a Toni, su hermano de seis años, que la mira con ojos melancólicos. La culpa arde dentro de ella.

    —¿Ya te has olvidado de mí? —pregunta el niño mientras coge de la mano a su hermana mayor.

    —Eso es imposible.

    —Perdone. ¿Dice usted algo? —pregunta Aduriz.

    Desechos mentales, jirones de recuerdos, imágenes dispersas, percepciones desvaídas cruzan la mente de Luisa. De repente, Aduriz le coge el brazo. Ella se sobresalta.

    —¿Estás bien?

    —He estado mejor.

    Luisa siente una sacudida de pánico, de histérico miedo a la muerte, y vuelve a la realidad. Los bordes del túnel que atraviesa la montaña, las mallas sobre las paredes para evitar desprendimientos. Luisa se fija en los andamios que escalan la trancha de piedra y sedimento vertical de la Dolina.

    —¿Por qué hay tanto conflicto entre Max y Jesús? —pregunta Luisa.

    —Ambos tienen dos concepciones muy diferentes a la hora de dirigir el yacimiento. Max es más político, con sus teorías marxistas y materialistas que aplica a la investigación. La socialización de la tecnológica, que no seremos humanos hasta que no compartamos los conocimientos sobre la innovación técnica. Jesús es más científico, más presentable, más vendible. No quiere saber nada de política, y menos aún política de izquierdas. Eso ha creado un conflicto entre los dos por sus formas diferentes de entender la evolución humana.

    —¿Dirías que en Atapuerca hay dos clanes?

    —Sí.

    —¿Cuáles?

    Aduriz se siente incómodo. Luisa sabe mucho más que él de Atapuerca. Tiene la sensación de que ella lo está examinando. Finge una mayor despreocupación, una actitud relajada y tranquila. Aunque tiene ganas de preguntar a Luisa qué se siente al creerse siempre más lista que los demás. Sí, se lo dirá cuando estén a solas. Le dirá que no le trate como a un becario.

    —Ha habido dos clanes desde el principio: el clan catalán, que lidera Max Rey, que incorpora a muchos profesores y becarios de la Universidad Rovira i Virgili de Tarragona, donde él es catedrático de Prehistoria, y el clan madrileño, que domina Jesús Sinaloa, que agrupa al equipo que trabaja con él en la Universidad Complutense y el CSIC de Madrid.

    —Se odian. Típico de la universidad y la paleontología.

    —¿Por qué?

    —Hay mucho ego.

    —Como en la policía entonces.

    —Sí. Nos peleamos por el poder, el dinero, el prestigio.

    —Por el amor.

    —Eres un romántico, Aduriz.

    Un silencio mineral, de otro mundo, los acompaña. Luisa echa de menos los sonidos tan característicos de las mazas y los martillos golpeando los destornilladores para extraer los fragmentos de sedimento. Volvió a 1987, cuando Max voló el tapón que conectaba Tres Simas con la Galería. Treinta kilos de anagolita, nitrato amónico con una mezcla de 5,6 % de fueloil. Le ayudó el Regimiento de Ingenieros número cinco de Castrillo del Val.

    —¿Algún conflicto más que deba saber?

    —Max Rey quiere hacer otra cata hasta el TD6 para encontrar más cráneos de Homo antecessor. Está picado porque su supuesta nueva especie de homínidos está en entredicho. Jesús Sinaloa se opone. Cree que la Dolina se podría derrumbar si se hace otra cata hasta el nivel donde está el antecessor. La gota que colmó el vaso fueron dos muertes de dos estudiantes durante la campaña pasada por un derrumbe en la Dolina durante una semana en la que llovió mucho.

    —¿Qué pasó?

    —Hubo un corrimiento de tierras por la lluvia.

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  • SINOPSIS

    A Miriam Sinaloa, una estudiante de 16 años que visita en yacimiento de Atapuerca, la asesinan dentro de la Sima de los Huesos.

    La inspectora Luisa Baeza dirige la investigación del asesinato de la adolescente mientras se enfrenta a una profunda crisis personal y se obsesiona con un caso en el que busca una redención.

    Hay secretos que no puedes enterrar para siempre.

    Capítulo 23

    Atapuerca es un yacimiento en Burgos que conocen incluso los que no saben nada de paleontología. Es uno de los proyectos científicos más importantes, prósperos y famosos de España. Los yacimientos fueron declarados Patrimonio de la Humanidad en el año 2000 por la Unesco.

    Por la mañana, la inspectora Luisa Baeza conduce su BMW color azul cobalto desde Burgos a Atapuerca. A su lado está sentado el subinspector Miguel Ángel Aduriz. La carretera se extiende ante ellos como una tira de regaliz infinita.

    —¿Puedo poner música? —pregunta Aduriz.

    —No —contesta Luisa.

    —¿Estás bien?

    —He estado mejor.

    Vale, Luisa le va a hacer la vida imposible. No le importa. Él no es ningún niño. «Quien piensa que te castiga en realidad te beneficia», piensa.

    —Te pones muy guapa cuando te cabreas conmigo

     —Es por eso por lo que siempre estoy cabreada contigo.

    —¡Ja, ja, ja!

    —Por cierto, micromachismo.

    En los márgenes del campo crece la avena loca de color rubio salpicada de amapolas. El sonido de los grajos. El contorno azulado y majestuoso de la sierra.

    —¿Estás bien? —pregunta Aduriz.

    —Estaría mejor si no me lo preguntaras cada cinco minutos.

    Cuando Luisa y Aduriz llegan a Atapuerca, ella le dice a su subordinado que no avise ni a Max ni a Jesús. Quiere llegar por sorpresa.

    La inspectora Baeza extrae del chaquetón una llave grande. La introduce en la cerradura del gran portalón negro de hierro colado que da acceso a Atapuerca. Gira la muñeca, empuja la puerta, esta se abre.

    —Vaya, todavía funciona.

    Luisa saluda a la cámara que graba desde el poste más alto.

    —Hola, Jesús.

    —¿Tú te criaste aquí? —pregunta Aduriz mientras los dos se adentran por la Trinchera del Ferrocarril, donde reina un silencio sonoro. Es un desfiladero fascinante, un tajo que corta la sierra en dos. Las paredes altas y negras con vetas blanquecinas. Piedra caliza. Los andamios se clavan en el flanco de la derecha de la Trinchera.

    —Sí. En el bar Los Geranios.

     Se hace un silencio incómodo entre Luisa y Aduriz mientras avanzan como dos gatos sigilosos por esa garganta de roca caliza gris y blanca que a la inspectora le recuerda a las Termópilas, aunque nunca haya estado en Grecia.

    —Si no supiera nada de Atapuerca, si nunca hubiera estado aquí, ¿qué me contarías? —pregunta Luisa.

    —El yacimiento funciona como un triunvirato en el que reinan tres machos alfa, tres masters and commanders: Max Rey, Jesús Sinaloa y Rafael Espejo. De entre ellos, primus inter pares, el rey es Max Rey, que domina la Gran Dolina y Atapuerca por méritos propios. Hasta hace quince días, cuando Max perdió el poder.

    —¿Por qué lo perdió? —dice Luisa.

    —Porque Salazar, presidente de la Junta, pidió su cabeza a cambio de dar dinero para la campaña de excavación del año que viene.

    —¿Por qué Max dominaba hasta entonces?

    —Fue el primero que llegó de la mano del catedrático de Prehistoria Antonio Castro en 1974. Luego Max trajo a Sinaloa y a Espejo a Atapuerca. Y lo más importante: durante veinte años lideró en la derrota en la Gran Dolina. Campaña tras campaña motivó y animó a su equipo cuando no sacaban nada más que polvo de esa excavación arqueológica. Supo, a fuerza de obsesión, entusiasmo y voluntarismo, arrastrar a su gente, verano tras verano, a seguir trabajando en Atapuerca pagándose ellos mismos todos los gastos.

     —Es un mesías.

    —Algo así. Aunque ahora está de capa caída. Max ha perdido su poderío desde que murió Vicky Salazar.

    —¿La hija del presidente de la Junta?

    —Sí.

    —¿Se investigó la muerte de Vicky?

    —Sí, pero se determinó muerte accidental. La chica había tomado ayahuasca. Se tiró desde lo más alto de la Dolina durante una fiesta en la que celebraban el fin de campaña.

    —Quería volar. Pobre desgraciada.

    —Pues sí. El asunto causó bastante revuelo aquí. La prensa se cebó. Que si se organizaban orgías en Atapuerca, sexo, drogas y rituales.

    —Me lo imagino.

     —El caso es que Jesús quería echar a Max de la dirección de Atapuerca desde entonces y lo ha conseguido. Fue la gota que colmó el vaso. Además, Jesús considera que la presencia de Max perjudica el proyecto científico. Sinaloa también esgrime razones políticas porque Max es catalán independentista, de la CUP.

    —Manda huevos —dice la inspectora Baeza.

    —Son muchos los que creen en Atapuerca que por culpa de Max tienen bloqueado gran parte del acceso al dinero público, que fluiría mucho mejor si él no estuviera. Además, Max tiene nula mano diplomática y no oculta su enfrentamiento con el PP en la Junta. No se levantó delante de una bandera española.

    —Genio y figura.

    —¿Lo conoces?

    —Sí. Pero no sé si lo conozco de verdad. Creo que nunca se conoce a alguien de forma profunda. Max oculta muchas cosas y solo deja ver lo que él quiere.

    Luisa Baeza le esconde al subinspector mientras caminan a paso vivo por la Trinchera de Ferrocarril que de niña cada noche había rezado a Dios pidiéndole que Max fuera su padre. Le rogaba a su Creador despertarse una mañana y descubrir que Max ocupaba el lugar de su padre, quien jamás le había dado una muestra de cariño, un beso, una caricia, que jamás le había dicho una palabra bonita. Su padre se emborrachaba y se convertía en el Monstruo. Decía incoherencias, pedía su comprensión, se mostraba sensiblero y patético. Luego se ponía agresivo con ella, con Toni y con su madre. Cuando Luisa defendía a su madre en las brutales broncas que tenían, su padre gritaba:

    —Esa es un hueso.

    «Esa» era Luisa. También era «la idiota», «la inútil», «la subnormal». Su padre jamás la llamaba por su nombre.

    Cuando cumplió los quince años, cinco años después de la desaparición de Toni, Luisa se enamoró de Max Rey como quien se agarra a un clavo ardiendo. Lo seguía como un perrito por toda Atapuerca. Era la persona más carismática y entusiasta que Luisa había conocido en su vida. Max reconoció la inteligencia de la adolescente, la animó a estudiar y la empotró en su equipo de la Dolina enseñándole teorías de evolución humana y técnicas de excavación sobre el terreno. Max hizo que Sebastián cuidara de la niña y la ocupara haciendo algo útil.

    Luisa vivía durante todo el año para el mes de junio, cuando empezaba la campaña en Atapuerca. Sobrevivía durante todo el año con la perspectiva ilusionada de participar en prospecciones, muestreos, retranqueos, catas, excavaciones en extensión durante el verano.

    —En un solo verano aquí se han descubierto restos de neandertales de hace 300 000 años y fósiles de un millón y medio de años.

    Cuando su madre le dijo a Luisa que no había dinero para estudiar, que tenía que ponerse a trabajar y aportar fondos a casa, Luisa masticó su orgullo, se tragó su pena y se apuntó a la Academia de Policía mientras trabajaba de camarera en todos los bares y restaurantes de Burgos. Su madre no le perdonó ni su talento ni el que tuviera un horizonte más radiante fuera del agujero en el que vivían. Ahora Luisa se clava las uñas en la palma de su mano derecha para dejar de pensar en su madre y todas las humillaciones que ha sufrido desde niña. Ha enterrado su infancia. Pero el pasado siempre te alcanza cuando ya creías que le habías dado esquinazo. El tiempo es más inteligente que tú. «Nadie se va de esta vida sin susto ni muerte», pensó Luisa.

    «No pienses». Aduriz la miró, extrañado. ¿Se daba cuenta de que se empequeñecía cuando su mente la torturaba de esa manera?

    «¿Por qué no has muerto tú? —le gritó su madre en el oscuro apartamento de Rota—. ¿Por qué Toni?».

    El ambiente destila una cualidad sagrada. Un escalofrío recorre la espina dorsal de Luisa. La Trinchera se corona de encinas y quejigos, arbustos, matorral, hierbajos traslúcidos a la luz tibia del sol de las nueve y media de la mañana. Pasan al lado de la Sima del Elefante, cuya boca da al valle del río Pico.

     —Antes Max y Jesús eran muy buenos amigos —dice Luisa—. Desde hace años se llevan a matar. Max acusa a Jesús de deslealtad.

    —No hace falta que Jesús eche a su mentor. Max se jubila este año de su puesto de catedrático en la universidad y lo lógico es que salga de Atapuerca.

    —Sí. Pero Max sabe la prisa que tiene Sinaloa por quitárselo de encima y lo de irse de aquí y dejar paso a la sangre joven no lo va a hacer. Se ha ido de la Dolina, pero sigue manejando los hilos en la sombra.

    —Solo por joder.

    —Sí.

    —¿Qué tal se llevan los equipos de la Dolina y la Sima de los Huesos?

    —De cara a la galería, bien, en realidad fatal. Son enemigos. La Sima la dirige Jesús. Norberto Seseña manda en la Dolina. Es raro. Esta campaña arrancó antes, a mediados de mayo, cuando siempre suele empezar en julio, cuando acaba el curso en la universidad.

    Dejan atrás la Galería, que adopta la forma de una sala con un techo horizontal. Le falta un gran trozo en el lado sur. Antes era un torcal. En la pared amarronada y roja hay orificios hechos para datar los fósiles y las herramientas. Los grandes picotazos en la pared se hacen para calcular la antigüedad de los hallazgos. Se tiene como referencia el último cambio de polaridad magnética, que fue hace 780 000 años. La antigüedad máxima de los fósiles es esa porque la polaridad magnética sigue siendo la actual. La datación fósil se realiza analizando los espeleotemas de la Galería con métodos físicos centrados en los isótopos de uranio que se aplican en estos carbonatos. También se utilizan los análisis del espín electrónico y las series de uranio. Los espeleotemas se crearon hace 200 000 años.

    La unidad uno de los sedimentos tiene un color claro. La unidad dos tiene una tonalidad de arcilla roja.

    La Galería era una trampa mortal donde caían cérvidos, caballos, humanos. Los homínidos descuartizaban la pieza. Luego abandonaban el tronco y la cabeza en la cueva. Solo se llevaban las partes más carnosas.

    —Jesús también aprovechó que Max estaba enfermo de cáncer. Un momento de debilidad —añade Aduriz.

    —A Jesús Sinaloa se le ve el rabo.

    —¿Le conoces?

    —Sí.

    —¿Qué opinas de él?

    —Que vendería a su primogénito por una portada en Science.

    —Ya. La verdad es que es un asunto bastante turbio. Traición. Engaño. Deslealtad.

    —La tríada.

    —¿Pero un móvil como para que Max asesine a la sobrina de Sinaloa?

    —No lo sé.

    —¿Jesús tiene hijos?

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